Domingo de la 27ª semana de Tiempo Ordinario. – 03/10/2004

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Comentario Pastoral
AUMENTAR LA FE

Hemos de reconocer que somos hombres de poca fe, que es necesario acrecentarla, hacerla más auténtica y personal, purificada de desviaciones, centrada en Dios. En un mundo en que muchos alardean de incredulidad y agnosticismo, los discípulos de Jesús han de acrecentar la luz de la fe, para liberarse de tantas tinieblas desconcertantes, que desdibujan y difuminan el verdadero rostro de Dios. El creyente experimenta una liberación interior cuando por medio de la fe en Jesús descubre la verdadera clave para entender la historia y la vida propia.

La fe no es ceguera irracional, sino visión lúcida; no es evasión, sino cercanía; no es pasividad, sino confianza. Cuando solamente se ven a nuestro alrededor cosas limitadas, caducas y naturales, ¿se puede creer en lo infinito, en lo eterno, en lo sobrenatural? La fe no es un sentimiento, sino una actitud de todo el ser. El principal enemigo de la fe es la complacencia en el conocimiento, en la curiosidad y la crítica. La fe germina por sí sola con la gracia de Dios cuando no se lo impedimos.

¿Se puede tener fe cuando existen tantas injusticias, cuando hay tantos graves problemas en el mundo, cuando se alzan tantos gritos contra el hambre, la violencia, la pobreza y el dolor? ¿Se puede creer en Dios, que parece que guarda silencio ante tales situaciones9 El creyente es el que sabe que no puede echar a Dios las culpas de los males de] mundo. La fe es voluntad de superar las dificultades, es victoria sobre el mal no por el valor humano, sino por el poder de Dios. Por eso el hombre de fe nunca es fatalista, tiene honda esperanza, lucha y trabaja porque sabe que se puede vencer el mal con el bien, el odio con amor. El crecimiento de la fe y de la vida cristiana necesita un esfuerzo positivo y un ejercicio permanente de la libertad personal.

Andrés Pardo


Para orar con la liturgia
“La Virgen María realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe…”. »Durante toda su vida, y hasta su última prueba, cuando Jesús, su hijo, murió en la cruz, su fe no vaciló. María no cesó de creer en el “cumplimiento” de la palabra de Dios. Por todo ello, la Iglesia venera en María la realización más pura de la fe”

Catecismo de la Iglesia Católica, mi. 148-149


Palabra de Dios:

Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4

Sal 94, 1-2. 6-7. 8-9

Timoteo 1, 6-8. 13-14

san Lucas 17, 5-10

Comprender la Palabra

La Lectura del Evangelio de este Domingo se compone de dos relatos sin aparente relación entre uno y otro., La respuesta del Señor a la súplica de los discípulos y una breve Parábola.

Los Apóstoles le piden al Señor: “Auméntanos la fe”. En cierta ocasión Jesús le dirá a Pedro: “¡Qué poca fe!«. Pero en este momento Jesús, en su respuesta, se fija en el dinamismo de la fe, comparándola con la fuerza (dinamismo) de “un granito de mostaza”. Así es la fe, entendida como respuesta a la Palabra de Dios, a quien es la Palabra de Dios; es la fe-conversión-adhesión a Jesucristo, capaz de transformar a la persona desde lo más hondo de su ser. La fe, don de Dios, es virtud, fuerza, transformadora, no menos sorprendente y admirable que “arrancarse una montaña de raíz y plantarse en el mar”. Es la fe que da sentido a toda la vida, la fe, que justifica: que hace al hombre justo, perfecto, realizándole plenamente, según el designio de Dios.

“El justo vivirá por su fe” -así concluye el fragmento (1ª Lectura), que hoy escuchamos del Libro de Habacuc. El “justo ” lo es por “vivir de la fe “, de la fe, que es confianza, esperanza, en Dios: en que Dios cumplirá lo prometido. Se refiere al Profeta a la promesa de liberación que Dios otorgará en su momento a los que viven oprimidos por la tiranía del rey.

En la Parábola, que sigue, en manera alguna aprueba el Señor las relaciones injustificables, que solían darse entre amos y esclavos. Pero lo que es indignante y afrentoso en las relaciones humanas (la esclavitud) es dignificante en las relaciones del hombre con Dios, Dios, en su relación con el hombre, lejos de humillarle, de anularle, le hace ser más él mismo, le realiza plenamente, le engrandece, le glorifica, le diviniza.

Por tanto en nuestra relación de obediencia, de servicio, a Dios, nuestra actitud no puede ser otra sino la expresado en la Parábola: “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”. Todo es don de Dios; también el poder

Avelino Cayón


el Sínodo Diocesano

El mejor servicio: Anunciar el Evangelio, fundamento de libertad y esperanza para el hombre (I)


En este momento histórico en que parece que se está fundando Europa de nuevo en torno a un proyecto común, se hace más apremiante nuestra vocación y presencia. Hemos recibido el Evangelio, hemos creído en él, la fe cristiana ha marcado nuestras vidas, y la del conjunto de la sociedad europea a lo largo de una historia bimilenaria. Abandonar o minusvalorar la tradición cristiana que hasta ahora nos ha vivificado constituiría un mal irreparable. En esta singular coyuntura histórica estamos llamados a anunciar, “con nuevo ardor, con nuevos métodos y con nuevo lenguaje” el Evangelio creído, celebrado y vivido en la Iglesia: fundamento de la verdadera libertad, que rompe de verdad las ataduras y esclavitudes que nos impone la sociedad Y los poderes de este mundo; fundamento de esperanza, que nos abre a un horizonte de plenitud en la comunión con Dios mediante nuestra santificación y la promesa indefectible de la vida eterna.


Antonio María Rouco Varela

Cardenal Arzobispo de Madrid
15 octubre 2003

al ritmo de la semana


Témporas de acción de Gracias y de petición – 5 de octubre

Las Témporas son días de acción de gracias y de petición que la comunidad cristiana ofrece a Dios, terminadas las vacaciones y la recolección de las cosechas, al reemprender la actividad habitual. Se celebrarán, al menos, el día 5 de octubre, y es aconsejable celebrarlas también, siempre que sea posible otros dos días. Cuando se celebran en tres días los tenias son: acción de gracias, día penitencial y petición por la actividad humana. Es también un tiempo propicio para que las comunidades cristianas revisen sus compromisos y proyecten su programa pastoral.

Mientras existió una cultura agraria la Iglesia celebró anualmente tres témporas, y con ellas las Rogativas, correspondientes a las estaciones de otoño, invierno y verano, a las que pronto añadió la de primavera. Se reunía la comunidad cristiana, para que, mediante el ayuno y la oración, se diese gracias a Dios por los frutos de la tierra y se invocase su bendición sobre el trabajo de los hombres. Estas jornadas penitenciales comprendían la eucaristía, además del ayuno, los miércoles y viernes en que tenían lugar. Concluían el sábado con una vigilia, bien entrada la noche, que finalizaba también con la Eucaristía, que era la celebración del domingo,

Hoy que la civilización no es sobre todo agraria y campesina, sino urbana, la celebración litúrgica debe ser cercana a las preocupaciones de los hombres de la calle. Por eso se imponía una revisión de esta vieja celebración de origen romano. Lo importante es que en un día o en tres se viva y se celebre la obra de Dios en el hombre, con un espíritu de fe y de acción de gracias.



J. L. O.

Para la Semana

Lunes 3:
San Francisco de Asís (1182-1226), renunció a los bienes y se consagró enteramente a Dios, instaurando un nuevo estilo de vida, basado en a pobreza y sencillez evangélica, que se ha concretado en las diferentes órdenes franciscanas,

Gálatas 1,6-12, No he recibido ni aprendido de ningún hombre el Evangelio, sino por revelación de Jesucristo.

Lucas 10,25-37. ¿Quién es mi prójimo?

Martes 3:
Témporas de acción de gracias y de petición, que se ofrecen a Dios terminadas las vacaciones al reemprender la actividad habitual,



Deuteronomio 8,7-18. Dios te da fuerza para crearte estas riquezas,

2 Corintios Os pedimos que os reconciliéis con Dios,

Mateo 7,7-1. Quien pide, recibe.

Miércoles 3:
San Bruno (1035-1101), maestro de Teología, fundador de los Cartujos.

Gálatas 2,1-2,77-14, Reconocieron el don que he recibido.

Lucas 11,14. Señor, enséñanos a orar,


Jueves 3:
Nuestra Señora la Virgen del Rosario, instituida en 1573, tras la victoria de Lepanto.

Hechos 1,12-14. Se dedicaban a la oración, junto con María la madre de Jesús.

Lucas 1,26-38. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo.

Viernes 3:

Gálatas 3,7-13. Son los hombres de fe los que reciben la bendición con Abrahán, el fiel.

Lucas 11,15-26. Si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros.

Sábado 3:
San Dionisio (s. 111), obispo de Paris, y compañeros, mártires o San Juan Leonardi (1541-1609), sacerdote, predicador; restauró la disciplina en varias congregaciones religiosas.

Gálatas 3,22-29. Todos sois hijos de Dios por la fe.

Lucas 11,27-28. Dichoso el vientre que te llevó. Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios,



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