¿ES DIOS QUIÉN NO NOS ESCUCHA?

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Eclesiástico 35, 12-14. 16-18; Sal 33, 2-3. 17-18. 19 y 23; san Pablo a Timoteo 4, 6-8. 16-18; san Lucas 18, 9-14

“Los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan; no ceja hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia”. Con estas palabras tan esperanzadoras comienza la primera lectura de la misa de éste domingo, treinta del tiempo ordinario.
Esperanzadoras pero, a la vez, parece como si no fueran ciertas, porque podríamos decir que “no cambian las cosas” del necesitado a pesar de que éste le invoca. Y necesitados somos todos.
Quizá sea necesario decir algo antes de continuar. Es evidente que la Sagrada Escritura cuando se refiere a “los pobres” como hace hoy también en estos versículos, no lo hace referido exclusivamente al que no tiene recursos económicos, sino a todo aquel que está necesitado. Y en ese sentido los somos todos, porque todos tenemos necesidad de Dios, de recurrir a Él, de implorar su gracia o su perdón: todos somos pobres delante de este Dios todopoderoso.
¿Es verdad que Dios escucha al pobre, al necesitado? A primera vista podría parecernos que no. Aunque convendría preguntarse o, por mejor decir, deberíamos permitir a Dios que El nos preguntara si de verdad nosotros acudimos a El.

Nos dice el Salmo de la Misa de hoy: “su alabanza está siempre en mi boca”. ¿Es verdad esto? ¿Mi alabanza a Dios está siempre en mi boca, en mis obras? A veces “nos metemos con Dios” nos quejamos de El porque -decimos- no nos escucha, pero ¿no tenéis la sensación de que se hace cierto en nuestra vida el refrán de que nos acordamos de Santa Bárbara sólo cuando truena? “Dios no nos escucha”, pero si nosotros tratáramos a otras personas de la tierra con la misma falta de cariño, con la infrecuencia en el trato, con la poca conversación, con la poca deferencia y el poco caso con que habitualmente le tratamos a El, muy probablemente no pensaríamos que es “tan injusto”.

¿Cuántos rosarios, por ejemplo, he rezado pidiéndole a Dios por esa intención que me acucia? ¿He asistido con más frecuencia a la Misa, incluso entre semana, acercándome a la Eucaristía para tener un diálogo más íntimo con el Señor porque no sé qué camino tomar ante esa disyuntiva? ¿he sacado un rato, incluso todos los días, de oración, de charla con Dios, por la tarde, al volver del trabajo, por ejemplo, contándole al Señor este problema mío familiar, con mi mujer, con este hijo, el problema que tengo en el trabajo?.

Podríamos concretando algunas preguntas que sólo quisieran hacernos ver que quizá nos quejamos de que Dios no nos escucha cuando, lo que más bien sucede, en nuestra vida hay una falta de trato con nuestro Padre Dios. Trato que debiera ser constante: acudir a El no solo de de vez en cuando -“cuando truena”– sino –“ora comáis ora bebáis”-; desea que sea tan constante, habitual, entrañable confiado, que el mismo Dios lo ha querido asemejar al trato que tiene un buen hijo con su buen Padre; tan claro es esto que nos ha llegado a decir que cuando nos dirijamos a Él empecemos diciéndole: “Padre nuestro” y si actuamos así, se cumplirán al pie de la letra las otras palabras que el Salmo responsorial de la Misa de hoy nos trae a nuestra consideración: “Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias. El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a él”.

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