SABER MANDAR

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Números 24, 2-7.15-17a; Sal 24, 4-5ab. 6-7bc. 8-9; San Mateo 21, 23-27

No es lo mismo poder que autoridad. Muchos ejercen poderes por el cargo o posición que ocupan, y se aprovechan de dicha situación para actuar en beneficio propio. La tiranía es un ejemplo de ello. Lo sabemos por la historia. Muchos han oprimido a pueblos y naciones, mediante la fuerza, provocando enfrentamientos y guerras, y que normalmente ha beneficiado a unos pocos. También encontramos ejemplos en nuestra vida diaria. Gentes que, sin argumento alguno, sólo a fuerza de gritos o imponiendo juicios personales, buscan tener la razón a costa de todo. Muchas ideologías también, cuando carecen de coherencia o responsabilidad, quieren abrirse paso a base de actos terroristas y amenazas contra la vida y el bien común de una sociedad. Es ésta, una lacra muy de “moda” en nuestro siglo XXI.

“¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?”. Otra cosa bien distinta es la autoridad. Ganarse el respeto y la consideración de los demás no se improvisa. Es necesario un juicio ponderado de las cosas, una buena formación y, sobre todo, una gran coherencia de vida para que los demás, además de escuchar, encuentren en el que ejerce autoridad, no sólo respeto, sino también un ejemplo y un modelo de vida digno de ser seguido. Jesús despertaba entre los que le escuchaban algo más que admiración, era respetado por la autoridad con la que hablaba y vivía. Esto era fuente continua de recelos y envidias por parte de aquellos que ejercían el poder, pero que no se correspondía con su modo de vida, más bien eran ganadores del calificativo con que el Señor les denominaba en tantas ocasiones: hipócritas.

El que ejerce autoridad, en primer lugar, ha de actuar con sinceridad y ser un gran defensor de la verdad. Decir que “la verdad os hará libres” no es una frase hecha sin más. Se trata de algo fundamental en la condición de todo ser humano. Cuando se vive sólo a fuerza de engaños o mentiras, es cuando aparece la necesidad de la dominación como único argumento, ya que el hombre ha sido creado para vivir en conformidad con el bien, y éste sólo se alcanza con la verdad. Por eso, cuando la mentira reivindica libertades, se trata de ocultar, mediante una supuesta autonomía, algo mucho más profundo: la libertad de conciencia. A fuerza de pequeñas “dosis” de libertades (“haz lo que te de la gana”, “busca lo que más te conviene”, “lo importante eres tú”…), estamos anestesiando la conciencia, apartándola de su verdadero fin: la búsqueda de la verdad, que es la única que puede pacificarla plenamente.

“Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto”. Cristo nunca dialoga con la mentira. La verdad es su principio de autoridad, y todos los que le siguen o escuchan (siempre que haya predisposición por la verdad) se sentirán confortados, ayudados… y curados. También es condición necesaria confiar y creer en Él. Es esa fe de la que el Señor en tantas ocasiones se queja de no encontrar y, por tanto, de no poder hacer milagros. Cuando necesitamos pedir algo a Dios, ¿lo hacemos desde el interés, o desde la confianza que deposita un hijo en su padre? De la respuesta que demos depende la solución a muchos de nuestros problemas.

La Virgen siempre confió en la autoridad de Dios. Siempre supo que Jesús era el Hijo de Dios. Pero el Evangelio también es muy explícito a la hora de decirnos que, durante la infancia de Cristo, “bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón”. Jesús se sometió a la autoridad de sus padres, porque era la manera de dar cumplimiento a la voluntad de Dios. Si supiéramos respetar ese orden natural de las cosas, como lo hace el Creador, también seríamos nosotros respetados, y actuaríamos con más autoridad, delante de Dios y de los hombres.

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