Y POR FIN … ¡UN AMIGO!

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Ezequiel 37, 12-14; Sal 129, 1-2. 3-4ab. 4c-6. 7-8; san Pablo a los Romanos 8, 8-11; Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33b-45

Espero que la mayoría que leéis estos comentarios no sois sacerdotes (gracias a Dios). Veis a los sacerdotes “desde fuera,” aunque conozcáis a unos cuantos. No me gusta generalizar, así que hablaré de mí que seguramente sea un sacerdote “muy raro.” Soy una persona sociable, tal vez demasiado sociable. Conozco a miles de personas, cientos de ellas tienen mi teléfono y me llaman para funerales, bodas, primeras comuniones, cursillos prematrimoniales, … o cuando buscan un hombro donde llorar. Hay personas buenísimas, estupendas, entregadas, que me dan ejemplo de vida cristiana. También hay falsos, trepas, choriceros, caraduras, jetas y arribistas buscando migajas de lo que llaman “poder.” Por todos y cada uno de ellos (y por los dieciocho mil feligreses de mi parroquia, de los cuales no conozco a muchos), daría la vida. Entre tantos a muy pocos puedo llamar amigos y, a los que lo son, suelo relegarlos a un tercer o cuarto lugar en el día a día pues las “urgencias” me hacen estar con unos y con otros, menos con los que quiero (en ambos sentidos de la palabra). En el fondo soy un sociable solitario y, cuando me encuentro con un amigo, la alegría es enorme, parece que el tiempo no ha pasado y desaparece la expresión “ahora molesta” o “no tengo tiempo o ganas.”
“Señor, tu amigo está enfermo.” ¿Os habéis fijado los pocos amigos que tiene Jesús en el Evangelio?. Pasó la vida curando enfermedades, anunciando la Buena Noticia, perdonando los pecados, denunciando las injusticias, acercándose a los necesitados, … pero a muy pocos llama amigos. Hasta a sus apóstoles les dice: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.” Pues sabía que Judas no estaba dispuesto a ser su amigo. ¿Quién dará la vida por los impíos?. Pues Él, por ti y por mí, y todavía nos resistimos a ser sus amigos (aún después de estar casi terminando “otra cuaresma”).
¿Qué nos hace falta para ser amigos de Dios? “Cuando abra vuestros sepulcros, y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor.” Tal vez tengamos que esperar hasta entonces, por la tozudez de nuestro corazón, pero ojalá no perdamos tanto tiempo.
“Jesús sollozó y muy conmovido, preguntó: ¿Dónde lo habéis enterrado? Le contestaron: Señor, ven a verlo. Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: ¡Cómo lo quería!.” Esta gráfica descripción de San Juan se repite hoy con nosotros. No por nuestros méritos, pero desde el día de nuestro bautismo el Padre nos ha llamado “hijos” y Cristo nos ha llamado “amigos” y nos han dado su don más grande: el Espíritu Santo. ¿Piensas que pueda haber algo -ni tan siquiera la muerte-, que te aparte del amor de Dios? Sólo esconder nuestro pecado, pensando que “ya huele mal” puede apartarnos de la amistad y misericordia de Cristo. ¿Lo de Lázaro fue extraordinario?. Yo lo he visto -tu también-, mil veces en mi vida y todavía me resisto a ser su amigo, a creer que le ha enviado Dios Padre. ¿Tienes aún ganas de resistirte a la gracia de Dios, a aplazar una buena confesión, a terminar la cuaresma siendo conocido -y no amigo-, de Dios?. “Ven afuera” sal de tu egoísmo y escucha la voz de Dios.
Marta y María son un montón de madres y abuelas que rezan por sus hijos y nietos, que piden a Dios que dejen de vivir “como si Dios no existiese” y les levanten de la muerte del pecado. Madres y abuelas, no desesperéis, que Cristo os escucha.
Cuando me cambien de parroquia, cuando ya no tenga eso que llaman “poder,” muchos se olvidarán de mí, muchos me pondrán verde y me criticarán. Nunca han querido ser mis amigos. ¿Le harás tu lo mismo a Cristo?. Si respondes un tajante ¡No!, ten presente que en el Evangelio del domingo que viene escucharemos: “¡Crucifícale!, ¡Crucifícale!” y eso que “muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.” Tú eliges: ¿feligrés de Jesús o amigo?. Está en el sagrario: ¡búscale!.
(Me iba a acostar, ya había apagado el ordenador. Pero sentía que me faltaba algo. Con tanto hablar de feligreses, amigos y demás se me olvidó la Madre: Santa María, Madre de Dios, que siempre encuentre a Cristo en tus brazos.)

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