EL PROCESADOR

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

san Pablo a los Corintios 11, 18. 21b-30; Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7; san Mateo 6, 19-23

Mi ordenador ha cumplido ya siete años y estaba pensando en cambiarlo. Puede parecer algo sencillo, pero implica unos cuantos meses ahorrando, para comprar algo que no se quede desfasado al día siguiente. Tenía bien claro cuál quería: un iMac G5 de veinte pulgadas. Tendría que empezar a ahorrar cuando leo la noticia que Mac va a cambiar los procesadores IBM por los de Intel. No sé que pensará mi amigo Fernando que acaba de comprarse un Mac, pero no creo que le haya hecho mucha gracia. Así que he decidido que mi ordenador cumplirá sus ocho y tal vez nueve añitos. Cuando le cambian a un aparato de estos las entrañas, cambia todo. Esto es algo parecido a lo del matrimonio, si le cambias el sentido, cambia todo, aunque por fuera parezca “lo mismo.”
“Si hay que presumir, presumiré de lo que muestra mi debilidad.” Bonita manera tiene San Pablo de darse importancia. Mañana escucharemos aquello de “cuando soy débil, entonces soy fuerte.” Cada día me convenzo más de mí debilidad, se me hace más patente y cada día comprendo más a San Pablo. Seguro que también tú te das cuenta de tus debilidades. A veces pueden llevarnos al desánimo, al desencanto o a eso que llaman ahora el “sentirse frustrado.” “Les gano en fatigas, les gano en cárceles, no digamos en palizas y en peligros de muerte, muchísimos; los judíos me han azotado cinco veces, con los cuarenta golpes menos uno; tres veces he sido apaleado, una vez me han apedreado, he tenido tres naufragios y pasé una noche y un día en el agua.” La verdad es que la debilidad de San Pablo es bastante fuerte, yo que me vengo abajo si me quedo sin tabaco y San Pablo va de paliza en paliza. Sin embargo no cundió en él el desánimo. ¿De dónde sacaba su fortaleza?. Ahora acudiríamos a un psicólogo que nos reforzase nuestra autoestima, en tiempos de San Pablo no existía esa figura. San Pablo entendió a Cristo, se entregó completamente cuando le habló camino de Damasco y vivía como quería. Entendió perfectamente el Evangelio de hoy: “Donde está tu tesoro, allí está tu corazón.” Y su tesoro era Cristo, por eso en su ánimo no hay polilla, ni carcoma ni ladrones que abran un boquete por donde se “cuele” la tristeza.
“La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Y si la única luz que tienes está oscura, ¡cuánta será la oscuridad.” La falta de coherencia, el tener el corazón dividido, lleva a la oscuridad de la tristeza, del abatimiento. Pero siempre podemos recuperar nuestro verdadero tesoro, volver nuestro corazón al de Cristo y decir, como los niños pequeños que nunca debemos dejar de ser, “tuyo es, mío no.” Cuando en los ratos de oración ante el Sagrario hago consciente esa realidad, y recuerdo cuál es mí único tesoro, entonces mis debilidades se convierten en caricias de la Misericordia de Dios y me doy cuenta de la fortaleza con que Dios actúa, a pesar de contar con una herramienta tan tonta como yo. Entonces se ilumina la oscuridad, la tristeza se aleja, lo imposible se vuelve realizable y se mira la vida con un “ojo sano,” de una manera nueva y esperanzada. Seguro que a ti te sucede lo mismo. A mí me pasa que muchas veces se me olvida, soy así de torpe..
Mañana es la manifestación a favor de la familia. Seguro que algunos quieren ver una especie de “demostración de fuerza.” Pero esa no es nuestra fortaleza. Nuestra fuerza son los matrimonios entregados, generosos, que educan a sus hijos -entre miles de debilidades-, en la fe y en la piedad. Nuestra fuerza son esos esfuerzos, ocultos y silenciosos, de tantos padres y madres que sólo Dios agradecerá. Detrás de esos miles, ojalá millones, de rostros (que seguramente no quiera mostrarnos la televisión), está la fuerza de la Iglesia.
Santa María puede parecer, sobre todo en algunas advocaciones, una mujer frágil. Pero ella tuvo su corazón en el Hijo de Dios que crió en sus entrañas, por eso es la mujer fuerte, la roca en la que se asienta el corazón de cada cristiano. Madre mía, danos un poco de esa fortaleza.

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