Corazón misericordioso

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Isaías 55, 1-3; Sal 144, 8-9. 15-16. 17-18 ; san Pablo a los Romanos 85 35. 37-39; san Mateo 14, 13-21

En la misa de ayer, nos decía el Evangelio que al Señor le acababan de dar la mala noticia del asesinato de Juan el Bautista. Hoy, el Evangelio sigue relatándonos lo que hace Jesucristo a continuación de ese momento: marcharse “de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado”.

Pero se produce un fenómeno con Jesús que sucede siempre también a quienes tienen a Cristo en su corazón y en su vida, es decir, a los que llamamos “santos”: cuando el Señor se va hacia un lugar a descansar, “al saberlo, la gente,–leemos en el Evangelio de la Misa de hoy- lo siguió por tierra desde los pueblos”.

La gente sigue siempre a “los santos”, porque en los santos hay mucho de verdad, de vida y de bien. Con más motivo en Cristo, esto lo percibían las gentes de un modo inmediato, profundo. Por eso le seguían.

Quisiera que nos fijáramos ahora en otro fenómeno que es importante no olvidar, porque nos ayudará a acrecentar nuestra fe en la oración y en la Providencia divina: “vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos”

Tenemos que convencernos de que esto “le sigue pasando al Señor en el cielo”: nos ve -hoy y ahora-y, a veces, le damos lástima al ver nuestras enfermedades.

Como ya sabemos, el milagro que hoy nos cuenta el Evangelio es el de la multiplicación de los panes y los peces. El Señor va a hacer un milagro, que es dar de comer a cinco mil hombres más mujeres y niños y lo que le va a mover a hacer esto es sencillamente que “le dio lástima”

Esto nos lleva a intentar adentrarnos en el corazón del Señor. A veces pensamos que lo que Jesús quiere de nosotros es algo así como exigirnos, mortificarnos, contradecirnos; en una palabra, hacérnoslo pasar mal. Nada más lejos de la realidad. “Si conocieras el don de Dios” le dice el Señor a la mujer del pozo se Jacob a la que acaba de pedirle agua, “serías tú la que me pediría de beber y yo te daría un agua que salta hasta la vida eterna”, concluye en esa misma conversación. Por eso Benedicto XVI también dice: “¡no tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno”

¡Hay tantos ejemplos del Señor en el Evangelio en los que se refleja la bondad, la misericordia del Señor! Se podrá alegar que también hay momentos duros en los que Jesús se muestra enérgico y nada condescendiente. Sí, pero vale la pena fijarse cuales son esos momentos. Por ejemplo, se enfada cuando convierten el templo en un mercado, donde, en lugar de ir a rezar -“la casa de mi padre es casa de oración”-se dedican a hablar y negociar (bueno será esto tenerlo en cuenta cuando asistimos, por ejemplo a las bodas, y no respetamos el silencio, ni la compostura, ni el recogimiento propio de una casa de Dios); otro momento podría ser cuando les increpa a los Fariseos llamándoles “raza de víboras”, porque a Jesús -seguro que igual que a ti- le repugna la doblez, la sinuosidad de la mentira y de la falsedad.

¿Por qué observamos estas dos actitudes en Cristo?, porque Jesucristo que es Maestro, ha querido dejarnos una enseñanza clara: Cristo tiene corazón misericordioso con quien lucha, con quien, si peca, se arrepiente y vuelve a empezar de nuevo con nuevas fuerzas, ama a quien se esfuerza por rezar unas veces con éxito, otras con fracaso, etc. Con quienes van por la vida así, aunque sus pecados hayan sido grandes -ahí tenemos a María Magdalena-Dios les da entrada en su corazón y, al final de sus vidas, el Cielo.

Pero aquellos que maltratan a los demás, que se comportan con incredulidad, abandono de sus deberes con la familia, y, lo peor, no se arrepienten, son mentirosos y crueles… necesariamente, el Señor, que tiene que ser juez, será ecuánime y justo y, si procede, severo; tendrá que condenar, forzosamente, ese tipo de acciones.

Pidamos al Señor que “tenga misericordia de nosotros”, o, como decimos en la Misa: “Señor, ten piedad”, “Cristo, ten piedad”, “Señor, ten piedad” y seguro que su corazón, si nuestra súplica es sincera y con ánimo de mejorar, Él escuchará nuestras peticiones.

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