SEMANA DE SANTOS

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Deuteronomio 10, 12-22; Sal 147, 12-13. 14-15. 19-20; san Mateo 17, 22-27

Hay semanas, como esta, en que celebramos casi todos los días la festividad de santos de especial relevancia. No es que haya santos pequeños -excepto San Tito-, pero algunos tienen un eco especial. Estas celebraciones nos ayudan a repasar la historia, su historia y nuestra historia personal.
Hoy hacemos memoria de Santo Domingo de Guzmán, sacerdote español, fundador de los dominicos y que nos dejó el legado de la oración del Santo Rosario (devoción que hay que descubrir cada día y no dar nunca por conocida, nos puede sorprender toda la vida). Santo Domingo vive entre los siglos XII y XIII, tiempos tan complicados como los que vivimos ahora. (Claro, que los tiempos difíciles para cada uno son los que vive, que son los que le hacen sufrir; los tiempos pasados, por muy duros que hayan sido, se convierten simplemente en motivo de estudio o de curiosidad, pero eso no hace sufrir.)
En tiempos de Santo Domingo las herejías crecían, bastante clero se aburguesaba y vivía de forma reprobable, algunos eclesiásticos se cuidaban más a sí mismos que a la grey que les había sido confiada. En este ambiente aparecen figuras como San Francisco, Santo Domingo, Santa Clara, …, y es que el Espíritu Santo no deja de trabajar. Cuando el clima belicoso de esa sociedad hacía (y hará), más fácil el luchar contra las herejías a brazo partido, a golpe de espada y excomunión, Santo Domingo propone la predicación del Evangelio como su “cruzada.” El tiempo le dará la razón y la obra de la predicación de los dominicos acercará mucho más a Cristo que las batallas. Cómo resuenan ahora las palabras de Juan Pablo II en Madrid: “La Verdad no se impone, se propone.”
Esta semana iremos viendo cómo la lógica de Dios hace “locos-cuerdos,” que descubren lo evidente, eso que para muchos permanece oculto aunque esté delante de sus ojos.
Leyendo el Evangelio de hoy casi seguro que nos llama la atención el milagro que hace Jesús: “Echa el anzuelo, coge el primer pez que pique, ábrele la boca y encontrarás una moneda de plata. Cógela y págales por mí y por ti.” Dan ganas de mandar de pesca al ministro de Hacienda y que nos deje en paz con el IRPF. Sin embargo este milagro, aunque espectacular pues no proliferan los “pez-hucha,” es un milagro que parece hecho con desgana, es una especie de milagro despreciativo, si se me permite hablar así. Al Señor le importa bastante poco quedar mal con el recaudador e incluso le parecería risible esos “impuestos impuestos,” que tanto preocupaban a los demás. Simplemente lo hace por “no darles mal ejemplo.” Del Evangelio de hoy me conmueven más los versículos anteriores. “Les dijo Jesús: &Mac220;&Mac220;Al Hijo del Hombre lo van a entregar en manos de los hombres, lo matarán, pero resucitará al tercer día.&Mac221;&Mac221; Ellos se pusieron muy tristes.” Eso es lo realmente importante, no pescar peces de la caja de ahorros, aunque nos llame más la atención lo segundo.
A veces nos pasa así en nuestra vida. Pedimos al Señor soluciones milagrosas. “¡Señor, hazme sincero!” o casto, honrado, trabajador, apostólico, …Luego, cuando no lo somos, decimos que es que Dios no nos escucha, no nos hace avanzar en nuestra vida espiritual y le echamos a Él la culpa de nuestra mediocridad. Es como si San Pedro, cada vez que quisiera comprarse una bolsa de pipas, se fuera a pescar al lago para conseguir el dinero y se enfadase por sólo conseguir entrañas malolientes. Ese pez fue lo extraordinario, y el Señor no pone demasiado interés en lo extraordinario, aunque a nosotros nos llame mucho la atención. Otras veces comenzamos las batallas equivocadas, pero eso lo veremos otro día.
Predicar. ¡Vaya iluminación la de Santo Domingo!. La Iglesia lo llevaba haciendo mil doscientos años. Nos podría parecer que un santo debería tener acciones más espectaculares y que cátaros y valdenses cayesen rendidos a sus pies, alabando al Señor. Pues no. Predicar con sus palabras y con su vida fue lo que hizo Santo Domingo. Servir “al Señor, su Dios, con todo el corazón y con toda el alma.” Con la misma normalidad con que Cristo hablaba a sus discípulos de la Redención, así anunciaba Domingo a Jesús y, de esa certeza de hacer lo que Dios quería, se movían los corazones de los que lo escuchaban.
Es curioso que dentro de los “planes” de San Francisco y Santo Domingo, entrase el morir mártir (en un mundo lleno de posibilidades para ello), y ninguno de ellos lo fue. Tal vez en tus fantasías espirituales des cabida a la cantidad de cosas que Dios tiene que hacer por tu medio. Deséchalas. Medita en lo que tú tienes que hacer, enamorarte cada día más del Señor, y que Él haga lo que quiera. Medita en el Rosario de hoy las palabras: “Hágase en mí según tu Palabra,” verás como Santa María te las explica.

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