NUESTRA RESPUESTA AL AMOR

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Oseas 11, 1-4. 8c-9 ; Sal 79, 2ac y 3b. 15-16 ; san Mateo 10, 7-15

En nuestra sociedad de mercado, donde todo se compra y se vende; en esta sociedad
en que la palabra “gratis” no es sino un reclamo publicitario, hemos llegado a creer que
la respuesta más adecuada a quien nos da algo consiste en devolverle, de algún modo, el
don – es decir, en pagarle -, y con ello hemos matado definitivamente el amor. Es cierto
que el don despierta, naturalmente, en la persona agraciada el deseo de retribución
(“¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?”-dice el salmo 115-), pero no
es menos cierto que la retribución no es la respuesta primera, ni la principal, ante quien
da gratuitamente. La respuesta más digna ante quien entrega por amor es recibir ese
amor.
Por eso Yahweh, nuestro Dios, un Amante frustrado, se queja ante su pueblo con
palabras conmovedoras: “Cuando le llamaba, él se alejaba… Yo enseñé a andar a
Efraím, lo alzaba en brazos, y él no comprendía que yo le curaba… Se me revuelve el
corazón, se me conmueven las entrañas”. Y es que no hay mayor frustración que amar a
alguien y que ese alguien no se sepa amado, no sea feliz, no se sienta querido y
acompañado. Más que nuestros sacrificio y oraciones, más incluso que nuestra
perfección, quiere Dios nuestra felicidad. No equivocamos cada vez que razonamos así:
“no soy feliz porque no soy santo; si fuera santo, sería feliz”. Este razonamiento hiere a
Dios. Más bien deberíamos pensar: “no soy santo porque no soy feliz; si conociera el
Amor de Dios, si abriera mi corazón al cariño que Dios quiere darme, sería feliz, y
entonces, sólo entonces, haría felices a los demás y a Dios… esto es la santidad”.
María se sintió, en primer lugar, amada por Dios de un modo arrebatador; se sintió
querida hasta tal punto que se supo “robada” por el Amor, y esto la llevó a definirse
como “la esclava del Señor”, y a hacer después voto de virginidad para no llenar su
corazón con otro amor que el que la había raptado. Que ella nos enseñe a dejarnos
querer… ¡tan sencillo es complacer a Dios!.

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