TREINTA Y SEIS VECES AL DÍA

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

10/05/2007, Jueves de la 5ª semana de Pascua. San Juan de Ávila
Hechos de los apóstoles 15, 7-21, Sal 95, 1-2a. 2b-3. 10, san Juan 15, 9-11

“Como el Padre me amó, así os he amado yo”. Este versículo del evangelio de San Juan tiene, para mí, un valor muy especial. Revisa los cuatro evangelios, y dime si encuentras, en algún otro pasaje, una declaración explícita de Amor formulada por Cristo y dirigida al hombre. Sé que todas las obras y palabras de Jesús de Nazareth, sus milagros y su predicación, su desvelo por los discípulos y cada una de las miradas que brotaron de sus ojos, eran manifestaciones de un cariño que supera cualquier medida humana. Pero fue Jesús muy recatado a la hora de decir, claramente, “te quiero”; esperó hasta el último momento, hasta las horas previas a su partida… y lo dijo sólo una vez. Eso es lo que convierte este versículo de Juan en una joya.

Los novios se dicen “te quiero” treinta y seis veces al día (algunos, treinta y siete). Les agrada escucharlo y les agrada decirlo. Cuando, después de casados, se lo dicen veintidós veces al día, las cosas comienzan a ir mal; y cuando se lo dicen una vez cada veintidós días, hay que ponerse en estado de alerta. Si es cada veintidós meses, la situación es casi irremediable. Lo comprendo. Brotando de un corazón humano, la expresión “te quiero” suena siempre frágil, aunque resulte hermosa. Algo nos incita, secretamente, a no estar nunca seguros de un “te quiero” humano; quizá ese algo sea la experiencia de nuestras propias traiciones, el cansancio de nuestra deserción constante.

No lo sé, pero, en todo caso, los hombres hemos aprendido con dolor (reconozcámoslo o no) que el “te quiero” pronunciado por una criatura lleva siempre tras de sí un silencioso “ahora”, porque el corazón humano, entero hoy, se quiebra mañana con pedradas infames de egoísmo, de celos y de ausencias. Cuando decimos “te querré siempre” prometemos temerariamente lo que no está en nuestras manos; y la prueba de que esa promesa no es creída es que se renueva, se renueva treinta y seis veces al día.

Treinta y seis veces al día le digo yo al Señor “te quiero”, y me tiemblan los labios. Sin embargo, si es el Hijo de Dios quien, abriendo sus labios, me mira y me dice “te quiero”, mi corazón se aquieta y no necesito repetición. Él no es como yo; Él es fiel, y su “te quiero” significa, en dos palabras, “te querré siempre; hagas lo que hagas, te querré; me trates como me trates, te querré”. Aún así, muchas veces le pregunto: “Señor, ¿Tú me quieres?”. Él no contesta, pero, desde el Crucifijo, deja que el eco de aquel versículo de Juan aquiete una vez más mi alma… Y siempre me levanto confortado: “si Tú me quieres, ¿qué me importa lo demás?”

¿Podrá el hombre pronunciar “te querré siempre” sin mentir? ¿Podrán dos novios, ante el altar, prometerse fidelidad eterna y no engañarse? Sólo si lo dicen desde el Corazón de Cristo; sólo si lo dicen con su propio corazón crucificado; sólo si lo dicen como María, habiéndose llamado, primero, “esclava del Señor”, y convirtiendo el “te quiero” en plegaria: “hágase en mí según tu palabra”.

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