LO QUE HAY QUE LEER.

Escrito por Comentarista 1 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Comprendo que es difícil poner titulares, ya es difícil poner un título cada día a este pequeño comentario, pero a veces se dicen unas tonterías. Ayer leía un titular que decía: “Jesús es lo mejor que tiene la Iglesia.” El cuerpo de la noticia, referido a un libro de “teología” sobre la vida de Jesús mantenía la tesis de que Jesús atrae a las personas, no así la Iglesia, luego habría que volver a Jesús (y, por ende, pasar de la Iglesia). Esta idea, tan progremente vieja, se basa en la falacia de que Cristo y la Iglesia no tienen nada que ver, como si la Iglesia fuese una burda falsificación, made in Taiwan, del mensaje evangélico. Y entonces surge un nuevo mesías, un nuevo libertador de la tiranía vaticana, que conoce a Jesucristo mejor que su madre la Iglesia que ha sido quien se lo ha enseñado y quién le ha conducido hasta él. La Iglesia está llena de desagradecidos, de hijos que parecen hijastros, y después de mamar de los pechos abundantes de la Iglesia han decidido que su madre está seca y reniegan de ella (excepto para presentarse como teólogos de la Iglesia, escribir libros y dar conferencias).

El Evangelio de hoy es el mismo que el de ayer, a veces la liturgia nos juega estas pasadas. Pero hoy nos fijaremos en la primera parte de la lectura. «Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron.» El grito de la mujer se refiere a la Virgen, pero nosotros podemos aplicarla, también, a la Iglesia. Seamos sinceros: en la Iglesia hemos nacido a la fe, hemos recibido la herencia de 21 siglos de oración, fidelidad, estudio, martirio y vida de millones de católicos que nos han precedido. La Iglesia nos ha presentado a Cristo, custodia la fe, celebra lo que cree y esperamos unidos la vuelta de nuestro Señor. La Iglesia ha trasmitido la caridad de generación en generación, de pueblo en pueblo, de nación en nación, ha puesto ante los ojos de los hombres el sentido de la persona como hijo de Dios, nos ha llamado por nuestro nombre desde la infancia, nos ha acompañado en la enfermedad y pedido por nuestros difuntos. Nos ha dejado ejemplos de fidelidad, de misticismo, de alegría, de esperanza. En la Iglesia nos hemos acercado y hemos palpado el perdón de Dios y su misericordia, recibimos su Cuerpo y su Sangre, se nos ha trasmitido y conocemos su Palabra, y en ella hemos recibido la Gracia del Espíritu Santo para ser sacerdotes, misioneros, matrimonios, religiosos o contemplativos, según el corazón de Cristo.

Por esto, y muchas cosas más que seguro se me olvidan y vosotros tenéis presente, cada católico debería gritar: “«Dichoso el vientre que me llevó y los pechos que me criaron.» Por supuesto que me gustaría, cada día de mi vida, escuchar la palabra de Dios y cumplirla. Y me gustaría que cada católico hiciese lo mismo. Pero conocemos nuestra masa, sabemos que somos de barro y que, muchas veces, la soberbia o el orgullo nos pueden. Pero entonces podemos volver a nuestra madre la Iglesia (no volvernos contra ella como quinceañeros rebotados), y de su mano volver a Cristo. Jesús es lo mejor que tiene la Iglesia, sin duda, pero sin la Iglesia no conoceríamos a Jesús.

Santa María, la madre de Cristo y Madre nuestra, es imagen y modelo de la Iglesia. Hoy sábado pidámosle a ella que nunca nos separemos de su seno.

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