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Escrito por Comentarista 1 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Ciento un mil quinientos noventa y dos. Aproximadamente toda la población de la localidad de Parla. Esta es la cifra de abortos reconocidos por el Ministerio de Sanidad de España en el año 2006. De ellos el 96,98 por ciento se han justificado por “riesgo de la salud de la madre,” un cajón de sastre (más bien, desastre), donde cabe desde un dolor de cabeza a un callo en el pie izquierdo. Para hacerse una idea les diré que en cada folio escrito suelen caber 2600 caracteres, luego si cada letra que están leyendo (sin espacios), representara a un niño asesinado en España durante un año, este comentario tendría 39 páginas y pico. Pero no hablamos de letras escritas en la pantalla de un ordenador. Hablamos de vidas humanas que empezaban a gestarse en el vientre de las que las habían concebido (creo que el título de madres no se adecua en este caso), y con colaboración de otro al que me resisto a llamar padre. El aborto no es cosa de una, un derecho de la mujer como dicen. Son dos personas que en la inmensa mayoría de los casos -13 casos fueron por violación-, libremente o por una compensación económica decidieron hacer lo necesario para engendrar una vida y luego la despreciaron. En estos días en que todavía están adornadas las calles, las casas y se hacen celebraciones especiales por el nacimiento de un Niño (no olvidemos qué es la Navidad), se nos debería caer la cara de vergüenza ante esta otra realidad y tantas veces ante nuestro silencio.

“Queridos hermanos: Este es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros. No seamos como Caín, que procedía del Maligno y asesinó a su hermano. ¿Y por qué lo asesinó? Porque sus obras eran malas, mientras que las de su hermano eran buenas. No os sorprenda, hermanos, que el mundo os odie; nosotros hemos pasado de la muerte a la vida: lo sabemos porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte. El que odia a su hermano es un homicida. Y sabéis que ningún homicida lleva en sí vida eterna. En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos.” La cita es larga, pero vale la pena releerla varias veces. Cristo nació, vivió, murió y resucitó por todos. No por los que habían cumplido unos plazos de vida o habían demostrado sus capacidades al mundo, por todos, por los no nacidos y por los pecadores. No es simplemente una cuestión política o del tipo de legislación. Es el problema de tantas personas que desprecian la vida y se aferran a la “calidad de vida,” pero exclusivamente la suya, como si fuesen dueños y administradores de la vida de los demás. Se empieza por los no nacidos, después los ancianos, a continuación los que consideran con alguna deficiencia y luego los que son diferentes, los que molestan, así hasta el infinito. Sólo el saber que Dios, que no es simplemente una buena persona de larga barba blanca, nos ama a cada uno, que para Él todos somos importantes, nos hará amar de verdad a los nuestros y de todo corazón a los enemigos.

«Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.» Estamos llenando el cielo de angelitos que María recibe en sus brazos de madre. Cuando su madre y su padre lleguen a la presencia de Dios y tengan que enfrentarse a la mirada, no de odio ni de venganza, sino de perplejidad, de sus hijos… ¿cómo reaccionarán? ¿Qué les contestarán cuando esos niños les pregunten “Si Dios me quiere tanto, por qué vosotros me habéis querido tan poco”?

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