LOS HERMANOS DE “EPULÓN.”

Escrito por Comentarista 1 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Últimamente tengo bastante tiempo para leer, sobre todo porque no veo mucha televisión. Ese electrodoméstico ha conseguido tener la peculiaridad de dormirme y de que me den arcadas los anuncios publicitarios. Será que me estoy volviendo raro, pero prefiero leer. También hay libros que producen arcadas, pero hay muchísimos buenos. Las novelas buenas suelen envejecer bien, es más, muchas de las actuales no son sino variaciones de las buenas novelas clásicas. Las obras espirituales (que también hay que leer) a veces envejecen bien y, otras veces, pésimamente. Hay obras clásicas que, a pesar del tiempo transcurrido, siguen descubriéndonos las maravillas que Dios hace con los hombres, en nuestra vida. Hace poco leí “El diálogo” de Santa Catalina de Siena y, salvando la diferencia de algunos siglos, sigue siendo plenamente actual. En él leí la interpretación de un aspecto del Evangelio de hoy que nunca había pensado.
El rico insistió: “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.” Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.” Siempre había pensado que era como un arranque de bondad del rico (Epulón, solemos llamarle) que no quiere que sus hermanos sufran lo que él estaba sufriendo. Queremos suponer esa nota de bondad del condenado pues en el fondo casi todos somos un poco “Epulones”. Sin embargo Santa Catalina al describir el infierno (sí, ese del que ahora no quieren que hable el Papa), recuerda que allí no hay ningún lugar para la bondad, ni por los hermanos, ni por los padres, ni por la tía abuela Margarita. Si Epulón no quiere que sus hermanos vayan a “ese lugar de tormento” no tiene más que un sentimiento egoísta para no aumentar su sufrimiento: Si sus hermanos no escuchan a Moisés y a los profetas es en gran parte por su culpa, luego verá más claramente todo lo que odia de sí mismo, de los demás y de Dios, por lo que su sufrimiento será aún mayor. En el infierno no hay espacio para la bondad, la misericordia o el perdón; sólo cabe un inmenso amor propio que se aleja del amor de Dios y de cualquiera de sus criaturas. Por eso “ Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será corno un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita.”
Sin embargo en el cielo amaremos a Dios sin saciarnos nunca y plenamente satisfechos. ¿Y cómo amaremos a nuestros hermanos, padres y a la tía abuela Margarita? Los amaremos en tanto en cuanto nos han ayudado en esta vida a amar a Dios y participaremos de su alegría. Podemos dejar en esta vida la herencia de Epulón o la de Lázaro, y tenemos que decidirlo en esta vida y, sin duda, influiremos en la decisión de muchos otros, especialmente entre los seres más queridos en esta vida. Este también es un motivo de reflexión para esta cuaresma, aunque queramos eludirlo.
“Yo, el Señor, penetro el corazón, sondeo las entrañas, para dar al hombre según su conducta, según el fruto de sus acciones.” La Virgen participa de manera especial en la dicha del cielo, pues Ella nos lleva a todos al amor de Dios y participará de nuestro amor en el cielo. Ella ha elegido la mejor parte y aquí podemos hacerla un hueco en nuestro corazón para que sea lo que encuentre Dios cuando mire nuestro corazón y sondee nuestras entrañas.

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