LOS UNIFORMES

Escrito por Comentarista 1 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

El otro día casé a un policía, iba tan elegante con su uniforme de gran gala. La verdad es que yo no entiendo nada de uniformes, exceptuando el color me parecen todos mas o menos iguales. Pero los que saben se fijaban en los detalles, los galones, los bordados, las medallas y todas esas cosas que dicen tanto, al que sabe, de la condición del que lo lleva. En un desfile todos los del mismo rango y parecerían máquinas todas iguales, excepto para sus madres que, a buen seguro, son capaces de distinguir a sus hijos entre la multitud de uniformes. Lo distinguen entre cien mil que nos parezcan iguales. Los miran con cariño, con amor de madre. Algo así pasa en la Iglesia: algunos quieren uniformidad, todos iguales, como si la Gracia no actuase en personas concretas con los dones que Dios nos da a cada uno. Y otros tienden a “quitarse el uniforme” para llamar la atención no de quien les quiere, sino de todo el mundo, o de nadie pues parecen alguien del público que se ha equivocado de lugar.
“En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía.” Pensar y sentir lo mismo no es que todos fuesen iguales como fabricados en una cadena en serie. cada uno era muy distinto (solo tenemos que mirar a los apóstoles). En la Iglesia algunos quieren tender a la uniformidad sin darse cuenta de la riqueza que Dios pone en cada uno. Algunos se empeñan en “volver a la Iglesia primitiva” aunque solamente en las formas, desprecian 20 siglos de historia de la Iglesia y de historia de la Gracia. No es que quieran volver al principio, es que quieren ser los primeros relegando todo lo que ha habido antes. A veces se quedan tan pendientes de las formas exteriores que se olvidan del interior, como si Dios no nos mirase con cariño, como si no fuese capaz de distinguirnos a cada uno entre la multitud de la humanidad. Sentir y pensar lo mismo no significa que tengamos que ser todos iguales en las formas. Ahora que voy conociendo muchos matrimonios de mi nueva parroquia, personas llegados de muchos sitios de Madrid hasta ese nuevo barrio, palpas las distintas maneras de vivir la fe, todas buenas y lícitas, que hay en la Iglesia.
“Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y Dios los miraba a todos con mucho agrado.” También hay otros que son como las “tribus urbanas” que pretendiendo ser originales se visten todos iguales. Exigen seguir a Cristo sin la Iglesia, aunque sirviendose de ella. No están dispuestos a confesar la resurrección de Cristo pues Jesús se ha convertido en un referente moral, con 20 siglos de antigüedad, que les sirve de excusa para anunciarse a sí mismos. Estos se quitan el uniforme y desfilan en dirección contraria, sin darse cuenta que entonces no van detrás de Cristo resucitado sino detrás dé la última tendencia o moda. Quieren cambiar la Iglesia sin cambiarse ellos mismos, ya que se han erigido en nuevos mesías y salvadores. Se parecen a los otros en que también desprecian a los demás y los miran sin cariño, sólo miran desde su autosuficiencia.
«Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu.» Quien nace de nuevo mira la maravilla de la Iglesia, tan variada pero con la misma tensión de anunciar a Cristo resucitado entre todos los hombres de todos los lugares de todos los tiempos. Todos caminando con los ojos fijos en Aquel que ha sido elevado sobre todo en la cruz. Podemos ser muy distintos, pero todos caminamos juntos. Ojalá hoy crezca nuestro amor a la Iglesia y nos despeguemos un tanto de nuestras manías.
La Virgen, madre de todos, nos mira con el cariño de Dios: todos distintos, pero todos queridos por Dios nuestro Padre.

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