LA PUERTA ESTRECHA DEBERÍA SER MÁS ANCHA.

Escrito por Comentarista 1 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La electricidad ya llega a unos quince metros de la solución habitacional, la zanja está hecha, sólo falta tender un cable de un punto A a un punto B. El electricista (que anteayer no pudo venir), me dijo ayer por la mañana: “Hoy, sin falta, estoy allí”. Falta ha venido, por eso será que él no. Es cierto que hoy no ha dejado de llover, pero a pesar de eso me he pasado medio día en la calle, he tenido que andar cuatro kilómetros para volver de los centros penitenciarios de menores (los taxis también estaban a sus cosas), y me he pasado un par de horas a oscuras hasta que ha llegado la hora de Misa (por cierto, mis feligreses me han acercado café, croquetas y hasta un caldito, como si estuviera con el Nuncio). En un rato de rodillas te das cuenta que cuesta mucho más no faltar a la caridad que a la castidad, aunque tantas veces le demos más importancia a la segunda que a la primera.
Uno le preguntó: -«Señor, ¿serán pocos los que se salven?» Jesús les dijo: -«Esforzaos en entrar por la puerta estrecha». ¿Es tan estrecha la puerta del cielo? Estoy convencido que no, cuando pasemos por ella veremos cuan grande es la misericordia de Dios, es un portón enorme, anchísimo. Pero las personas tenemos un defecto: nos hincha la soberbia. Nos vamos haciendo tan gordos, tan gordos, como globos aerostáticos, que cualquier puerta nos parecerá estrecha. Muchas veces he hablado del “Yo” y creo que hay que seguir hablando.
“Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”; y él os replicará: “No sé quiénes sois.” Entonces comenzaréis a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas. ” Pero él os replicará: “No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados.” Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.” Podríamos gritar a las puertas del cielo: “Señor, soy YO”. Pero en el cielo no entro yo. El cielo es de Cristo y sólo el que sea Cristo entrará en el. Estas palabras escandalosas en aquella época de San Pablo: “Amos, correspondedles dejándoos de amenazas; sabéis que ellos y vosotros tenéis un amo en el cielo y que ése no es parcial con nadie”. Ni un amo (el YO), a su esclavo (La propiedad), pueden estar por encima de Cristo. Os tengo que confesar que muchas veces mis enfados son porque paso frío, o calor, o vienen menos a Misa, o no puedo leer, o yo he hecho y los otros no, y… ¡qué más da!. Si hoy me he identificado un poco con Cristo en la oscuridad del huerto de los olivos, pues bendito sea Dios. Y si mañana tenemos la luz de la resurrección, pues ¡bendito sea Dios!. Tal vez tú en el día de hoy tú te identifique más con Cristo olvidado, o ignorado, o triunfante, o aplaudido o a punto de despeñarlo por un barranco. Pueden ser cien mil posibilidades, pero si eso te acerca a Cristo bendice a Dios, si te acerca a tu Yo, sal corriendo.
Creo que la Virgen, al aceptar a Cristo en su seno se hizo completamente de Cristo. Murió el Yo de María y nació Jesús. Que ella nos ayude a que la puerta estrecha nos parezca ancha (y si de paso le da un toque al electricista, se agradece).

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