NO HAY GRITO SIN SECRETO

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Heb 10, 19-25; Sal 23; Mc 4, 21-25

“Si se esconde algo, es para que se descubra; si algo se hace a ocultas, es para que salga a la luz”. De modo que primero sucede a escondidas, y después es necesario que lo que sucedió a escondidas salga a la luz… Nada más parecido a una conspiración que el modo de actuar del Espíritu.

Primero fue el Cenáculo: allí sólo estaban los apóstoles y el Señor, recogidos al abrigo del mundo. Mientras Jesús caminaba por esta tierra con pies de carne, instruyó a los Doce en la intimidad. Primero fue la Transfiguración y también la agonía de Getsemaní… Todo ello tuvo lugar a escondidas, porque había que proteger la llama recién alumbrada. Pero después, cuando descendió el Espíritu, la puerta del Cenáculo se rompió. Entonces habría sido un pecado callar, porque era llegado el tiempo de incendiar la Tierra. Se dispersaron los Doce y abrasaron el mundo con la Buena Nueva.

Primero es la instrucción del niño. Debe suceder en secreto. La familia cristiana es un Cenáculo que protege y alimenta la llama del Bautismo en sus hijos preservándola del mundo. Quienes os lo podáis permitir, debéis llevar a vuestros hijos a colegios religiosos, donde se les imparta una formación cristiana sólida y piadosa, y donde crezcan acompañados por otros niños que compartan su fe. Debéis mantener cerrada para ellos la ventana del televisor, porque a través de esa ventana soplan vientos que hacen temblar esa llama y la debilitan. Pero después, cuando han alcanzado la edad suficiente… ¡A la calle! ¡A la batalla! ¡Al encuentro de los que viven sin Dios, llevando en la mano la antorcha de la fe! ¡Sin miedo!

Cuando una persona se convierte, es necesario ocultarla. He visto ya echar a perder algunas conversiones por culpa de esos necios que suben al candelero al recién convertido para que grite. Los acaban transformando en personas ridículas, en vendedores de crecepelo que hablan con fuerza de lo que no saben, y con ello arrojan al hermano recién nacido en manos de los demonios y los espíritus de vanidad. Al recién convertido hay que ocultarlo, instruirlo, y educarlo en la humildad. Luego, cuando se ha completado la instrucción… ¡A la calle! ¡A gritar!

Primero se escucha a Dios en secreto… Hay que rezar mucho, hay que pasar horas en silencio delante del Sagrario y del Crucifijo. Después -¡sólo después!- se grita con todas las fuerzas. Desconfío de quienes predican mucho y rezan poco. O son charlatanes, o están repitiendo sin haber entendido lo que otros han dicho o escrito.

Hablan y no creen, predican y no viven. Son amantes del ruido y de los aplausos. Son ciegos guías de ciegos. Si no te recoges todos los días para escuchar al Señor en secreto… ¿Cómo hablarás de Dios a tus hermanos? ¿Qué les dirás?

Durante treinta años de vida oculta, Jesús habló a solas con su Madre… Después, llegada la hora, María tomó en sus manos la Antorcha de la Cruz, sobre la que ardía su Hijo, y con Ella iluminó al mundo. ¡Bendita “Cristófora”!

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