Anscario (Anskar, Óscar), obispo (c. a. 801-865)

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Santos: Blas, Óscar (Anscario, Anskar), obispos; Celerino, diácono; Laurentino, Ignacio, Celerina, Hipólito, Félix, Sinfronio, mártires; Lupicino, Tigrido, Adrián, Remedio, presbíteros; Nitardo, Elinando, monjes; Azarías, profeta; Adelino, abad; Olivaria, Secundina, vírgenes y mártires; Vereburga, abadesa; Claudina Thévenet, fundadora

Casi se puede decir –a lo que parece– que su vida de infatigable trotacaminos y permanente correteo por los fríos países nórdicos podía tener el balance último como fracaso, pero comenzaron a llamarle «el apóstol del norte» y eso quiere decir que su labor ni se perdió, ni cayó del todo en el vacío. Quizá si se le mira con perspectiva se dé uno cuenta de que ninguno de sus esfuerzos fue en vano.

Hay que situarlo en el siglo ix, cuando los escandinavos son los dueños de los mares, tienen las rutas comerciales bajo su dominio y ejercen a su antojo la piratería sin que nadie les ponga eficazmente freno. Son indomables. Carlomagno y Leudovico Pío se cansaron de tanto intentar civilizarlos o reducirlos; no lo consiguieron. Llegaron a pensar que, como ni la política ni las armas podían con ellos, había que intentar apaciguarlos por el camino de la religión.

Anscario nació cerca de Amiens alrededor del año 801. Como su madre murió siendo muy pequeño, su padre lo confió a los monjes benedictinos de Corbie (Francia), y cuenta la leyenda que ya tuvo tempranas visiones que le querían ver como evangelizador de los pueblos nórdicos.

Tomados los hábitos de monje benedictino, fue enviado en el 822 a Westfalia, que se llamó Nueva Corbie. Haroldo, el pretendiente al trono de Dinamarca, pidió ayuda al emperador Leudovico Pío, en el 826, para poder enfrentarse con éxito a sus enemigos a cambio de hacerse cristiano. Se bautizó y solicitó misioneros para sus tierras. ¿Quién iba a ir mejor que Anscario? Wala, el abad de Corbie, así lo pensó y lo mandó.

Anscario fundó una escuela en el palacio real para instruir en la fe a los niños que el rey le fuera mandando y los que él mismo rescató de los piratas. Pero aquello no tuvo éxito. No le quedó más remedio que regresar a su monasterio cuando Haroldo fue expulsado de sus tierras por los que fueron más fuerte que él en la pelea.

En el 829 está en Suecia con un monje voluntario –se llamaba Witmaro– como único compañero. Aquí, aunque tuvieron muchas peripecias con los piratas que los apresaron, les robaron y les quitaron los libros que portaban, pudieron realizar su cometido evangelizador con algunos cautivos cristianos a los que se unieron algunos más que aún eran paganos. Incluso alguno de los personajes importantes de las tierras aquellas recibió instrucción, terminó bautizándose y se le permitió la construcción de la primera iglesia en tierras suecas.

El papa Gregorio IV tuvo noticia del éxito y decide hacer una diócesis en Hamburgo desde donde pudieran atenderse debidamente las necesidades espirituales y evangelizadoras; al mismo tiempo se aseguraría la perseverancia de los primeros cristianos nórdicos. De acuerdo con Leudovico Pío, nombra a Anscario como primer obispo, lo consagra en Roma y lo hace su legado.

Anscario comienza su labor organizadora de las difíciles tierras frías de toda Escandinavia con el entusiasmo que requiere el Evangelio. Mandó a Suecia, como obispo, a Gozberto; le dio el encargo de mantener lo cristiano que ya existía y de potenciar la fe entre aquellas gentes, pero el obispo tuvo que huir por la intolerancia de los indígenas. Anscario pudo construir en Hamburgo algún templo y un monasterio para ocuparse de ir formando al clero propio. También aquello acabó en fracaso por el contratiempo que supuso la invasión de los piratas normandos que destruyeron la ciudad, incendiaron la catedral y acabaron con los libros que poseía. El pobre Anscario solo pudo rescatar las reliquias cuando escapó. Por si fuera poco, Carlos el Calvo confiscó todos los bienes que tenían para subsistir y aquello lo dejó sin compañeros.

Luis el Germánico lo nombró obispo de Bremen, hizo mal porque ello compete al papa; menos mal que el Sumo Pontífice Nicolás I lo reconoció como tal el año 864 y se unieron las diócesis de Hamburgo y Brema, con Anscario como titular de la sede.

Tres años más tarde, en el 867, comenzó a misionar a los daneses. Se ganó la amistad del rey Horico que le permitió levantar la iglesia de Sleseing, dedicándolo a la Virgen y fue otro primer templo, en este caso en Dinamarca. Pero –hay tantos «peros»– al poco tiempo el rey la mandó cerrar y tuvo que convencer aquel obispo al rey de que aquello era bueno para lograr la unidad y estabilidad de su reino; sacó de ello la construcción de una nueva iglesia y ahora ¡con campanas! sumamente temidas por la superstición de los paganos.

De nuevo se le ve en Suecia, cuando ya es rey Olaf, facultado para predicar y construir.

El monje austero y devoto volvió aún a Bremen donde vuelve a construir monasterios, templos, escuelas, un hospital para enfermos y albergues para pobres sin techo y viajeros. No se le va el ya antiguo afán de redimir cautivos que es forma de vivir la caridad. Se le atribuyeron fenómenos místicos consecuencia de su contemplación. Con todo, vivía de su trabajo haciendo redes para la pesca que él mismo fabricaba con sus propias manos. Y relatan que hizo milagros sin cuento, y revelaciones proféticas que publicaban los discípulos a pesar de su rubor. Él, con humildad y buen humor, decía que «el principal milagro sería si Dios hiciera de mí una buena persona».

Murió el 3 de febrero del 865 en Alemania. Fue lástima que, en el siglo xvi, los protestantes dispersaran lo que quedaba de sus reliquias.

A veces viene la tentación de pensar que el apostolado, por aquello de que se trabaja para Dios y que Él debe ser el primer interesado, tendría que ser rápido, visible y casi espectacular. Sin embargo, es bastante frecuente que Dios vaya por otros caminos más lentos, difíciles y rodeados de un cierto misterio que se enredan casi siempre con la cruz. Parecía que Anscario fracasaba y resulta que lo estaba haciendo bastante bien, poniendo perseverancia en lo que debía hacer. Él lo sabía y seguía adelante, una y otra vez, sin desalentarse ante las contrariedades que solo estaban asegurando el éxito del Evangelio como demostró la historia en su futuro.

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