Águeda, virgen y mártir (c. a. 230-251)

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Santos: Águeda (Gadea), virgen; Calamanda, virgen y mártir; Pedro Bautista, Martín de la Ascensión, Gonzalo García, Isidoro, mártires; Avito, Ingenuino, Albuino, obispos; Agripino, Agrícola, Águeda Hildegardis, confesores; Alicia (Adelaida, Adela), abadesa; Felicia niña, mártir; Polinetes, patriarca; Bertoldo, abad.

Es una de las vírgenes cristianas que sufrieron el martirio y de las más veneradas desde la segunda mitad del siglo III. Nacida en Catania alrededor del año 230 y muerta en el último año de la persecución de Decio, en el 251. Los Santos Padres, los predicadores y los escritores eclesiásticos se encargaron de pasar su nombre a toda la cristiandad hasta llegar a incorporarse al canon romano de la Misa.

Hartos estaban los emperadores romanos de que las persecuciones contra los cristianos no les dieran resultado; constaban el hecho verdadero que era vox populi: mientras más muertes habían causado y más ensañamiento se había puesto en el intento de acabar con aquella peste, el resultado era la conversión de muchos a la fe porque pesaban la injusticia cometida y se sentían movidos a entregar su vida por ideales que superan lo puramente humano; además, aquella casta cristiana se fortalecía con cada muerte, se autoalimentaba su valor con cada hombre o mujer degollado. No, aquello no daba resultado. El astuto Decio, aquel terrible enemigo de los cristianos que Lactancio llamara «execrable animal», decidió cambiar de táctica. Pensó que era mejor no matar, para no dar más orgullo a los amigos y familiares de los que caían bajo espada o eran quemados; decidió emplear todos los medios posibles para intentar que dejaran de ser cristianos. Habían de pasar todos por el cumplimiento de ofrecer sacrificios a los dioses como asunto de deber patrio. Hombres, mujeres, niños y ancianos, nobles cultos y plebeyos ignorantes deberían cumplir con el simple rito de dejar caer unos granos de incienso en los pebeteros que estaban depositados delante de los dioses patrios. Quienes se negaran no serían ejecutados; había minas, galeras, trirremes, prisiones, destierro, pérdidas de bienes por la confiscación y los tormentos; la muerte sería solo el último de los recursos para los rebeldes. Con un planteamiento así, no extraña que san Cipriano resumiera la situación diciendo que Decio no quiso «hacer mártires», sino «deshacer cristianos».

Con la santa de Sicilia quiso hacer eso mismo, en Catania, el despechado procurador Quinciano. Y digo despechado, porque las tardías Actas lo muestran como antiguo enamorado de Águeda, una y mil veces rechazado, porque la joven había consagrado a su Jesús la virginidad de su cuerpo prefiriéndola al matrimonio. Vio Quinciano en el cumplimiento del nuevo edicto la oportunidad de sacarse la espina del desprecio. El diálogo que narra el poco creíble escrito es aleccionador en todo tiempo para un cristiano porque realza hasta las mayores cumbres lo que se debe hacer cuando Dios pide la generosa entrega de la vida por el bien superior de la fe; pero que no es nada probable que se diera con la pureza y estilo literario que se lee. Allí se habla de fortaleza que casi suena a arrogancia, de confianza ilimitada en Dios, de disposición inconmovible a dar la vida y en la increíble decisión alegre en sufrir los tormentos más finos y las humillaciones más grandes con un temple siempre por encima de lo humano.

Entregada a la custodia de una mala mujer, Afrodisia, que tiene el encargo de corromperla en un burdel, como ha hecho ya con sus siete hijas. La resistencia en la virtud de Águeda hace que pase el tiempo sin conseguirse el propósito.

El prefecto la llama al tribunal con la resolución de hacerla pasar por los tormentos. Así fue. Primero, azotada, luego brasas en el pecho, después, pechos cortados y, medio muerta, puesta en un calabozo donde tiene lugar la aparición del apóstol san Pedro que la cura, la conforta y le asegura la protección de Dios en el martirio que le resta. Asombro de Quinciano al verla curada; soliviantado por la rabia al contemplarla con la frescura de quien se sabe al fin vencedora, le queda el recurso al fuego vivo encendido para mantener su prestigio y conseguir la claudicación de Águeda aunque muera. Águeda se está quemando viva mientras un terremoto asombroso en el que mueren varios amigos de Quinciano hace que se amotine el pueblo y sea sacado el cuerpo medio tostado de la joven mártir de las llamas. La llevan de nuevo a la prisión, pero por sus heridas se le escapa el alma.

Las cristianas piadosas la recogieron y enterraron. Las voces corrieron por la isla, saltaron las olas y llegaron al continente desparramándose de boca en boca en culto de gloria a Águeda por las grandezas que Dios es capaz de hacer si un corazón enamorado se le rinde. A Constantinopla fueron a parar sus reliquias cuando hubo temor a perderlas y recuperadas más tarde, en el 1126, para ser devueltas a la isla de Sicilia donde reposan en permanente ejemplo de amor demostrado en la fortaleza.

La iconografía la representa con juventud solo estrenada, llevando una bandeja en las manos –como lleva su paisana Lucía los ojos– con los dos pechos cortados, como ejemplo de entereza, tenacidad y perseverancia. Quizá la dureza de la piedra que lleva su nombre, el ágata, esté en buena sintonía con su persona y la esté sugiriendo cada vez que se menciona la gema.

No es de extrañar que las mujeres la invoquen contra «cualquier tipo de mal de los pechos» y que sea patrona de las nodrizas, además de que sus paisanos la consideren una especial protectora contra las erupciones del cercano y excitable volcán Etna.

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