¿Dónde estás?, ¿quién eres?

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Gé 3,9-24; Sal 89; Mc 8,1-10

El relato de Marcos salta hacia delante sobre lo que hemos llevado días pasado. Estamos en esa primera sección en la que los desplazamientos son incesantes, siempre junto a los cuatro discípulos que tiene por el momento, estarán con él aunque no participen en la acción: aprenden, observando a Jesús. Aquí, intervienen con la esperanza secreta de que se escuche su demanda indirecta de curación. Es esencial el: la hizo levantarse, utilizado en la resurrección de los hombres (12,26; en la hija de Jairo, 6,41 y en el niño epiléptico, 9,26.27) y en la de Jesús (14,28; 16,6; también 6,14.16). Anuncio discreto del narrador de un tema simbólico cuyas armonías serán desarrolladas en lo que sigue.

Todas las instancias del mal, sean demoníacas o corporales, son aventadas por la acción de Jesús. El servicio que sigue, como signo de la victoria sobre el mal, nos lo enseñó también en 1,13. El verbo servir ya no lo utilizará más, si no es en el servir de Jesús (10,45) y en el de las mujeres discípulas de Galilea (15,41). Curaciones a troche y moche hasta el atardecer: el entusiasmo del gentío de Cafarnaún con respecto a Jesús se expresa en el respeto de las obligaciones religiosas. Orden de silencio para los demonios, pues estos conocen quién es Jesús; mas. lo vimos días antes, la primera confesión no puede venir de estos, sino de las personas.

Jesús se retira, los discípulos le buscan, dialogan con él; el ministerio se alarga a toda Galilea. Emoción de la muchedumbre ante la ausencia de Jesús. Vámonos: en imperativo. Autoridad e independencia de Jesús, marcando otro camino. Predicando. ¿Qué? El contexto indica claramente que se trata de anunciar el evangelio (1,14). Siempre es este el objeto de la predicación —pues para esto salí, dice, no, simplemente, para ir a un lugar de descanso— cuando es precisado en el evangelio de Marcos (1,24; 2,17; 10,45). Predicación con exorcismos, tal es su actividad.

Siguiendo poco a poco las lecturas litúrgicas de Marcos, podemos comprender el grito de Pablo: Ay de mí si no anuncio el evangelio. Vamos aprendiendo el quehacer de la predicación con los cuatro primeros discípulos —luego, con todos los demás, con toda la Iglesia misionera—, pues, como a Pablo, este es el oficio que nos han encargado. Darlo a conocer, anunciándolo de balde, dejándonos llevar por él hasta la insensatez, hasta que nuestros derechos —que los tenemos— se disuelven, tal es la fuerza que nos empuja. Pablo nos enseña, nos dice nuestro lugar, nos marca caminos. También nosotros moriríamos si no anunciáramos alocadamente el evangelio de la gracia, con pasión absoluta. Ay, ¿lo hacemos? Quizá en los pequeños ratos que nos quedan libres de todas nuestras supremas ocupaciones. ¿Es Dios nuestra pasión? Algunos, demasiados, se fijan sin entender nada si las mujeres deben llevar toca o no, según nos dice Pablo, pero se olvidan de esta pasión de los fuertes que el nos señala: no tengo más remedio que predicar.

Leer a Job da mucho susto, si uno toma la postura adecuada, no la de sus absurdos amigos —furibundos enemigos, más bien—, gente cumplidora y falaz de los que suben muy adelante para decirle a Dios: mecachis qué guapo soy, mírame, sino la de quien, en silencio, en el más puro silencio, se sienta en el polvo junto a él, sin nada que decirle, sin osar abrir la boca ante el sufrimiento inenarrable y absurdo del amigo, intentando alabar al Señor, aunque con los corazones destrozados.

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