Nuevas hechuras de Dios

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

2Cr 36,14-16,19-23; Sal 136; Ef 2,4-10; Ju 3,14-21

Me parece singular por demás que uno de los grandes diccionario de griego clásico a la palabra ktísis, derivada de un verbo que significa construir casas de nueva planta, fundar una colonia, le dé un segundo significado nuevo: crear, y de ahí la creación, el universo. Para el primer significado refiere sólo a Rom 1,20; para el segundo, sólo a Mc 10,6, etc. En el principio Dios hizo el cielo y la tierra, dice la Biblia griega de los LXX, con el verbo, poíeo: el mundo es hechura de Dios; de ella deriva poesía. En su griego, pues, Dios será, con la palabra clásica de Platón, el Hacedor —el Poeta. El NT crea una palabra nueva: el Creador. ¿Es esto una minucia?

Porque san Pablo nos dice hoy algo que asombra: somos hechura suya, ya que fuimos creados en Jesucristo para las buenas obras que Dios preparó. La salvación por la gracia, pues, es para nosotros una segunda creación; creación con esa palabra técnica, de significado fuerte, específica del NT. Esto significa que estábamos muertos, mas por su amor y misericordia Dios nos ha hecho (creado para) vivir en Cristo. Y vivimos una vida nueva. Resucitados con Cristo Jesús y sentados en el cielo. Por pura gracia hemos sido salvados. Siempre en Cristo Jesús. Nunca por nuestras propias fuerzas —por naturaleza éramos hijos de la desobediencia (Ef 2,3). Siempre por iniciativa graciosa de Dios. Nunca estirándonos nosotros de las orejas para crecer y llegar hasta él. Estamos salvados por le fe en Cristo Jesús. Mas esto es un don de Dios. Sólo de ahí nos viene y alcanza la salvación. Somos obra suya. Fuimos creados en Cristo desde siempre para las buenas obras; para que caminemos por ellas; para que procedamos según lo que es nuestra vocación (Ef 4,1). Y hoy esa nueva creación, en Cristo, nos ha salvado. Palabras, pues, muy mayores.

Para el pueblo de Israel fue brutal encontrar que todo se les vino abajo, aniquilado por entero, el templo, las ciudades, las personas; sólo un resto tomó el camino del destierro en Babilonia. ¿Les había abandonado su Dios?, ¿no había cumplido la alianza con su pueblo? Duro e ininteligible presente. ¿Cómo era posible? A toro pasado, desterrados en tierra extranjera, el pequeño resto comenzó a pensar. Lo venían anunciando los profetas: castigo implacable de la ira de Dios por desencantarse con su pueblo. Pero, entonces, aun con su infidelidad, ¿qué pasa con la fidelidad de Dios? ¿Dios les sería infiel en esos momentos de terrible zozobra? No. Se cumplía ya lo anunciado por Jeremías: pagarán con tal desolación durante setenta años, pero la fidelidad de Dios dura siempre. Pedagogía de Dios para enseñar a su pueblo. Mirad, ya Ciro, rey de Persia, les envía de nuevo a Jerusalén y les edificará un templo.

Juan nos lo dice con su inmensa fuerza. No se trata de una pedagogía transitoria: el Hijo del hombre tiene que ser elevado para que todo el que tiene fe en él tenga vida eterna. Dios ha entregado al Hijo, y lo hizo por amor. No para condenar al mundo, sino para que se salve por él. Sólo nos pide que creamos en él. Que aceptemos la luz que viene a nosotros, y abandonemos las tinieblas. Así se nos abren perspectivas para siempre.

Nada tiene de extraño que los autores del NT tuvieran necesidad de inventar una nueva palabra, abrir un nuevo mundo de entendimiento, para hablar de esta nueva creación.

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