Nosotros no somos hijos de prostituta

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Dan 3,14-20.91-92.95; Sal Dan 3; Ju 8,31-42

Porque nuestro padre, dicen, es Abrahán. ¿Qué vienes tú a enredar? ¿Cómo vienes tú a decirnos lo que tengamos que hacer? Haremos lo que nos enseñaron nuestros padres. Hemos nacido libres y no esclavos, ¿cómo tú nos dices a estas alturas que seremos libres si mantenemos tu palabra? ¿Palabra? Palabrejas sin sentido. No queremos ser tus discípulos. ¿Cómo podríamos mantenernos en tu palabra? Tenemos el orgullo de ser del linaje de Abrahán. No hay manera de que se entiendan Jesús y ellos, quizá nosotros.

Si nos mantenemos en su palabra, dice Jesús, seremos libres, porque así seremos discípulos suyos. Sólo de esta manera conoceremos la verdad. Y la verdad nos hará libres. ¿Buscamos la libertad?, pues bien, esta se nos da no en algún linaje o en el bailar al son de la música de trompas, pífanos, liras, cítaras, arpas, gaitas y demás instrumentos que nos tocarán los poderosos, sino en Jesús. En una persona. Es él quien nos hace hijos, y el hijo se queda para siempre en casa, no el esclavo. Difícil por demás, pues estamos tan acostumbrados a presumir de linaje, a bailar al toque de gaitas, que no podemos mantener nuestra libertad de ser discípulos de una persona. De clanes o de poderes, ah, eso sí. Pero una persona. ¿Qué nos da a cambio? Habla difusamente de la casa del padre. ¿Cuál, el suyo? ¿Será poderoso y no nos habremos enterado? Libres, ¿para qué? Con lo bonito y sencillo que es ser del clan o del pífano.

Jesús nos llama a ser personas. A elegir mantenernos en su palabra, para ser libres. Yo quiero ser libre. No depender sino de la verdad que busco con pasión. Bueno, que me gustaría buscar con pasión. Muchas veces, demasiadas, flaqueo y no lo consigo. Es tan fácil el clan o la gaita.
Siguiéndole, camino en libertad. Porque él me la da. Una persona. Conociéndole a él, a esa persona, conoceremos la verdad y la verdad nos hace libres. La libertad de ser eso que soy en lo más profundo de mi ser. La libertad de mi ser en plenitud. La libertad a la que me empuja mi verdadera naturaleza. La verdadera naturaleza porque, demasiadas veces, casi todas, en vez de hacer lo que quiero hago lo que no querría. ¿Cómo conseguir esa libertad que, alejándose más y más de mí, sin embargo, en realidad es la verdadera libertad de mi ser yo mismo? ¿Cómo ser en mi realidad verdadera?

Siguiendo a Jesús, camino en libertad. Mas ¿cómo le seguiré si el pecado me arrastra? Pecado respecto a él, claro. Pecado de no seguirle. ¿de dónde sacaré las fuerzas para conseguirlo? Me gustaría, pero no veo la forma. Manteniéndonos en su palabra, abandonando esos compromisos externos a mí mismo, que me refugian en el clan —linaje de Ahrahán o de donde quieras, por ejemplo, de una partida política, que nos comen las entrañas y nos hacen esclavos—, buscando, al punto, quitarnos la libertad que se nos dona en Jesús. Y la única manera segura de matar esa libertad donada es matarle a él. Clavarle de nuevo en la cruz. Y dejarle allá. Orgullosos de lo nuestro, nos confundimos de medio a medio pensando que sólo esto nos hará ser de verdad nosotros.

Sólo una persona nos hará libres. Ningún clan ni ideología ni complacencia ante el poderoso nos hace libres. Al contrario, nos esclaviza. Nos arrastra al pecado, a abandonar a la persona, la única que nos hace libres.

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