Origen de nuestra libertad

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hch 13, 26-33; Sal 2; Jn 14,1-6

Ser libres es, seguramente, la más hermosa de nuestras cosas. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Pues bien, la libertad es el don más precioso. El que más nos asemeja a él. Y nuestra libertad llega a tanto, que somos libres incluso frente a nuestro Creador. No es este el mejor empleo de la libertad, pero si no sucediera de este modo, no sería cierto que fuéramos libres. Por la misma, somos libres de igual modo para acercarnos a él y amarle. ¿Cómo lo haremos?, pues, además de libres, somos frágiles en extremo. Vasijas de barro.

El mensaje de salvación fue enviado a los israelitas. ¿Salvación de qué? Del pecado, pues nuestra fragilidad al punto se convierte en pecado. Las Escrituras nos lo enseñan en cada página, comenzando con aquella maravillosa historia de Adán y Eva. También, junto al rey David, somos capaces de cantar el salmo: Misericordia, Dios mío, misericordia, porque he pecado contra ti. Y, sin embargo, cuando llegó quien era el Enviado, los habitantes de Jerusalén y sus autoridades no reconocieron a Jesús ni entendieron las profecías. Tampoco nosotros. Sin ser conscientes de ello, con su muerte en la cruz abrieron las puertas de nuestra salvación, la redención de los pecados y de la muerte. Así, ellos, y nosotros con ellos, al condenarlo cumplimos las profecías.

Acto injusto, insensato, el de su muerte por intermedio de Poncio Pilato, el romano, autoridad enflaquecida y temblona, que usa su poder de modo torticero. Palabras de Pablo que le dejan a uno estupefacto: cuando cumplieron todo lo que estaba escrito de él, lo bajaron del madero y lo enterraron. Y estaba escrito que moría por nuestro pecados. De aquellos que lo crucificaron llevándole al gobernador romano, y de nosotros que igualmente colaboramos en ello. Murió por nuestros pecados. No hubiera habido cruz, no habría cruz —y qué lejos llega— sin nuestros pecados. Pero, culpa feliz, ellos, nosotros, tú y yo, somos causa de su muerte colgado en el madero infamante. Madero sagrado —al decir de los ingleses: Hollywood— del que pende nuestra salvación. Porque Dios lo resucitó de entre los muertos.

Extraños los planes de Dios. Arriesgadas sus maneras para que, librándonos del pecado, resplandezcamos con toda la fuera de su imagen y semejanza. De que nuestra carne viva su libertad convergiendo a aquella carne que cuelga de la cruz. Fuerza de amor por su criatura. ¿Cómo es posible? ¿Por qué el amor ha llegado tan lejos? Pablo apenas si habla de nuestro amor por Dios (1 Co 2,9; 8,3 y Rm 8,28); menos aún de nuestro amor por Cristo (1 Co 16,22; también en Ef 6,24). Siempre es la torrentera del amor de Dios por nosotros. La cruz es la señal más patente.

Pero no todo termina ahí. Ahora entramos nosotros —aunque ya habíamos estado antes con nuestros pecados— anunciando la Buena Noticia: la promesa que Dios hizo a nuestros padres, nos la ha cumplido a los hijos resucitando a Jesús. Una vez más el cumplimiento. Porque el NT es el libro de la realización que se nos regala en Jesús.

Ahora él nos prepara sitio en la casa del Padre, donde habita para siempre. Su carne prepara estancia a la nuestra. Su divinidad, en esperanza, nos dona la mansión de la Trinidad Santísima. Y decimos con los discípulos: ¿dónde vas, por dónde nos lleva tu camino? Y tú nos respondes: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí.

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