Domingo de la 24ª semana de Tiempo Ordinario – 13/09/2009

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Comentario Pastoral
¿QUIÉN ES JESUCRISTO?

Es ésta la pregunta fundamental, de la que dependen la fe cristiana, la existencia de la Iglesia y la esperanza de la salvación. Es vital saber responder con exactitud. No valen definiciones aproximadas ni conceptos genéricos, como les pasaba a los contemporáneos de Jesús cuyas opiniones no eran coincidentes; le consideran como un Elías redivivo, como a Juan Bautista resucitado, como uno de tantos profetas que surgían en el pueblo para mantener la esperanza de la salvación definitiva prometida por Dios. Después de veinte siglos Jesucristo es un gran desconocido para muchos hombres o un conocido imperfecto. ¿No será porque su figura histórica ha sido deformada de múltiples maneras, incluso en el seno mismo de la comunidad cristiana? ¿Quién es Jesucristo? ¿El rey de los judíos? ¿El hijo del carpintero? ¿El Mesías? ¿El purificador del templo? ¿Un revolucionario auténtico? ¿El varón de dolores? Jesucristo más que una pregunta difícil es la respuesta clara de Dios. El misterio de Jesús se hace accesible en la confesión de fe de Pedro, tal como nos lo narra el evangelio de este domingo vigésimo cuarto ordinario: “Tú eres el Cristo”. Pedro manifiesta públicamente la novedad absoluta de Jesús, reconociéndolo como el Mesías prometido y presente. No era el Mesías revolucionario político, que iba a librar al pueblo elegido de la sumisión a la autoridad imperial de Roma, como lo esperaban los hebreos y lo presuponían incluso los mismos apóstoles. Jesús es el Mesías sufriente según la voluntad del Padre, el Mesías de la cruz. Creer en Jesús supone una purificación contínua de la fe, superando reduccionismos sociológicos, empobrecimientos tradicionales y nostalgias míticas. La fe es vida, es pascua, es elección gozosa, es apertura a Dios infinito. La fe no nace de las obras, sino que florece en ellas. Por eso, creer en Jesucristo significa buscar el centro de todo no en uno mismo, sino fuera: en los otros y en Dios. Solo la fe que se expresa en el amor práctico y real podrá convencernos y convencer a los demás. Creer en Jesucristo es encontrar la alegría de vivir, la verdad total, la esperanza del mundo, la paz en cualquier circunstancia, el freno a la locura colectiva. Jesús es la imagen de Dios invisible, el centro de la historia, la garantía de la eternidad.

Andrés Pardo


Para orar con la liturgia



Palabra de Dios:

Isaías 50, 5-9a

Sal 114, 1-2. 3-4. 5-6. 8-9

Santiago 2, 14-18

san Marcos 8, 27-35

Comprender la Palabra

Escuchamos este Domingo, en la Lectura del Evangelio, la solemne Confesión de fe de Pedro, a requerimiento de Jesús: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?” La respuesta según la versión de San Marcos es Tú eres el Mesías”.

Con estas palabras culmina la 1ª Parte del Evangelio según San Marcos. Lo que sigue a continuación pertenece a la 2ª Parte, que, como la 1ª, se divide también en tres Secciones. Recordemos a propósito el título, con que el Evangelista encabeza su Obra: “Comienza el Evangelio de Jesús CRISTO (1ª Parte) e HIJO DE DIOS (2ª Parte). ¡Hijo de Dios!- así lo llamará el Centurión romano, que está al pie de la Cruz, frente a Jesús, en el momento de expirar (”Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”). A la luz de la Revelación plena de Dios en Cristo las palabras del Centurión, impresionado por la figura de Cristo, tienen plenitud de sentido; son confesión de la Divinidad de Jesucristo.

Progresivamente, a la luz del Mensaje Evangélico, San Marcos con su pedagogía nos lleva a la confesión-adhesión a Jesús Cristo e Hijo de Dios.

En la 1ª Sección de las 2ª Parte Jesús repite tres veces el Anuncio de su Pasión-Resurrección, mientras va de camino a Jerusalén. Intenta corregir la imagen errónea, que los discípulos tiene del Mesías. No es un Mesías triunfante, a quien acompaña el éxito en este mundo, sino un Mesías paciente, a quien acompaña el (aparente) fracaso. La victoria sobre las potencias del mal y la plena realización del Reino (Proyecto) de Dios están garantizados por la Resurrección.

La Pasión y la Resurrección de Jesucristo son la consecuencia de su “negación” de Sí mismo” (su abnegación por amor en el servicio mesiánico) y de la “perdida” de su propia vida en su entrega amorosa; “perdida”, que culmina en la recuperación (Resurrección).

En el fondo de las palabras de Jesús resuena las que el Profeta Isaías pone en boca del Servidor de Dios (el futuro Mesías): “Ofrecí la espalda a los que golpeaban…. No oculté el rostro a injurias ni salivazos… y sé que no quedaré avergonzado” (1ª Lectura)


Avelino Cayón


sugerencias litúrgicas

La palabra de Dios una palabra actual


La Escritura no es una palabra mantenida ”en conserva” porque, aunque pronunciada hace mucho tiempo en otro contexto, pueda sernos útil para nuestros días. Es una palabra viva y actual que se pronuncia para mí o para una concreta comunidad cuando la estoy escuchando. Está vinculada a la Palabra originaria, dicha muchos siglos antes, pero es creadora de una nueva situación de salvación. Entonces la palabra que parecía congelada “se enciende, la que parecía opaca se vuelve transparente. El Espíritu Santo la reaviva para salvación de quienes la escuchan con fe. “En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro con sus hijos y conversa con ellos” (Dei Verbum 21)
La Biblia no es un simple libro de contenido espiritual. Es una Palabra de Alguien que se hace presente a través de ella y quiere entablar con nosotros una relación de amor.


Decreto

al ritmo de la semana


La Exaltación de la Santa Cruz – 14 septiembre

En el antiguo Calendario Romano existían dos fiestas en honor de la Santa Cruz: la Invención el 3 de mayo y la Exaltación el 14 de septiembre. En España además se celebraba el Triunfo de la Santa Cruz, en conmemoración de la victoria de Alfonso XIII contra los mahometanos en las Navas de Tolosa.

La celebración actual de la Exaltación de la Santa Cruz se centra en la misma Cruz, a la que se glorifica y exalta con una liturgia sobria, libre de todo sentimentalismo y completamente impregnada de esperanza y de gozo. “Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo: en él está nuestra salvación, vida y resurrección: él nos ha salvado y libertado”.

Se compara la cruz de Jesús con el palo sobre el que Moisés elevó la serpiente de bronce.”Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el hijo del Hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”. La cruz es el lugar privilegiado donde se manifiesta la gloria del Señor. El madero de la infamia se ha convertido por la muerte de Cristo en él, en el signo de su amor redentor, y en la señal del cristianismo.”… has puesto la salvación del género humano en el árbol de la cruz, para que donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la vida, y el que vcenció en un árbol, fuera en un árbol vencido…”

Al día siguiente se celebra la memoria de la Virgen Dolorosa, “ocasión propicia para revivir el momento decisivo de la historia de la salvación y para venerar junto con el Hijo exaltado en la Cruz a la Madre que comparte su dolor”.


J. L. O.

Para la Semana

Lunes 3:
Exaltación de la Santa Cruz. Fiesta que se celebrará en Jerusalén ya en el siglo V.

Números 21.4b-9 Matan a la serpiente de Israel y quedaban curados.

Filipenses 2.6-11 Se rebajó, por eso Dios lo levasntó sobre todo.

Juan 3,13-17. Tiene que ser elevado el Hijo del Hombre.

Martes 3:
Nuestra Señora de los Dolores. Dichosa es Santa María la Virgen, porque sin morir mereció la palma del martirio junto a la cruz del Señor.


Hebreos 5,7-9. Aprendió a obedecer y se ha convertido en autor de salvación eterna.

Juan 19, 25-27. Ella gemía y suspiraba como Madre piadosa al ver las penas de su divino Hijo.

o Lucas 2,33-35. Una espada le traspasará el corazón.

Miércoles 3:
San Cornelio (+235), murío en el exilio, y San Cirpiano (210-258), obispo, sufrío el destierro, mártires.

1 Timoteo 3,14-16. Grande es el misterio que veneramos.

Lucas 7,31-35. Tocamos y no calláis, cantamos lamentaciones y no lloráis.

Jueves 3:
San Roberto Belarmino (s.XVI)jesuita, célebre por las disputas teológicas, obispo y doctor.

1 Timoteo 4,12-16. Cuídate tú y cuida la enseñanza, así te salvará a tí, y a los que escuchan.

Lucas 7,36-50. Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor.

Viernes 3:
En Madrid: San Alfonso de Orozco (1500-1591), presbítero agustino, predicador de la corte real española y escritor.

1 Timoteo 6,2c-12. Tú, en cambio, hombre de Dios, practica la justicia.

Lucas 8,1-3. Algunas mujeres acompañaban a Jesús y lo ayudaban con sus bienes.

Sábado 3:


1 Timoteo 6,13-16. Guarda el mandamiento sin mancha, hasta la manifestación del Señor.

Lucas 8,4-15. Los de la tierra buena son los que escuchan la palabra, la guardan y dan fruto perseverando.



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