Domingo de la 30ª semana de Tiempo Ordinario – 25/10/2009

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Comentario Pastoral
VER DESDE LA FE

La curación del ciego Bartimeo se sitúa en la larga lista de los milagros obrados por Jesús con invidentes, y es expresión de un claro mensaje teológico: Israel tiene los ojos ciegos, incapaces de ver los signos de los tiempos y la acción de Dios en la historia. Pero cuando aparezca la figura mesiánica, misteriosa del Siervo del Señor, se abrirán los ojos de los ciegos. Por encima de la curación física de Bartimeo hay un signo profundo y mesiánico. La ceguera interior va a ser cancelada. y es el mismo Jesús el que declara que la fe de este pobre abandonado al borde del camino es la que le ha curado. y Bartimeo deja manto y caminos, y sigue el itinerario de Jesús y lo acompaña en su destino de muerte y gloria. La historia de este milagro es la historia de una llamada a la fe y al discipulado. Cristo es el sacerdote y el mediador perfecto que nos libra de nuestra ceguera, enfermedad más simbólica que real, porque manifiesta la ausencia de la luz. La curación de la ceguera es signo de salvación interior. Los seguidores de Jesús son una comunidad de salvados y curados, los pobres, los ciegos, los cojos; los que se levantan ante la llamada del Señor, los que se acercan a él con confianza, los que piden con humildad y sin exigencias. Hay una interacción mutua entre fe y realidad salvadora. La fe es causa de salvación y la salvación aumenta la fe. La esperanza de liberación que anima a Israel provoca esa misma salvación. La alegría con que se celebra es una alegría anticipada y anticipadora. Tener fe es ver a Dios como Padre y descubrir el camino de Jesús como camino de salvación.

Andrés Pardo


Palabra de Dios:

Jeremías 31, 7-9

Sal 125, 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6

Hebreos 5, 1-6

san Marcos 10,46-52

Comprender la Palabra

En la Lectura del Evangelio escuchamos este Domingo el relato de la Curación del ciego Bartimeo (el hijo de Timeo). Coloca San Marcos intencionadamente este Milagro al final de la Primera Sección (2° Parte) de su Relato Evangélico, inmediatamente antes de la Entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. No se trata pues de la narración de un milagro cualquiera; tiene su significación, sucede el Milagro al salir de Jericó, cuando Jesús emprende la última etapa de su camino-subida a Jerusalén. El Ciego se encuentra en las inmediaciones del camino. El momento culminante del Relato está en la observación de san Marcos al final. “Y lo seguía (a Jesús) por el Camino”.
Oros muchos se habían acercado a Jesús, mientras iba de camino, interesándose por él, preguntándole y escuchando sus respuestas, pero a la hora de tomar una decisión, se habían echado atrás. Recordemos al Joven rico, que se marchó pesaroso.
Es necesario “ver”, recibir la luz de la fe, para decir sí a Jesucristo y seguirle por el Camino. El es el Camino. El Camino, que conduce a la Pascua¬Paso-Subida definitiva, que tuvo lugar en Jerusalén. Este parece ser el mensaje implícito del Evangelista, si tenemos en cuenta las palabras finales: “al momento recobró la vista y lo seguía por el camino”.
El grupo de los discípulos y de mucha gente, que acompañaba a Jesús, evoca la Visión profética de Jeremías (1° Lectura). Ve el Profeta que los deportados en Babilonia vuelven, suben, a Jerusalén, liberados por Ciro, rey de los Persas. “Entre ellos hay ciegos, una gran multitud retorna…los guiará entre consuelos por un camino llano”. El salmo comenta el anuncio profético. “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres” -repite la antífona.
A continuación del Milagro de la Curación del Ciego comienza la 2° Sección de la Segunda Parte: La estancia de Jesús en Jerusalén. De ella escucharemos algunos episodios, pocos este año. Terminado el Discurso Escatológico, se entra en la 3° Sección – el Relato de la Pasión-Resurrección, que fue leído en los Domingos de Ramos y de Pascua (en la Solemne Vigilia Pascual).


Avelino Cayón


sugerencias litúrgicas

Ordenación de la celebración de la Misa


Es de sumo interés que de tal modo se ordene la celebración de la Misa o Cena del Señor que ministros sagrados y fieles, participando cada uno según su condición, reciban de ella con más plenitud los frutos para cuya consecución instituyó Cristo nuestro Señor el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y Sangre y confió este sacrificio, como un memorial de su pasión y resurrección, a la Iglesia, su amada Esposa.


(Ordenación General del Misal Romano, 17)

Decretos

celebrar mejor


2009 – 2010 Año sacerdotal

“El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”, repetía con frecuencia el santo Cura de Ars. Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la Humanidad misma. Tengo presente a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida. ¿Cómo no destacar sus esfuerzos apostólicos, su servicio infatigable y oculto, su caridad que no excluye a nadie? Y ¿qué decir de la fidelidad entusiasta de tantos sacerdotes que, a pesar de las dificultades e incomprensiones, perseveran en su vocación de amigos de Cristo, llamados personalmente, elegidos y enviados por Él?
Todavía conservo en el corazón el recuerdo del primer párroco con el que comencé mi ministerio como joven sacerdote: fue para mí un ejemplo de entrega sin reservas propio ministerio pastoral, llegando a morir cuando llevaba el viático a un enfermo grave. También repaso los innumerables hermanos que he conocido a lo largo de mi vida, y últimamente en mis viajes pastorales a diversas naciones, comprometidos generosamente en el ejercicio cotidiano de su ministerio sacerdotal.
Pero la expresión utilizada por el santo Cura de Ars evoca también la herida abierta en el Corazón de Cristo y la corona de espinas que lo circunda. Y así, pienso en las numerosas situaciones de sufrimiento que aquejan a muchos sacerdotes, porque participan de la experiencia humana del dolor en sus múltiples manifestaciones, o por las incomprensiones de los destinatarios mismos de su ministerio: ¿cómo no recordar a tantos sacerdotes ofendidos en su dignidad, obstaculizados en su misión, a veces incluso perseguidos hasta ofrecer el supremo testimonio de la sangre?


Benedicto XVI. Carta a los sacerdotes

Para la Semana

Lunes 3:


Romanos 8,12-17. Habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: iAbbá! (Padre).

Lucas 13,10-17. A ésta, que es hija de Abrahán, ¿no había que soltarla en sábado?

Martes 3:

Romanos 8,18-25. La creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios.

Lucas 13,18-21. Crece el grano y se hace arbusto.

Miércoles 3:
San Simón, apodado “el Zelotes” y San Judas Tadeo, “el de Santiago”, apóstoles.

Efesios 2,19-22. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles.

Lucas 6,12-16. Escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles.

Jueves 3:


Romanos 8,31b-39. Ninguna criatura podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo.

Lucas 13,31-35. No cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén.

Viernes 3:


Romanos 9,1-5. Quisiera ser un proscrito por el bien de mis hermanos.

Lucas 14,1-6. Si a uno se le cae al pozo el burro o el buey, ¿no lo saca, aunque sea sábado?

Sábado 3:


Romanos 11,1-2a. 11-12.25-29. Si la reprobación de los judíos es reconciliación del mundo, ¿qué será su reintegración sino un volver de la muerte a la vida?

Lucas 14,1.7-11. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.



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