Odón de Cluny, abad (879-942)

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Santos: Máximo, Frigidiano, obispos; Tomás, monje; Román, Bárula, Esiquio, Luciano, Carterio, mártires; Orículo, confesor; Odón, Teofredo, Múmolo, abades; Alda, santa; María Gabriela de Hinojosa Naveros y compañeras mártires (beatas).

Comenzó un movimiento de espiritualidad que se tradujo en una formidable reforma del monacato, en apoyo de la autoridad papal en medio del feudalismo de la Edad Media.

Nació en Tours, hijo de Abdón, señor de la Tureña. Fue clérigo de la basílica de San Martín que era el centro espiritual más significativo de Francia; allí se resumían las Moralia de san Gregorio porque resultaban demasiado largas a los eclesiásticos del tiempo. En el 909 se hizo monje de un apartado monasterio borgoñón, Baume-les-Messieurs; más tarde será abad de Cluny.

Se hizo cargo del deplorable y lastimoso estado en que se encontraba la sociedad, incluido el estamento eclesiástico, y llegó a la convicción de que la solución de los graves problemas del momento solo se encontraba en el monacato; la dificultad estribaba en que, según él veía las cosas, lo que era la clave para la salvación –los monjes– era la primera pieza que necesitaba reforma.

El medio sería Cluny. Para ello sería preciso renunciar a la situación que contribuyó a relajar y envilecer la estructura monacal que tanto potenciaron Carlomagno y Leudovico Pío: la intromisión del poder imperial en los monasterios. Sería necesario en adelante mantenerse al margen de los planes e intereses políticos de los grandes y procurar una observancia estricta de la regla de san Benito de Nursia, interpretada por Benito de Aniano. Se trataba de arreciar en la oración, buscar el esplendor en el culto litúrgico, respetar la vida en riguroso silencio, renunciar a la posesión de bienes personales y ejercitar la caridad con una exquisita hospitalidad. La abadía de Cluny será, más que un monasterio situado en un lugar geográfico concreto, un movimiento de renovación religiosa que, aprovechando la estructura feudal, transporta el espíritu a infinidad de cenobios mediante una constitución federal.

Odón es el discípulo preferido del abad Bernón. Le sucederá a su muerte y regirá Cluny desde el 926 hasta el 942 en que murió.

Además de ir por delante con el ejemplo y por detrás con el apoyo moral en su monasterio, Odón es un hombre de acción. Se le ve peregrino de cenobio en cenobio, andando por los caminos o bien asentado en su borrico; lleva consigo la inquietud de la fidelidad a la regla benedictina a la que ha dado su toque personal consistente en reducir el trabajo manual en beneficio de la oración personal y en poner mayor énfasis en la clausura monacal. Cuando no puede abarcar toda la tarea, va enviando a sus propios monjes que han tomado ya el espíritu a los diversos conventos; consigue un efecto multiplicador y se traspasan los límites iniciales: Romainmoutiers, Aurillac, San Marcial de Limoges, San Benito de Fleury-sur-Loire y tantos más.

Varias veces ha de viajar a Roma para darle lo suyo al papa en dineros y también para servir de mensajero o intermediario entre Hugo de Italia y Alberico emperador. Fue consejero de los papas León VII y Esteban IX ayudándoles con su visión de las personas y de las cosas en los intrincados problemas de gobierno.

El emperador entendió el proyecto de Odón, comprendió la importancia del movimiento cluniacense y quiso hacerse con su abanderado para utilizarlo como tenía esclavizado al papado. Todo fueron promesas fáciles y grandiosas; nombró a Odón archimandrita o moderador máximo de todos los cenobios romanos y le donó la casa del Aventino que inmediatamente fue convertida por Odón en centro de formación de numerosos monjes para capacitarlos a transmitir la reforma cluniacense; entre ellos salió el famoso Hildebrando.

Pero Alberico no consiguió su propósito dominador. Con el poder recibido, hizo Odón su labor reformadora, pero siempre defendió su exención jurídica de toda autoridad que no fuera la papal; es más, supo aprovechar la jurisdicción que tenía para hacer siempre distinción entre la autoridad de los príncipes y la espiritual, haciendo ver en cada momento la necesidad de subrayar la preeminencia de los valores espirituales sobre los materiales. Hay quien afirma que fue la cabeza que sentó las bases para el futuro intento necesario de señalar los límites entre los poderes civil y eclesiástico, distinguiendo sus propios ámbitos.

Cubrió un amplio período de la historia de la Iglesia con la proliferación de discípulos suyos, saturados de deseos de santidad y autenticidad. Su sucesor, Aymaro, desarrollará y ampliará su obra.

Murió en Tours el año 942.

El buen monje del borrico, recitando salmos y con la cabeza más allá de las nubes, sembró paz y brindó a los hombres criterios para asentar una cultura cristiana en el continente sin dejarse utilizar por los poderosos que jugaban a pegarse entre ellos por intereses materiales.

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