Juan Cancio o de Kanty, presbítero (1390-1473)

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Santos: Juan Cancio o de Kety, presbítero; Garibaldo, Ivo, Sérvulo, confesores; Asclepio, Murdón, Nifón, Frideberto, obispos; Harmano, canónigo regular y obispo; Beno, Ives, abades; Mardonio, Migdonio, Teódulo, Saturnino, Euporo, Sérvulo, Basílides, Evaristo, Gelasio, Euniciano, Cetico, Cleomenes, Agatocles, mártires; Dagoberto, rey y mártir; Sabiniano, diácono y monje; Mayota, Victoria, vírgenes; Vintilo, eremita.

Un hombre gris; sin conducta espectacular que mostrara signos extraordinarios de nada; se limitó a cumplir con su deber, eso sí, muy bien cumplido; lo más destacable en él, como se verá, solo es la fidelidad a Dios y a los hombres en su quehacer bien hecho.

Polonia, en la Edad Media, es un microcosmos por su situación geográfica que la hace ser tierra de encuentros. Fácilmente accesible desde cualquier parte porque no tiene fronteras naturales; mezcla de razas y culturas por su comercio donde trafica el turco, el alemán, el hispano y hasta el italiano o el griego. Un resumen de esta diversidad es Cracovia, ciudad donde transcurre toda la vida de Juan como intelectual insobornable ante la verdad y, por algún tiempo, excelente párroco en activo.

Nació Juan al oeste de Cracovia en 1390, en Kanty o Kety, cerca de donde hoy está el tristemente célebre Auschwitz. Estudió filosofía y teología en la universidad de Cracovia, fundada por Casimiro el Grande en el año 1364, que pasa por un buen momento porque ha gozado del favor y protección de los reyes.

Ordenado sacerdote, lo hacen canónigo y consigue la cátedra de Teología en la universidad que ya no abandonará. Es un profesor competente; la doctrina es segura y se muestra ejemplar en la dedicación. Llegó a ser rector del centro cultural de mayor nivel en la nación polaca.

Su rectitud y competencia no pasan desapercibidas para los profesores mediocres. Sucedió lo de siempre. Más de uno siente envidia –el vicio manifiesto de los que valen poco– y llegan a sufrir hasta el entontecimiento por la lucidez ajena. Otros se dan por ofendidos al comprobar la rectitud profesional y el buen hacer científico de Juan Cantio. Su presencia diaria en el puntual cumplimiento de su deber llega a hacerse molesta e incómoda dentro del claustro de profesores.

Consiguieron echarlo de la universidad «por razones pastorales» que no había, pero que inventaron. Por lo que se ve, no es este un antipático recurso privativo de nuestro tiempo para quedar como barones (varones?) mientras se van haciendo mezquindades por la vida. Lograron que lo nombraran párroco de Olkusz con lo que consiguieron que aquel intelectual nato que era Juan debiera sentirse un tanto extraño en el contacto personal y directo con sus feligreses. Pero lo hizo bien el párroco; se encontró con unos fieles abandonados, divididos en facciones que se odiaban a muerte, y otros muchos indiferentes. Pero predicó mucho, rezó, visitó a sus feligreses, dio ejemplo y consiguió unificar por la elevación de la caridad.

La Universidad terminó por darse cuenta del disparate y lo reintegró a su cátedra.

Hizo dos viaje a Roma y uno de ellos lo amplió a visitar los Santos Lugares.

Se caracterizará por su buen carácter y por la práctica de la caridad.

Alguna anécdota de su vida nos hace caer en la cuenta de su talante. Un mal día atracaron al indefenso Juan (eso siempre ha sucedido en la sociedad); los ladrones, cuando terminaron de hacer su trabajo le preguntaron si tenía algo más. Cuando se marchaban, recordó Juan que le quedaban aún unas monedas dentro del forro de su vestido (cosa tampoco inventada hoy, por lo que se ve), los llamó y les dio lo que aún estaba en su poder (reacción de tontos o de santos). Ante el gesto, quedaron tan removidos aquellos truhanes que se arrepintieron, pidieron mil perdones y devolvieron lo que, en un principio, le habían sustraído (esto tampoco es corriente).

En otra ocasión, a la puerta del colegio universitario donde comía había un pobre pidiendo limosna. No anduvo corto. Entró en el comedor, tomó su ración y fue a dársela al pordiosero. Lo bonito fue que, en su sitio natural, estuvo dispuesta después la comida que le correspondía.

Otra vez, viendo a un mendigo tiritando de frío, no supo hacer otra cosa que quitarse su propia capa, se la dio al que estaba helado; él se marchó a sus asuntos con el frío del vecino.

Murió a los ochenta y tres años, el 1473.

Fue canonizado el 16 de julio de 1767 por Clemente XII.

Juan solo hizo lo que debía hacer. Es un consuelo ver plasmado en el santoral que el camino hacia la santidad de la inmensa mayoría de los hombres y mujeres es posible y ajeno a milagros y martirios. Algunas veces no le gustó cumplir con su deber, pero supo mantener el tipo por amor a Dios. Él está ahí; de sus detractores ni se sabe. Su nombre permanece y está propuesto como modelo de fidelidad cristiana; el de los otros se olvidó.

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