LA LIBERACIÓN DE JERUSALÉN

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Ayer veíamos al anciano Simeón y hoy nos encontramos con Ana, otra mujer de edad también avanzada. No deja de ser curioso que estos dos personajes sean ya mayores. Hay un contraste entre la poca edad de Jesús y la ancianidad. Alegóricamente podemos ver como el Nacimiento de Dios lo rejuvenece todo. Por otra se nos indica que nunca es tarde para encontrarse con el Señor.

A la luz de estos dos personajes cambia nuestra mirada sobre el mundo. Hablamos de la vieja Europa, del envejecimiento de la población y de cómo muchas tradiciones y costumbres parecen cosas del pasado. En esas valoraciones se esconde un juicio negativo sobre la realidad y una pérdida de sentido. También observamos que se va introduciendo la idea de que los ancianos sobran en una sociedad que quiere ser competitiva. Los “viejos” son recluidos en asilos, semiolvidados en sus hogares e incluso hay quienes les intentan introducir la idea de que la “eutanasia” puede ser una buena idea.

Simeón y Ana encuentran a Jesucristo tras un largo recorrido. No sabemos si vivieron muchos más años, aunque lo más probable es que no. Pero estuvieron esperando hasta el final, sin anticipar nada. Además, en el evangelio de hoy se nos muestra como Ana es capaz de señalar al Niño como el que va a liberar a Jerusalén. Quizás muchos de sus contemporáneos ya lo daban por imposible o incluso habían olvidado o reinterpretado las promesas del Antiguo Testamento. Una anciana, de ochenta y cuatro años, es la que remueve el rescoldo de los corazones de aquellas gentes.

Me imagino que algunos, al oírla, debían pensar, “¿de qué habla esta vieja? Ella ya ha cumplido su vida, que puede esperar”. Pero Ana sabía de qué hablaba. Lo que Ana esperaba era lo mismo que todos sus contemporáneos y que nosotros. No se trataba de responder a la crisis económica o a la enfermedad o a ninguna otra problemática particular. O, quizás, se trataba precisamente de responder a todas ellas. La liberación de Jerusalén, sujeta al poder romano la capital de Israel, pero figura también de la Iglesia que va a nacer del costado de Cristo, significa la posibilidad para todo hombre de vivir plenamente, de ser libre. Y eso lo esperaba Ana y un joven de veinte años.

En la parte final del evangelio se alude al hecho de que Jesús volvió con sus padres a Nazaret. También nosotros pronto saldremos de estas festividades que nos han llenado de alegría y nos han ayudado a vivir con más intensidad el misterio del amor de Dios. Pero es que el Señor no ha venido sólo para lo extraordinario, sino para acompañarnos en el día a día. Todo lo humano le interesa y todo quiere llenarlo con su presencia. Se nos dice también que el niño crecía. Ese crecimiento de Jesús apunta también al desarrollo de nuestra vida sobrenatural. Lo que nos ha sido regalado por Dios, la vida de la gracia, está llamada a un crecimiento que es nuestra santidad.

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