Tomás de Aquino, presbítero y doctor de la Iglesia (c. a. 1225-1274)

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Santos: Tomás de Aquino, Patrón de los Estudios Católicos, presbítero y doctor de la Iglesia; Cirilo, patriarca y doctor de la Iglesia; Tirso y Flaviano, Leneo, Calínico y Leónidas, mártires; Adyútor, Julián, Valerio, Virilo, obispos; Juan, presbítero; Santiago, eremita; Radegunda, virgen; Ricardo, abad; Armuldo, Irmonzo, confesores; Jerónimo Lu Tingmei, Lorenzo Wang Bing, Águeda Lin Zao, catequistas mártires de China.

La biografía de este napolitano no está desfigurada por la leyenda; ha llegado hasta hoy conservando su pleno valor histórico. Nace y vive en plena Edad Media, esa etapa llena de intrigas, luchas, apetencias políticas y afán de mando. Él es un intelectual que escala la más alta cumbre del pensamiento católico en su tiempo y del que no puede prescindir el estudioso actual.

Se presenta como un hombrón en lo físico; grande, alto, grueso, bien proporcionado, de distinguido porte y con sensibilidad exquisita. Su ascendencia es lombarda por los Aquino y normanda por los condes de Teate. Es el último varón de la familia numerosa que formaban, junto con los padres, doce hermanos.

En la universidad de Nápoles, a los diecinueve años, conoce la orden de Santo Domingo y descubre su vocación. Pero tuvo que pelear para ganarse el hábito blanco de monje mendicante: no le quedó otro remedio que esquivar los halagos de su madre, la condesa Teodora, pasar por encima de las presiones que le hacían sus encantadoras hermanas, y escapar de los brutales atropellos de sus guerreros y peleones hermanos que le secuestraron en Acquapendente –cuando se dirigía a Bolonia con el superior general–, le arrancaron el hábito de fraile, y le metieron en el castillo de San Juan una mujer en la cama a la que tuvo que ahuyentar con brasas encendidas para que no se le ocurriera volver. Se mostrará firme en el rechazo de la abadía mitrada de Montecasino que le ofertaban como cosa hecha y con el respaldo papal.

De acuerdo con la orientación intelectual de su orden dominicana puso en juego su excepcional potencia intelectual prestando uno de los mayores servicios que se hayan podido dar a la Iglesia. Estaba preparado para mantener una laboriosidad infatigable y tuvo una cabeza amueblada como pocas en sus conocimientos de artes, filosofía, letras y teología que supo plasmar en su máxima «contemplar y transmitir el fruto de la contemplación».

Roma y Bolonia, Nápoles y Roccasecca, París con su Estudio General de Santiago y Colonia –donde fue discípulo de Alberto Magno y aprendió de su amplísimo magisterio– le tuvieron aprendiendo, enseñando, orando, rumiando a Aristóteles, tratando los textos de los Padres, madurando la Sagrada Escritura y manejando las Sentencias del teólogo Pedro Lombardo. Es el arquetipo del saber cristiano, de la fe que se apoya en la indagación racional más exigente.

Se ordenó sacerdote en el año 1251. Su condición de sabio no le impidió ser un fraile que sobresalía en sencillez y humildad, que sabía mantener el difícil equilibrio entre la exquisita sensibilidad –agudeza fina en los asuntos teóricos– y los problemas humanos. Hizo compatible la altísima especulación con la piedad de niño que se pegaba a la puerta del sagrario pidiendo gracia y ciencia para cumplir el oficio de maestro dado por el papa Alejandro IV, cuando solo tenía treinta y un años.

Contribuyó a la redacción de una nueva «Ratio Studiorum» para su orden en el Capítulo general de Valenciennes con Alberto Magno, Pedro de Tarantasia, Bonhome de Bretaña y Florencio de Hesdin.

Pasó nueve años en Roma como teólogo del Estudio General de la Corte Pontificia; allí contribuyó a resolver consultas papales y de la jerarquía sobre asuntos de gobierno y disciplina.

Se retiró a Anagni y Orvieto para terminar la «Summa contra Gentiles» y comenzar la «Catena Aurea» que terminará en Santa Sabina de Roma, donde comenzará la «Summa Theologica», continuada en Viterbo y terminada en París, la obra cumbre de su genio y de importancia trascendental para la ciencia sagrada. En su producción intelectual se pueden distinguir sus «Comentarios» a la Sagrada Escritura y al Maestro de las Sentencias, «Sobre la Trinidad» y «Sobre la verdad», monumentales libros, duros de lectura y apretados a la hora de entenderlos.

Para este raro ejemplar de hombre que sabía unir el saber con la santidad no todo fue un paseo triunfal; supo de intrigas, de coacciones morales y físicas que salían de la envidia y de la resistencia a su magisterio, como fue el caso del fustigante Guillermo del Santo Amor; en la segunda estancia en París tendrá que ser polemista agudo contra Siger de Brabante y Boecio de Dacia, contribuyendo a la depuración de la doctrina aristotélica de los errores averroístas.

Menos conocida, pero no menos interesante, es su faceta de predicador papal y popular en las basílicas romanas, sobresaliendo el «Oficio del Corpus Christi», densa poesía, teología, devoción y encanto al Santísimo Sacramento cuya predicación arrancaba lágrimas al Consistorio y a los fieles, igual que la predicación de la Pasión y los sermones sobre la santísima Virgen gozosa por la Resurrección.

Una experiencia mística –don de Dios– tenida durante la celebración de la misa de San Nicolás, le hace calificar toda su formidable e impresionante obra como «paja» ante el recuerdo de lo contemplado; a partir de entonces, ya dejará de hablar a los hombres y solo se meterá en Dios.

Su vocación, formación, magisterio, producción científica y predicación forman una unidad con la oración y la contemplación. Cuando, al final de su vida, Dios se le mostró dispuesto a satisfacerle un deseo como pago de lo mucho y bueno que de Él escribió, el santo varón no pide otra cosa que poseer al mismo objeto permanente de su estudio: a Dios. Poco más vivió. Murió en el monasterio de Fossanova, cerca de Terracina, en plena madurez de su producción científica, el día 7 de marzo de 1274. Si su fiesta se celebra el día 28 de enero, es porque en esta fecha tuvo lugar, el año 1369, el traslado de su cuerpo a Tolosa del Languedoc.

Cualquier otro sabio, uno de esos locos ansiosos del saber, quizá hubiera aprovechado la ocasión para descubrir alguna piedra filosofal o la quintaesencia de algún arcano misterio, ¿verdad?

Tomás de Aquino, ambicioso él, pidió poseer lo que estudiaba. Acertó.