Josefina Bakhita, ex esclava y religiosa (1869-1947)

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Santos: Jerónimo Emiliano, presbítero; Juan de Mata, fundador; Pablo, Lucio, Ciriaco, Dionisio, Quinta, Emiliano, Sebastián, Filadelfo y Policarpo, Mengoldo, mártires; Juvencio o Evencio, Honorato, Pablo, Pedro, obispos; Esteban, abad; Elfleda, virgen; Josefina Bakhita, ex esclava y religiosa.

Esta Flor de África, que conoció las angustias de la esclavitud, se abrió a la gracia en Italia, al lado de las hijas de Santa Magdalena de Canosa. Nació en Sudán en 1869 y murió en Schio (Vicenza) en 1947, donde vivió muchos años, y donde era conocida como la querida «Madre Negra».

Bakhita no es el nombre elegido por sus padres al nacer. El sufrimiento del día en que fue secuestrada cuando tenía siete años le provocó algunos trastornos de memoria; aquella terrible experiencia le hizo olvidar su propio nombre. Bakhita significa «afortunada» y se lo pusieron sus amos al comprarla. Luego fue vendida y revendida hasta cinco veces en los mercados de esclavos de El Obeid y Kartoum; como bien puede suponerse conoció las humillaciones, y sufrió toda clase de sufrimientos físicos y morales propios de los esclavos.

Calisto Legnani, en aquel momento agente consular de Italia en la capital de Sudán, la rescató con dinero. Desde su rapto, fue la primera vez en que ella se dio cuenta con una agradable sorpresa de que nadie le daba órdenes, de que no se utilizaba el látigo y de que se la trataba de un modo amable y cordial. Bakhita conoció en casa del cónsul la serenidad, el afecto y hasta momentos de gozo, aunque siempre mitigados por la ausencia de su familia, que ya había perdido para siempre y que ella recordaba con nostalgia.

Los sucesos políticos obligaron al cónsul a marchar a Italia. Bakhita pidió marchar con él y con uno de sus amigos: Augusto Michieli. En esta nueva situación, Bakhita cambia de familia; por eso vivió Bakhita en el domicilio de Zianigo (en los alrededores de Mirano Veneto) y, cuando les nació a los Michieli su hija Mimmina, Bakhita se vio constituida en su niñera, compañera y amiga.

La señora Michieli tuvo que abandonar temporalmente el domicilio, viéndose obligada a acompañar a su marido que andaba en negocios por el Mar Rojo. Durante este tiempo, por consejo del administrador, Iluminado Checchini, Minmina y Bakhita fueron confiadas a las Hermanas Canosianas del Instituto de los Catecúmenos de Venise. Aquí será donde Bakhita llegó a conocer a ese Dios que «desde su infancia ella sentía dentro de su corazón sin saber que existía». La exposición del estado de su alma –como un tratado de teología– lo supo expresar con estos términos: «Viendo el sol, la luna y las estrellas, yo me decía a mí misma: ¿Quién es entonces el Amo de estas cosas tan bellas? Y yo tenía un grandísimo deseo de verle, de conocerle y de rendirle mis respetos».

Después de varios meses de catecumenado, Bakhita recibió el Bautismo, recibiendo el nombre de Josefina, el 9 de enero de 1890. Ese día no sabía cómo expresar su alegría. Sus grandes ojos expresivos brillaban revelando una intensa conmoción. Se la vio besar con frecuencia la fuente bautismal al tiempo que decía: «Aquí he sido hecha hija de Dios».

Cuando la señora Michiele regresó de África y quiso retomar a su hijita y a Bakhita, ésta, con un espíritu de decisión y con una fuerza insólita, manifestó su voluntad de permanecer con las Madres Canosianas y de servir al Dios que le había dado tantas pruebas de su amor. La joven africana, siendo ya mayor de edad, gozaba de la libertad de acción que la ley italiana le garantizaba. Permanecerá en el noviciado, donde se hizo más clara para ella la llamada a la vida religiosa, y decidió entregarse totalmente al Señor en el Instituto de Santa Magdalena de Canosa. El 8 de diciembre de 1896, Josefina Bakhita se consagró totalmente a su Dios que ella llamaba con la expresión dulce y familiar de «Mi Patrón o mi Amo».

Durante más de cincuenta años, esta humilde Hija de la Caridad, verdadero testimonio del amor de Dios, vivió dándose a las diversas ocupaciones de la casa de Schio: fue cocinera, costurera, bordadora y portera. Cuando desempeñaba este último oficio, sus manos se ponían con dulzura sobre la cabeza de los pequeños que iban cada día al colegio del Instituto. Su voz amable, que recordaba las canciones de cuna y los cantos de su tierra natal, se hacía agradable para los pequeños, reconfortante para los pobres y para los que sufrían, animosa para todos los que se acercaban a las puertas del Instituto. Su humildad, su sencillez y su permanente sonrisa conquistaron el corazón de todos los vecinos de Schio. Las Hermanas la estimaron por su dulzura inalterable, por su bondad exquisita y por su profundo deseo de dar a conocer al Señor: «¡Sed buenos, amad al Señor, rezad por los que no le conocen. Considerad la gran gracia de conocer a Dios!».

Llegó la vejez, después la enfermedad larga y dolorosa, pero Madre Bakhita continuó dando testimonio de fe, de bondad y de esperanza cristiana. A quienes la visitaban y le preguntaba cómo se encontraba, ella solía responder: «Como quiere el Patrón». Cuando agonizaba revivió los días terribles de su esclavitud y con relativa frecuencia suplicaba a la enfermera que la asistía: «Aflojad un poco más las cadenas… me hacen daño».

Así fue como la Santísima Virgen María la liberó de todos sus sufrimientos. Sus últimas palabras fueron: « Nuestra Señora, Nuestra Señora», mientras que su última sonrisa testimoniaba su encuentro con la Madre del Señor.

El 8 de febrero de 1947 se murió. Una fila ininterrumpida de personas pasó durante tres días para despedirse de su cuerpo y ver una vez más a la querida madre negra.

La Divina Providencia que «cuida de las flores del campo y de los pájaros del cielo» ha guiado a esta mujer sudanesa por caminos misteriosos a través de innumerables sufrimientos hacia la libertad humana y a la de la fe hasta la consagración de su propia vida para la venida del Reino. Su canonización del día 1 de octubre del 2000 por el papa Juan Pablo II es todo un grito de esperanza para los horrores que sufre el mundo –ella fue mujer, fue africana y fue esclava–, remontados por la visión cristiana del sufrimiento en la película sobre su vida «Las dos maletas», dirigida por Paolo Damosso.