Domingo de la 4ª semana de Cuaresma. – 14/03/2010

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Comentario Pastoral
EL HIJO QUE NO ERA PRÓDIGO

Se abre la liturgia de este domingo “Laetare” con una invitación a la alegría pascual, aunque aún estemos a la mitad de la Cuaresma. Hoy se proclama una de las parábolas más entrañables y conocidas, la del hijo pródigo. La gran enseñanza del hijo pródigo es su retorno, verdadera catequesis de la conversión auténtica, que tiene los pasos siguientes: 1) darse cuenta de que hemos derrochado nuestra fortuna y vivimos perdidamente; 2) recapacitar y soñar la abundancia de la casa paterna; 3) examinarse para saber lo que hay que manifestar acusándose pecador; 4) ponerse en camino, cumplir la penitencia previa de desandar nuestros malos pasos; 5) confesarse diciendo: “Padre, he pecado…”.
¿Y qué decir del hijo mayor? ¿Por qué los cristianos no somos capaces de aceptar y comprender que Dios Padre tiene siempre sus brazos abiertos en un gesto inmenso de perdón? ¿Por qué no entendemos que en la casa del Padre hay sitio para todos, un puesto privilegiado para el hijo que vuelve ‘arrepentido? Corremos el peligro de ser “hijos mayores” que se queman en casa cuando vivimos en una fría honradez legalista, cuando nuestra conducta virtuosa se hace estrecha y nos separa de los otros, cuando reducimos la vida en la casa paterna a una cuestión de reglamento y de prohibiciones, cuando no salimos en busca de quien se ha ido. ¿Quién está más lejos de casa? ¿El insensato que la ha abandonado, pero que la recuerda, o el que se ha quedado en ella sin amor?

Andrés Pardo


Para orar con la liturgia
Tú. Dios de bondad y misericordia, ofreces siempre tu perdón
e invitas a los pecadores a recurrir confiadamente a tu clemencia.
Muchas veces los hombres hemos quebrantado tu alianza;
pero tú, en vez de abandonamos has sellado de nuevo con la familia humana,
por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor,
un pacto tan sólido, que ya nada lo podrá romper.
Y ahora, mientras ofreces a tu pueblo un tiempo de gracia y reconciliación,
lo alientas en Cristo para que vuelva a ti,
obedeciendo más plenamente al Espíritu Santo,
y se entregue al servicio de todos los hombres.


Prefacio Reconciliación I


Palabra de Dios:

Josué 5, 9a. 10-12

Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7

Corintios 5, 17-21

San Lucas 15, 1-3. 11-32

Comprender la Palabra

El aspecto Penitencial de la Cuaresma aparece con todo su relieve en el ciclo C, en las Lecturas Bíblicas. Penitencia significa cambio de manera de pensar, de conducirse. Es pasar, salir, de una situación – pecaminosa – a una nueva situación. La Penitencia (conversión) así entendida, es Pascua. El Apóstol nos lo dice brevemente: “El que es de Cristo es creatura nueva; lo viejo ha pasado, lo nuevo ha comenzado” (2º Lectura).

La Penitencia (conversión) efectivamente es un proceso, a veces largo. Así lo vemos en a Parábola del Evangelio. El hijo menor, desengañado, pesaroso (le pesa…) decide desandar el camino de su perdición y volver sobre sus pasos a la Casa del Padre. Confiesa su culpa (”He pecado contra el cielo y contra ti”); desea reparar el daño, satisfacer por sus culpas (la satisfacción penitencial): “Trátame como a uno de tus jornaleros”. El abrazo y los besos del Padre son signos eficaces de la reconciliación y el perdón; son la absolución . Esta tiene efectos retroactivos: el arrepentimiento o contrición, que conlleva el perdón, dimana de la Absolución Sacramental, que en su momento reciba el penitente. El perdón de Dios, no sólo quita el pecado; justifica – hace justo – al penitente, lo transforma (”pronto – dice el Padre – traed el mejor traje y vestidlo”; “ somos revestidos de Cristo”). La Parábola, que estamos comentando, es una velada alusión al Sacramento de la Penitencia, Sacramento Cuaresmal y Pascual. Y lo mismo, observamos en el párrafo de la Carta del Apóstol (2ª Lectura).

Cristo, Juez Salvador, Ministro Invisible, se hace presente sacramentalmente en los sacerdotes, ministros visibles, que actúan en Persona de Cristo, desatando, absolviendo. También Cristo se hace presente en los actos sacramentales del penitente: contrición, confesión y satisfacción. “Dios le hizo (a Jesucristo) expiar nuestros pecados cargando en el peso del pecado del mundo (Pasión) para quitarlo (Resurrección), para que nosotros unidos a Él, recibiéramos la salvación de Dios”. Los actos sacramentales del penitente, en su finalidad la absolución sacramental.

Pero el proceso penitencial concluye con el Sacramento de la Eucaristía, evoca en el Banquete con que termina la Parábola. En la Eucaristía, Banquete Pascual por excelencia, “son encontrados los perdidos y los que han muerto son revividos”. También la Cena Pascual Judaíca, celebrada en Guilgal, dentro de la Tierra Prometida, liberados los comensales del “oprobio de Egipto”, era la Cena Pascual Cristiana, en la Solemne Vigilia Pascual.

Avelino Cayón


sugerencias litúrgicas

San José, esposo de la Virgen María


La celebración de San José se enmarca en el cuadro del tiempo cuaresmal y nos ayuda a descubrir el significado del misterio del plan salvífico de Dios. Dios promete al rey David que le dará un reinado perpetuo y su casa o trono durará por siempre. José, hombre justo, silencioso y disponible a los planes de Dios, es el eslabón que une a la casa de David. José, como otro Abrahám, confía plenamente en Dios y nos da un ejemplo de fe y esperanza radiante.



al ritmo de la semana


San José, esposo de la Virgen María – 19 marzo

San José es “el hombre justo” que Dios dio por esposo a la Virgen Madre, “el servidor fiel y prudente que puso al frente de su familia, para que, haciendo las veces de padre cuidara a su único Hijo, concebido por obra del Espíritu Santo, Jesucristo nuestro Señor” (Prefacio). El esposo de María es guía seguro y amoroso, defensa y sostén en la pobreza del trabajo cotidiano (carpintero) y en la tormenta de la persecución (huida a Egipto). No se conserva ninguna palabra de San José, pero se dice de él que fue dócil a la voz de Dios: su silencio que acata la voluntad de Dios es más elocuente que muchas palabras. Su obediencia es extraordinaria, inspirada en una gran fe para admitir el prodigio de]a virginidad de su esposa y madre a la vez, extraño y contrario a cualquier expectativa mesiánica de su tiempo. El Mesías será hijo de David porque José, desciende de David, del linaje de Abrahán, padre de los creyentes, había tomado como esposa, cumpliendo fielmente la ley, a una joven de linaje. José, el hombre justo y bueno, descubre el misterio de la presencia y de la acción de Dios en su esposa, y sabe situarse ante él, primero con el gesto de retirarse y luego obedeciéndole en la misión que se le confía. José fue guardián de Cristo y de su madre virgen, los dones más grandes que Dios podía confiar a un hombre. “Señor, protege sin cesar a esta familia tuya…y conserva en ella los dones que con tanta bondad le concedes”.


J. L. O.

Para la Semana

Lunes 3:


Isaías 65,17-21. Ya no se oirán gemidos ni llantos.

Juan 4,43-54. Anda, tu hijo está curado.

Martes 3:

Ezequiel 47,1-9.12. El agua recorre el templo y desemboca en el mar saneándolo.

Juan 5,1-3.5-16. El agua que sana de la piscina de Betesda. Cristo cura al enfermo en sábado.

Miércoles 3:
San Patricio

Isaías 49,8-15. He constituido alianza Con el pueblo para restaurar el país.

Juan 5,17-30. Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere.

Jueves 3:

San Cirilo de Jerusalén

Éxodo 32,7-14. Arrepiéntete de la amenaza contra el pueblo.

Juan 5,3 1-47. Hay uno que os acusa: Moisés en quien tenéis vuestra esperanza.

Viernes 3:
San José, esposo de la Virgen María.

2 Samuel 7,4-5a.12-14a. El Señor Dios le dará el trono a David su padre.

Romanos 4,13-16-18.22. José hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.

Mateo 1,16.18-21,24a. José hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.

o Lucas 2,41-51a. Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.


Sábado 3:

Jeremías 11,18-20. Yo era corno un cordero manso llevado al matadero.

Juan 7,40-53. ¿Es que de Galilea va a venir el Mesías?



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