DE LA RESURRECCIÓN TE OIREMOS HABLAR EN OTRA OCASIÓN

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La predicación paulina suele ser a judíos. Esta vez, no. Confluyen acá dos sabidurías, en las que él se ha formado con primor: la helenística y la judeocristiana. Los estudiosos de san Pablo insisten de más en más en su formación retórica griega. En el discurso en el Areópago de Atenas, lugar primordial de cultura y de juicio, Pablo se dirige sobre todo a un público griego muy tocado por el estoicismo; monoteístas en un ambiente popular extremadamente politeísta. Vuestra religiosidad puede llevaros al Dios que os anuncio, el cual no está lejos de quienes entre sombras e imágenes buscan al Dios desconocido, como dirá el Concilio Vaticano II (LG 16). Para los estoicos, Dios no habita en un templo construido por manos humanas. Por eso, ante su público ateniense, Pablo pone el centro de su predicación en el Dios único, personal y espiritual. Apoya su discurso en otros dos principios de la filosofía estoica: Dios no necesita de nada y la unidad de la raza humana. Dios lo ha hecho así para que todos en conjunto buscaran a Dios, de modo que, aunque fuere a tientas, lo encuentren. Para mostrar que no está lejos de cada uno de nosotros, pues formamos unidad de raza, utiliza una cita libre, o al menos eco de un conocido poeta, Epiménides (s. VI a. C.): pues en él vivimos, nos movemos y existimos; insistiendo en lo que dicen igualmente otros de sus poetas, Arato y Cleantes de Asos (s. III a. C.): pues, también, descendientes suyos. Somos raza divina, continúa Pablo, por eso no hemos de caer en la idolatría, como aparece en tantos altares y estatuas que pueblan el Areópago, puros productos construidos por el arte y la fantasía (Manuel Iglesias).

Y ahora es cuando aparece el hiato en el discurso de Pablo: Dios ha pasado por alto las épocas de ignorancia, mas ahora manda a todos que se arrepientan; un todos que contiene el en todas partes, pues el suyo es discurso que tiene lugar en el centro mismo del espacio cultural del mundo entero, el Areópago ateniense de los filósofos y de los constructores del universalismo. Dios ha señalado ahora el momento del arrepentimiento de todos, pues ha mostrado el día en que va a juzgar al orbe con justicia. Porque ese ahora en el que estamos nos viene dado por la venida de un hombre, al que Dios, como prueba fidedigna, ha resucitado de los muertos.

Hasta aquí todo ha ido de perlas. Los areopagitas estarían dispuestos incluso a vivir ese ahora, pero en cuanto oyeron la palabra resurrección, lo tomaron todo a chufla y se acabó la buena acogida al nuevo predicador. Unos rieron, otros le espetaron: te escucharemos de esto otra vez. Asombroso fracaso de Pablo, aunque se nos anuncia que Dionisio, Dámaris y algunos con ellos se le juntaron y abrazaron la fe.

Asombra la capacidad retórica de Pablo, la fuerza con la que construye su predicación en el epicentro mismo de la cultura filosófica de entonces. Echa mano de sus filósofos y de sus poetas y, lo que es aún más importante, utiliza con increíble agilidad su palabra para llegar a hablar del resucitado. Lo ha realizado en medios judíos; hoy vemos cómo lo hace también en medios griegos. Con cada uno utiliza sus armas de pensamiento, aprovechando todo lo que tienen de universal y de referencia al Dios único y verdadero. Ejemplo a seguir.

Mas la piedra de toque definitiva es la resurrección.

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