Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador (1902-1975)

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Santos: Pelayo, niño, Superio, mártires; Salvio, obispo y mártir; José María Robles Hurtado, sacerdote y mártir; Juan y Pablo, hermanos mártires; Antelmo, Hermogio, Virgilio, Rodolfo, Constantino, Marciano, obispos; Majencio, presbítero; Perseveranda, virgen; David, eremita; Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador, beato.

Nacido en Barbastro (Huesca) en 1902. Murió en Roma el 26 de junio de 1975. Hijo de José y de Dolores, que se habían casado en 1898 y que tuvieron seis hijos. En 1904 cayó gravemente enfermo y los médicos lo desahuciaron; su madre hizo la promesa –frecuente en las familias profundamente cristianas– de llevarlo en peregrinación a Nuestra Señora de Torreciudad donde se hallaba una ermita –accesible solo a pie o a lomos de mula– y se veneraba la talla de la Virgen del siglo XI, para que lo salvara.

Estudió el bachillerato en Barbastro. A los dieciséis años (9 de enero de 1918), las huellas de un pie en la nieve que había dejado un madrugador carmelita descalzo, le hicieron ver que él tenía que hacer «algo» por Dios. Más tarde llamará «barruntos» a estos pensamientos persistentes. Dios pedía algo y él no sabía qué era. Rezó por años pidiendo luz. Decidió hacerse sacerdote diocesano para estar con plena disponibilidad al querer divino solo intuido. Alternó los estudios de Derecho en la Universidad de Zaragoza con los de Filosofía y Teología en el seminario. Se ordenó sacerdote el 28 de marzo de 1925.

El 2 de octubre de 1928 fundó, por inspiración divina, en Madrid, el Opus Dei, que abre un nuevo camino de santificación en medio del mundo a través del trabajo profesional en el cumplimiento heroico de los deberes personales, familiares y sociales.

Se puso a trabajar con la clara intención de poner en marcha aquel proyecto del cielo consistente en mostrar a los cristianos de a pie, de la calle, que todos están llamados a la santidad; que no importa la situación económica, ni la edad, ni el trabajo, ni la situación familiar, política o social. Allí donde estaba un cristiano, debía gestarse el santo. Valía para hombres y mujeres, solteros, casados, viudos y sacerdotes. ¡Qué más da! Y eso había que hacerlo siendo uno mismo santo; no era solo un mensaje, era una llamada a vivir santamente y a transmitir con la vida propia la vocación universal a la santidad.

La misión encomendada era colosal, solo limitada por la misma extensión del mundo y por sus millones de habitantes. Aquello solo era posible con una profunda vida interior; hacía falta mucha oración y abundante mortificación, con la compañía de los más poderosos de la tierra: los enfermos de Madrid que pudieron gozar de su ministerio sacerdotal tanto en sus casas como en los hospitales, sin excluir los de incurables e infecciosos.

Como empezó a unírsele gente de toda clase y condición, fue viéndose necesario darle una estructura jurídica a aquel pequeño pero prometedor número de católicos convencidos de su vocación a transmitir a sus contemporáneos que Dios los quería santos «de altar» en medio de las ocupaciones normales y a través del trabajo profesional. No lo tuvo fácil. El desarrollo de la labor que Dios quería que hiciera no tenía camino jurídico dentro del organismo de la Iglesia. Era un proyecto universal eminentemente laical, y hasta entonces el derecho eclesiástico se limitaba en lo universal a la regulación de las familias clericales o de religiosos; sin embargo, la misión que Dios le encomendaba era la de promover entre la gente normal –la que vive en medio del mundo y en la calle– la conciencia viva y práctica de estar llamados a la santidad por el hecho de ser bautizados, y, como consecuencia, comprometidos a publicar a todos sus hermanos en la fe que no solo era posible sino necesario pelear en el sitio propio de cada uno por la fidelidad al Evangelio; una verdad que, a pesar de ser tan vieja como el cristianismo, estaba oscurecida en la vida práctica del fiel y en la teórica de muchos eclesiásticos, porque el ejercicio heroico de las virtudes –todas– era considerado como algo elitista, propio y exclusivo de los religiosos y, si acaso, de algún clérigo.

Desarrolló una prodigiosa actividad –por más de cuarenta años– en medio de numerosas dificultades de todo tipo, donde no faltaron incomprensiones y calumnias; sufrió el recelo de personas –principalmente entre los eclesiásticos no habituados a ese modo claro, exigente y recto– que lo juzgaron muchas veces como malintencionado y en busca de inconfesables fines; sí, las celotipias de algunos religiosos conceptuaron poco menos que herética aquella novedad –después proclamada con solemnidad por la Iglesia como algo perteneciente al genuino ser cristiano–, o vieron en el dinamismo contagioso del Padre y de quienes le seguían unos rivales o competidores que venían a quitarles la clientela.Su enamoramiento de Jesucristo en la Eucaristía, la filial devoción a la Virgen santísima y a san José, y la complicidad de los Ángeles hicieron posible que llevara con fe, alegría y buen humor esta «persecución de los buenos», como él la llamó. Su amor incondicional a la Iglesia le fortaleció en formidable fidelidad frente a los errores, y, en los últimos años de su vida, le hizo llorar como un niño por los males de quienes la maltrataban.

Hoy día, el Opus Dei es una Prelatura Personal; consta de un prelado que, asistido por su presbiterio, pastorea a decenas de miles de fieles repartidos por los cinco continentes. Los hombres y mujeres de la Prelatura son de toda clase y condición; se esfuerzan para ser coherentes con la fe católica en las circunstancias personales en que cada uno está; el inalienable deber apostólico lo lleva a cabo cada uno a la práctica en su entorno, y la vinculación con la Prelatura se asienta, por parte del fiel, en el compromiso de vivir las virtudes cristianas según el carismático espíritu laical, y, por parte de la Prelatura, de prestar a sus fieles la atención espiritual personal y colectiva necesarias, con metodología peculiar, para cumplir sus fines sobrenaturales, siempre en perfecta comunión con la Jerarquía.

La Prelatura del Opus Dei está extendida por los cinco continentes y cientos de miles de fieles acuden a la intercesión del beato Josemaría, que dejó –además de sus libros La Abadesa de las Huelgas (estudio histórico-jurídico), Camino, Surco, Forja, Amigos de Dios, Es Cristo que pasa y numerosas Cartas– un millar de hijos suyos sacerdotes a su muerte, y… ¿sabes?, le gustaba bendecir las guitarras de los jóvenes.