Amado, abad (565-630)

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Santos: Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la Iglesia; Felipe, Macrobio, Julián, Ligorio, mártires; Maurilio, Eulogio, obispos; Amado, abad; Israel y Teobaldo Santos, canónigos; Beato Amadeo, monje y abad; Venerio, eremita.

No mucho hay que contar de la vida de este hombre que, tal como nos ha llegado, está plena de leyendas. De la antigua Vita, maraña de enredadas fábulas, se entresacan datos de los que puede el hagiógrafo sacar el perfil de su existencia.

Se refiere que nació Amado en los alrededores de Grenoble, en torno al año 565, en una familia galo-romana. Joven aún, cuando apenas había cumplido los dieciséis años, ingresó en el monasterio de Agauno (St. Moritz) donde se formó como monje, se ordenó sacerdote y pasó treinta años en escrupulosa observancia religiosa. Cualquiera que lo conociera pensaría que habría de terminar sus días como monje ejemplar dentro de los muros del monasterio; pero no fue así. Vivió al amparo del claustro hasta que se escapó para lanzarse a vivir en el monte con el deseo de estar lo más solitario posible, dedicado –en la más alta contemplación– a la penitencia y a la oración. Los detalles del modo de salir del monasterio y de vivir en austeridad están muy llenos de añadiduras y adornos ejemplarizantes, muy propios de las narraciones de las Vitas, poco verosímiles, y más empeñados en resaltar la eminencia de sus virtudes que en referir hechos verídicos.

De todos modos, la manera de vivir como eremita solitario debió de impresionar bastante a sus contemporáneos y llamar mucho la atención porque los monjes de Agauno tomaron muy en serio proporcionarle los medios imprescindibles para vivir, una vez que localizaron su cueva ubicada entre las peñas. Como había sido monje durante un período tan largo y había dado más que pruebas y señales de su santidad, no quisieron correr el riesgo de que este irreprochable monje muriera por falta de agua o alimentos y se comprometieron a llevarle una vez por semana legumbres y agua.

La fama de santidad que por aquellos contornos se corría era tal que le nombraron abad del recién construido monasterio de Remiremont que gobernó por espacio de quince años, en la etapa final de su vida, dedicándose a organizar la vida monástica que arraigó profundamente en torno a su figura, a dirigir espiritualmente a sus monjes y a otro monasterio de mujeres que desearon vivir del mismo modo que lo hacían los varones bajo su cayado abacial. El que fuera visitado por san Eustaquio, abad de Luxeuil, cuando se dirigía a Roma en el 614, que se admirara de su santidad y sabiduría y que fuera él quien le animara a lanzarse al mundo de Austrasia para predicar con gran éxito, provocando conversiones en las masas de sus oyentes, entra dentro de lo verosímil. Se cuenta que, como consecuencia de una de esas pláticas, el opulento Romarico se sintió llamado a abandonar su vida placentera, a abrazar la vida monástica y a fundar en sus dominios de Remiremont el monasterio del que fue nombrado abad Amado; y también que, una vez asentado el buen gobierno, quedara al frente Romarico, mientras que el primer abad volviera a sus andadas de retirarse a la soledad del campo, donde terminó sus días allá por el año 630, dejando una estela de santidad ejemplar tan extendida que en el siglo ix se le incluyó en el Martirologio Romano.

Que el autor del relato de su vida cuente su permanente y continuado ayuno diario y que no comía en cuaresma, me conmueve por la imposibilidad personal de imitarlo. Puede parecer verosímil el relato de que uno de los días en que el buen monje Berino le llevaba desde el monasterio de Agauno frugalidades para la semana y un colmado jarro de agua, el demonio se enfureciese, rompiera el tiesto del agua y se precipitaran al vacío las verduras que le hubieran servido de alimento, porque uno sabe cómo se las gasta el de los cuernos cuando se enfada. Que Amado se dedicara desde el día del susto a plantar un poco de tierra con cebada de cuyo fruto se alimentaría en adelante para evitar semejantes sobresaltos a los pobres monjes, me parece honesto. Que hiciera brotar agua de la roca golpeándola con su bastón, me sabe a mosaico. Que fuera salvado milagrosamente de una piedra desprendida del monte que parecía intentar aplastarlo junto con su cabaña, me sugiere un simple hecho de providencia ordinaria que no necesita el recurso al necesario milagro para justificar que aquel desprendimiento natural haya de ser irrefutablemente atribuido al odio diabólico. Y de lo que no estoy totalmente convencido de que merezca ser propuesto como modelo de virtud es el hecho de que Amado solo se lavara dos veces por año, justo para celebrar las fiestas de Navidad y Pascua, porque, además de para beber y regar, Dios hizo el agua para algo; pero ¡en fin!, aunque digan que Amado no invertía tiempo en la toilette, el caso es que reza como santo.

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