Subió Jesús a la montaña a orar

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Ef 2,19-22; Sal 18; Lu 6,12-19

Y cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos, y los nombró apóstoles. De varios, apenas si no conocemos más que el nombre. Luego, diversas tradiciones han ensanchado su actividad. Pero no es esta lo más importante, sino la necesidad que tuvo Jesús en fundar lo suyo en doce columnas, como las doce tribus de Israel, dándoles estructura de nuevo pueblo elegido. Todo se construirá en ellos y desde ellos, a cuya cabeza estará siempre el genial, intrépido, blando, negador y llorón Pedro. Porque ellos, su Iglesia, estará para siempre fundada sobre roca, y esa roca es Cristo, que da a sus seguidores estructura de pueblo y de cuerpo.

Por su medio, a toda la tierra alcanza su pregón. Por ellos, el cielo proclama la gloria de Dios, pues son ellos los que, primera y primariamente, van por el mundo entero proclamando el evangelio, la buena noticia de nuestra salvación, de que Dios está con nosotros y de que podemos llamar a Dios Padre nuestro. Son ellos los que hablan un lenguaje por todos comprensible. Entre ellos, como número trece, está Pablo, elegido por el mismo Jesús cuando se le aparece y le envía de misión. ¿No he hecho yo, por la gracia del Señor Jesús, más que todos los otros juntos? Misterio de la apostolicidad.

No es un arrebato de un momento, sino algo meditado en la altura de la montaña, orando a su Padre. Misterio de la apostolicidad que da estructura a su Iglesia. Carne de Iglesia que genera carne de salvación, mejor, carne salvada de sus pecados y a la que se le dona vida eterna.

Pueblo. Edificio. Cuerpo. Iglesia. Siempre edificada sobre el cimiento de los apóstoles y de los profetas, no sobre lo que a mí y a “los nuestros” se nos ocurra en un momento de delirio o de despertar de la siesta, quizá diciendo que nosotros de los apóstoles, no, pero sí somos esos profetas a los que Pablo hace referencia, y por eso nos encontramos con derechos a todo. No, la Iglesia de Cristo, no la nuestra y la de los míos. Como si yo y los míos pudiéramos decidir cuál, cómo y por dónde ha de ir esa Iglesia nuestra. No, la Iglesia de Cristo. La Iglesia de Dios.

Porque es Cristo, mediante la manera que ha tenido de construirla, quien hace que el edifico quede ensamblado y se vaya levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por eso, aunque sepamos tan poco de algunos de ellos, es esencial hablar de la apostolicidad de la Iglesia, pues mediante ella se estructura ese templo como templo suyo, y no como apéndice de nuestros gustos y deseos. Este principio tiene infinitas derivaciones. Yo no puedo hacer lo que hizo Pablo, empujado por el Señor en persona de carne resucitada, erigirme en apóstol. De manera metafórica sí, claro, con lo que ellos conlleva de realidad. Pero está muy determinado el papel de los apóstoles y el lugar que ocupan en la Iglesia. Y para nosotros es esencial la perpetuación de esa apostolicidad en personas de carne y hueso. Porque todo en la Iglesia es de carne y hueso. De ahí la esencial sacramentalidad de la carne.

Pues la apostolicidad en la Iglesia nos va integrando en la construcción para que seamos morada de Dios en la que habite el Espíritu. Y fuera de ella, lo que hagamos tiene mucho de puro desparrame a nuestro buen albur.

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