Domingo de la 4ª semana de Cuaresma. – 03/04/2011

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Comentario Pastoral
INTERROGANTES DESDE LA EXISTENCIA DEL MAL

Ante el mal, ante la muerte, la enfermedad, la radical deficiencia física, muchos hacen actual la pregunta de los discípulos a Cristo, que se lee en el evangelio de este cuarto domingo de Cuaresma: ¿,Quién pecó: éste o sus padres, para que naciera ciego?

Las desdichas e invalideces que sufren los hombres son un gran problema sobre el que se ha discutido mucho desde la ciencia y desde la religión. Cuando el hombre nace con taras físicas es difícil explicar el mal. Se dice que el mal es consecuencia del pecado y basta abrir los ojos para ver la prosperidad de muchos pecadores y la desgracia de personas realmente buenas. Además constatamos con frecuencia que los pecadores duermen con sueño beatífico, propio de los justos, mientras que los buenos y santos están a veces atormentados por el remordimiento y los escrúpulos. Es preciso reconocer que la razón humana se encuentra sin argumentos satisfactorios en este ámbito.

La hipótesis de que los hijos padecen el castigo de sus padres es antiguo testamentaria y tiene dificultades casi insalvables. ¿Por qué los hijos de los borrachos heredan una gran carga de miserias, mientras que el hijo del asesino está libre de ellas?

La explicación que da Cristo es la única válida: el mal y la tara de nacimiento solamente han sido autorizados por Dios para que se manifieste su gloria. El pecado del ciego de nacimiento es el de todos los hombres, el original; nacemos con limitaciones, somos ciegos.

Cristo pide al ciego que vaya a lavarse a la piscina de Siloé. Es toda una enseñanza sobre el bautismo, que exige una decisión personal. El ciego se lavó y vió; y comenzó su misión de atestiguar que ve, para consternación de quienes hacen los esfuerzos más cómicos y ridículos por negar la evidencia. Cuando adquiere la segunda y más profunda visión de la fe, entonces se produce verdaderamente el milagro.


Andrés Pardo



Palabra de Dios:

Samuel 16, lb. 6-7. 10-13a Sal 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6
san Pablo a los Efesios 5, 8-14 san Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

Comprender la Palabra

A lo largo de la Cuaresma, la lectura del Antiguo Testamento va señalando los grandes hitos de la historia de la salvación: Adán, Abrahán, Éxodo, David…

Era necesario buscar una solución al fracaso de la monarquía en la persona de Saúl. David supo llevar adelante la institución monárquica usando toda su prudencia y astucia. La unción real, que Samuel realiza sobre David como rey del pueblo de Dios, preludia el misterio del Ungido (Cristo) con el Espíritu de Yahvé. La historia de la salvación debe ser tomada en toda su seriedad como historia, que es humana, sujeta a debilidades, flaquezas y grandezas de lo humano; por otra parte, es un historia salvifica, es decir, una historia que dirige Dios, que es Señor de la historia, para llevar adelante su proyecto salvador. Se ungirá al que ha sido bautizado, para significar que su ser, vida y acción, será reflejo de Cristo.

El fragmento de la segunda lectura, tomada de la carta de san Pablo a los Efesios, tiene claros reflejos de homilía bautismal: eran tiniebla (paganismo), es hora de despertar, Cristo es nuestra luz y los cristianos somos en el mundo luz de Cristo. El apóstol proyecta la alegoría de la luz al campo de la moral concreta. La falta de limpieza se cubre con las tinieblas; la luz acusa, exige, purifica. La lectura subraya el combate al que han de estar preparados los creyentes, así como el tema de la vida nueva en Cristo. La respuesta al don gratuito es comprometerse en una vida coherente con la fe. Las actitudes de los creyentes en medio del mundo, han de ser la expresión visible de la luz, abarcando toda su vida.

El evangelio del Ciego de nacimiento a quien Cristo regaló la luz, se sitúa en este domingo central de la Cuaresma. Jesucristo es la Luz del mundo, por la fe y el bautismo el hombre es iluminado con su luz.

En la curación del Ciego de nacimiento se describe el proceso del hombre que pasa, espiritualmente de las tinieblas a la luz. El marco ambiental de esta escena es la fiesta de los tabernáculos: espléndidas iluminaciones en el Templo recordaban como Yahvé se hizo Luz para Israel guiándolo en su peregrinación por el desierto. Jesús, así mismo se declara Luz del mundo: el que le siga no caminará en tinieblas. En el evangelio de san Juan, la antítesis entre Luz y Tiniebla significa el contraste entre la Fe y la incredulidad. El ciego personifica el pueblo de los sencillos. Descubre a Jesús paso a paso; cumple sus indicaciones; aceptan su palabra ; lo confiesa y adora.

“Que los que no ven, vean, y los que ven, queden ciegos”. Es una expresión paradójica , al estilo oriental. “Los que ven” quiere decir, que los que en las cosas de Dios están seguros de saberlo ya todo con sus propios medios. Autosuficientes. No hay camino mejor para perder la fe que la soberbia de mente y de corazón. Por el contrario, “los que no ven” , los que tienen conciencia de su limitación, saben ir con paso humilde (en actitud bautismal), al agua de Siloé. Transparentes, se identifican con la luz que los iluminó un día y sigue iluminándoles : Cristo.

La meta de la fe es el reconocimiento de que el hombre llamado Jesús es el Señor (Dios volcándose en la salvación de los hombres). Jesús es el Señor de la historia y el que da sentido pleno al ser humano, abriéndole el camino de la transcendencia a partir de su humanidad.

Ángel Fontcuberta


al ritmo de la semana


Los ejercicios cuaresmales (II): la oración

Hablando de la Cuaresma de Jesús, dice el evangelio de san Marcos, que el Espíritu le empuje al desierto, y a continuación añade que permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás. Una Cuaresma inaugural de Jesús cargada de vida, de combate, de misterio, de esperanza.

El combate con la fuerza demoníaca es un elemento destacadísimo igualmente en los evangelios de Mateo y Lucas, los cuales llegan a explicar las tentaciones. En este contexto la oración de Jesús es la oración del combate. Así nos situamos en la palestra de la vida humana. La vida humana es combate: “¿no es una milicia lo que hace el hombre en la tierra…? (Jb 7,1).

El hombre religioso sabe que la victoria de esta lucha es la oración. Lucha y oración aparecen dramáticamente en el evangelio en el episodio del endemoniado epiléctico, al bajar del Monte de la Transfiguración. Cuando Jesús entró en casa, le preguntaron sus discípulos en privado: “¿por qué nosotros no pudimos expulsarle? Les dijo: esta clase con nada puede ser arrojada sino con la oración”.(Mc 9,28s).

La oración es la fuerza de los débiles, la única fuerza débiles que constitutivamente somos todos los humanos, de forma que la deserción de la oración es necesariamente nuestra derrota. Y la Cuaresma sacude nuestra alma, para que recapacitemos y tomemos la vida con la seriedad que reclama.

Hay otras formas de oración más calmadas y deleitosas. Y puede ser muy oportuno hacer este paréntesis sobre la oración, como ejercicio cuaresmal: la lectura de la Sagrada Escritura, la reflexión sosegada, el retiro, la búsqueda de un sitio de retiro como espacio para entrar dentro de sí mismo e imitar un poco el desierto de Jesús.



Ángel Fontcuberta

Para la Semana

Lunes 4:

Isaías 65,17-21. Ya no se oirán gemidos ni llan-tos.

Juan 4,43-54. Anda, tu hijo está curado.


Martes 5:

Ezequiel 47,1-9.12. El agua recorre el templo y desemboca en el mar, saneándolo.

Juan 5,1-3.5-16. Al momento aquel hombre quedó sano.

Miércoles 6:

Isaías 49,8-15. He constituido alianza con el pueblo para restaurar el país.

Juan 5,17,30. Lo mismo que el Padre resucita los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere.


Jueves 7:
San Juan Bautista de la Salle

Éxodo 32,7-14, Arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo.

Juan 5,31-47. Hay uno que os acusa: Moisés, en quién tenéis vuestra esperanza.

Viernes 8:

Sábado 2,1 a. 12-22. El impío maquina eliminar al justo porque sus palabras y acciones son incómodas.

Juan 7,1-2.10.25-30. Intentan agarrar a Jesús el justo, para matarlo, pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.


Sábado 9:

Jeremías 11, 18-20. Yo era como un cordero manso llevado al matadero.

Juan 7,40-53. ¿Es que de Galilea va a venir el



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