La zarza ardía sin consumirse

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Ex 3, 1-6.9-12; Sal 102; Mt 11,25-27

Pocos episodios del AT han sido tan comentados como este, pues la zarza ardiendo sin consumirse es señal de la presencia de Dios. Está en el monte Horeb, el monte de Dios, a donde ha llegado pastoreando. Espectáculo admirable, se dice Moisés, me acercaré a él. Mas el Señor está ahí en la presencia de la zarza que arde sin disiparse. Le llama. Aquí estoy, expresión con la que inaugura la respuesta de los profetas a la llamada de Dios. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. No, no te acerques, descálzate que estás en terreno sagrado y tus sandalias no puede hollarlo. El Señor se presenta a su siervo: soy el Dios de tus padres, a los que cita por su nombre. Moisés se tapa la cara, temeroso de ver a Dios. A Dios no se le puede ver sin morir. Su resplandor es demasiado para nosotros, nos quemaría como fuego devorador. ¿Qué hace ahí la inaudita presencia de Dios en la zarza ardiente que no se consume? Le va a enviar a los suyos, pues el clamor de los israelitas ante la tiranía del Faraón, le dice, ha llegado hasta mí. Sacarás a mi pueblo de esa situación tormentosa. ¿Quién soy yo, Señor, para realizar un acto así? ¿De dónde sacará la maña y la fuerza, con qué autoridad lo haré, como me presento a ellos?, ¿por qué habrían de aceptarme como su guía? La respuesta del Dios de la zarza ardiente es rotunda: Yo estoy contigo. Nada tienes que temer. Y para convencerle de su designio, de que es él quien le envía le anuncia una señal. Señal de envío asombrosa, incomprensible, que parece todo menos una verdadera señal. Cuando saques al pueblo de la esclavitud de Egipto, daréis culto a Dios en esta montaña. La señal, pues, es todo lo que va a contecer entre Moisés y su pueblo, al que él conducirá por el desierto hasta el lugar de la presencia de Dios en la zarza ardiendo que no se consume.

Porque el Señor es compasivo y misericordioso con su pueblo; por esto, también con nosotros. Bendeciremos su nombre en el monte santo, y él nos perdonará todas nuestras culpas, incluso las que todavía no hemos tenido tiempo de cometer. Moisés nos mostrará cuáles son los caminos que el Señor nos señala. Caminos para su pueblo, que se ha de rebelar tantas veces todavía como mulo ciego; caminos para nosotros que aún nos hemos de rebelar como nuestros padres. Porque los caminos del Señor son parsimoniosos, pero seguros. Caminos que cuentan con nuestra fe. La fe de los pequeñuelos. La fe de los sencillos. La fe de quienes nada tienen como no sea el estar abiertos a la presencia de Dios en la zarza ardiendo, signo del mismo Cristo en nuestras vidas. Signo de amor. Amor ardiente. Amor que sobrepasa todas nuestras expectativas, pero que es un amor robusto y exigente. Un amor que permite que la presencia de la zarza termine en la violencia de la cruz. Pues el amor al que se refiere todo el episodio, el acontecimiento de nuestra vida, un amor que se hace presencia en la zarza, no es un amor, ciertamente, de padre furibundo, rígido y funesto, como tantas veces hemos creído que era, pero tampoco, quizá incluso menos, el amor dulzarrón de una madre tontaina que hace su papel falsoso en un programa de esa televisión que rezuma encuentros con lamentos y alegrías que dependen del sobre que hayan recibido.

 

 

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