Esto quiere Dios de vosotros: una vida sagrada

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

1Tes 4,1-8; Sal 96; Mt 25,1-13

Conforme nos vamos alejando de las campas de Cuatro Vientos lo vivido allá se hace memoria. No recuerdos de fotos o de actividad de las neuronas, sino evocación en nuestra carne. Porque somos carne enmemoriada, es decir, que se amasa con la memoria, de manera que esta sobrevive en nosotros formando la estructura misma de lo que somos. Somos seres de memoria, porque esta constituye los entresijos mismos de nuestro ser. Haced esto en memoria mía. Son las palabras de Jesús tras la bendición del pan y del vino en la celebración eucarística del Jueves Santo. Palabras que se hacen realidad en nosotros al participar de la sangre y el agua que salieron del costado de Cristo muerto en la cruz. Vivimos de esa memoria. No como quien recuerda un espectáculo teatral al que ha asistido, sino como quien vive de esa realidad. La memoria de lo que hace Jesús por nosotros, viniendo desde el Padre. El evangelio de san Juan no necesita retransmitir lo que ya sabían sus lectores, y nosotros con ellos, reescribiendo el acto central de la Cena, sino que en su lugar pone el ‘esto’ de su memoria. Y ¿cuál es ese ‘esto’? El lavatorio de los pies, la realidad del servicio a los hermanos, la entrega de la vida. Nuestra memoria, pues, no es un mero recuerdo que se va alejando de nosotros conforme pasa el tiempo y el espectáculo se nos va debilitando, sino aquello que configura en nosotros, en nuestra vida, en nuestra palabra, en nuestra acción, la memoria de Cristo. Somos memoria del Señor. Nuestra vida es la suya. Nuestros caminos son los suyos. Nuestras acciones son las suyas. Nuestra palabra es la suya. Somos icono de su realidad. Hasta hacer que nuestra oración sea la suya.

¿Cómo lo conseguiremos, pues somos carne de pura fragilidad? Es verdad, eso somos, pero dentro de nosotros, en vasijas de barro, se esconde un tesoro: el Espíritu de Cristo, Espíritu Santo, Espíritu del Padre. No será, pues, estirándonos de las orejas como conseguiremos ser memoria de Cristo, sino dejando que, por la gracia, el Espíritu tome posesión de nosotros como su casa, mejor, como su templo santo, de modo que, dependiendo todo lo nuestro de él, todo penda de nosotros, pues nosotros somos los sarmientos en los que cuelgan los racimos de la vida y las olivas con las que se hace el aceite con el que llenaremos las alcuzas de nuestra espera. Nada es nuestro, pero todo pende de nuestra atención. No seamos como las vírgenes imprudentes que no supieron esperar. Porque quien es memoria de Cristo, vive en esperanza.

La oración de las ofrendas nos aclara las cosas. Le pedimos al Padre Dios que al recordar las maravillas que el amor de tu Hijo realizó en nosotros, nos reafirmemos en el amor a ti y al prójimo. Porque es él, por medio de su Hijo, quien realiza esas maravillas en nosotros, de modo que quedemos firmes en el amor. Las realizó últimamente en la carnalidad excelsa, sacramental, de las campas de Cuatro Vientos, en la celebración asombrosa que allá se nos regaló, momento en el que, quizá, escuchaste el Sígueme de Jesús, y tu le dijiste: te seguiré, Señor, a donde me lleves, mas ahora, conforme pasan los días, le pedimos que aquello se haga memoria en nuestra carne, realidad en nuestra vida, en nuestra palabra, en nuestra oración; que no olvidemos tu gracia, que la fragilidad de nuestra vasija no deje escapar el tesoro que llevamos dentro.

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