María Ana Mogas Fontcuberta, fundadora (1827-1886)

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Santos: Bruno, fundador; Sagar, Barto, Balduino, Probo, Renato, Román, Térico, Artaldo, Apolinar, Fraterno, Magno, Adalberón, obispos; Godofredo, Pardulfo, abades; Alberta, Erotis, Marcelo, Casto, Emilio, Saturnino, mártires; Epifania, virgen; Nicetas, monje. Beatas María Francisca de las Cinco Llagas, virgen, y María Ana Mogas Fontcuberta, virgen y fundadora; Diego Luis de San Vitores, mártir (beato).

María Ana Mogas y Fontcuberta nació en Corró de Vall (Barcelona) el 13 de enero de 1827.

Fue la fundadora de la Congregación de Religiosas Misioneras de la Madre del Divino Pastor, dedicada a la formación de las niñas, preferentemente pobres, y a la atención de los enfermos, en Ripoll (Gerona), en el año 1850.

En el diario L’Observatore Romano del 11 de octubre de 1996 se recoge la homilía del papa pronunciada en la Misa de su beatificación; de ella entresacamos unos párrafos que bien merecen ser insertados en la hagiografía, como resumen de la obra de María Ana Mogas y de su fidelidad al Señor:

«En Jesucristo, roca de salvación, se reconstruye la ‘viña del Señor de los ejércitos’.

Plantel preferido del Señor, amadísimos hermanos y hermanas, fueron aquellos a quienes hoy tengo la alegría de proclamar beatos.

Se trata de personas que dieron testimonio de fidelidad inquebrantable al Señor de la viña. No lo defraudaron, sino que, habiendo permanecido unidos a Cristo, como los sarmientos a la vid, dieron frutos esperados de conversión y santidad.

La alegoría de la viña nos habla del amor entrañable de Dios por sus hijos. A este amor supo responder generosamente la M. María Ana Mogas Fontcuberta, y dar así abundantes frutos. Ella, renunciando a una posición social acomodada, forjó, junto al sagrario y a la cruz, su espiritualidad inspirada en el Corazón de Cristo y basada en la entrega a Dios y al prójimo con ‘amor y sacrificio’. Fiel al ideal franciscano, mostró su preferencia por los pobres, la capacidad de perdonar y olvidar las ingratitudes e injurias, así como la dedicación a la educación de la infancia, la atención a los enfermos y a los que padecen alguna carencia. De ese modo respondió a la llamada del Señor a trabajar en su viña, con un estilo tan auténtico, que ‘su santidad no impedía que fuera tan jovial’.

Este es el estilo que transmitió a sus hijas, las Franciscanas Misioneras de la Madre del Divino Pastor, expresado en su última exhortación: ‘Amaos unas a otras como yo os he amado, y sufríos como yo os he sufrido. Caridad verdadera. Amor y sacrificio’».

Murió el 3 de julio de 1886, en Fuencarral (Madrid), siendo beatificada por Juan Pablo II, el domingo 6 de octubre de 1996.

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