Vuestro Padre dará el Espíritu Santo a los que se lo piden

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Mal 3,13-20a; Sal 1; Lc 11,4-13

¿A ti?, ¿a mí?, ¿a todos? A quien se lo pida. Si ponemos nuestra confianza en el Señor, porque en la ponemos en ese pedir. Nos gozaremos en la palabra del Señor y la meditaremos día y noche. Daremos fruto cuando llegue el momento, como árbol plantado al borde de la acequia. Por ello se lo pediremos con insistencia. Afanosos. Es tan fácil obtenerlo. ¿Sacaremos algo por guardar sus mandamientos, es decir, su palabra? Porque le dijimos que sí cuando, mirándonos, pronuncio para nosotros el Sígueme. ¿Cómo podremos hacer que ese seguimiento no sea sino fogonazo de un momento, que al poco va perdiendo su relumbre, hasta que lo olvidemos por entero? Bueno, sí, en un momento de osadía se me recalentó el alma y creí tener ganas y fuerzas para seguirle, pero pasa el tiempo y comienzo a no tener ni fuerzas ni ganas. Es muy exigente. Me saca de mis casillas y me lleva a tomar decisiones que no sé si quiero para mí. Y de por vida. No, eso ya es demasiado. Insoportable. Fue el fulgor irresistible de un momento, pero que no ha tenido consecuencias reales en mi vida. Es tan difícil ese seguimiento. Para ir de cabeza al fracaso, ¿por qué comenzar? Dejémoslo en un momento de picazón, sin que vaya más allá.

¿Acontecerá lo propio en todo seguimiento en respuesta a la llamada del Señor que me dijo: Tú, sígueme? Si dependiera de mis fuerzas, claro que sí. Mejor no comenzar pues voy abocado al fracaso más rotundo. Pero ¿y si le pido al Señor una y otra vez, con lágrimas, viendo mi fragilidad tan espantosa, que me dé su Espíritu Santo? Ah, entonces las cosas comenzarán a ir por otros derroteros. Lo que era imposible por demás, quizá comience a hacerse posible. Si no fuera así, aunque todo depende del Señor, finalmente, no se daría los hermosos racimos de uva que penden de nosotros los sarmientos, y con los que el Señor vendimiará el vino escatológico del Reino de los cielos.

Así pues, la diferencia entre el fracaso más rotundo del seguimiento y la alegría desbordante del caminar junto a Jesús es el filo de una navaja muy afilada: la oración de petición para que el Padre nos envíe su Espíritu. Será por él cuando todo lo imposible se hará realidad en nosotros. La oración de adoración. San Bruno, el fundador de los Cartujos, nos lo puede enseñar.

Que nuestra carne se haga orante. Que pida para nosotros lo imposible de nosotros. Incluso en medio de nuestra más grande fragilidad, podemos pedir al Padre que nos envíe su Espíritu de fortaleza, de templanza, de acción. Que nos ofrezca sus siete dones. Que en nuestro interior ore gritando: Abba, Padre.

Si las cosas son así, cuando las cosas sean así, todo nos será posible, pues el Señor estará con nosotros, dándonos su palabra, su acción y su misma contemplación. Entonces seremos Marta y María al mismo tiempo. Entonces seguiremos a Jesús por el camino que nos lleve, aunque sea, como seguramente será, el de la cruz.

Cuando el Espíritu honre el nombre del Padre en nuestro interior, nos iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas. Y la paz. Y la misericordia. Y el deseo de Dios. Y la acción de las obras de misericordia. Y la extensión del tiempo entero de la vida.

Así pues, tú, continua, sígueme, que nunca te dejaré solo.

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