El Espíritu que nos conduce

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Se habla mucho sobre la guía del Espíritu Santo. A menudo esa expresión no queda claro qué significa y, también alguna vez, sirve para justificar la improvisación o la falta de previsión. Sin embargo, es un hecho que la Iglesia es conducida por el Espíritu Santo y no sólo genéricamente sino también en cada uno de sus miembros.

San Pablo, en la primera lectura de hoy, nos dice: “Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios”. Al leerla uno cae, en seguida, en la cuenta de que Jesús fue ungido por el Espíritu Santo cuando su bautismo en el Jordán. Después, señala el evangelista, impulsado por el Espíritu se fue al desierto donde ayunó y fue tentado.

Jesús no fue ungido en cuanto a su divinidad, pero sí en la carne. Y el Espíritu Santo condujo su vida hacia la cruz y posterior glorificación. Después Jesús nos entrega el Espíritu. Pues bien, hemos de dejarnos conducir por Él. Sólo de esa manera alcanzamos aquella plenitud de vida a la que estamos llamados. Nuestra humanidad alcanza la glorificación.

San Pablo, en la misma línea, señala que sin el Espíritu Santo nosotros no sabríamos rezar. El nos enseña a tratar a Dios como Padre. Es así porque por la gracia nos hace verdaderamente hijos de Dios. Cuando san Pablo señala que sin él es imposible llamar a Dios Padre indica que sin él no somos verdaderamente hijos y, por tanto, no hablaríamos con propiedad. Se cuenta de san Josemaría Escrivá que un día iba como abstraído repitiendo esta jaculatoria: “¡Abba, Padre!”. Llamar a Dios Padre, de una manera verdadera, es la vivencia del cristianismo.

Llegados a este punto nos preguntamos: ¿de qué manera vivo esa docilidad al Espíritu Santo? Sin duda una de las primeras cosas que hay que hacer es invocarlo. No podemos dejar de pedir que venga. Aunque no estemos en tiempo de Pascua y hayan pasado varios meses desde la celebración de Pentecostés, no podemos dejar de rezar diciendo: “Ven Espíritu Santo”. Ante una conversación difícil; cuando hay que corregir a alguien; si debemos hacer una elección importante; cuando no sabemos que decir a nuestros hijos; si necesitamos ser fuertes… tenemos esa gran ayuda que viene a nosotros y nos conduce.

La guía del Espíritu Santo no niega nuestra libertad, antes bien, la presupone. Porque, como indica el Apóstol, hay que dejarse conducir. A partir de ahí suceden cosas maravillosas que siempre están por encima de nuestras expectativas. Pero hay que dejarse conducir. Eso es inevitable.

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