Narciso, obispo de Jerusalén (s. II)

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Santos: Maximiliano, Donato, Colmán, Germán, Honorato, Valentín, Narciso, Etelnoto, Santiago, obispos; Decencio, Germán, Fidel, Jacinto, Quinto, Lucio, Feliciano, mártires; Eusebia, virgen y mártir; Eulalio, monje; Berlinda, Elfreda, Marvina, Ermelinda, Cenobio, confesores; Teuderio, abad; Sigeberto, rey.

La envidia es mala. Son temibles para los padres los ‘celos’ que muestran algunos pequeños cuando viene al hogar un nuevo hermano. Llenan la casa de disensiones y discordias las ‘pelusas’ de los niños ante el cuidado normal que los padres dan a sus otros hijos. Esta situación llega a ser, en ocasiones, extremadamente mortificante para los padres. Lo bueno del asunto es que de ordinario pasa pronto, basta con adquirir un mayor grado de madurez natural; lo malo del caso es no cuidar las pequeñas envidiejas y permitir que se asienten en el hombre adulto con el riesgo de que lleguen a tomar el cariz de pecado.

Narciso nació a finales del siglo i en Jerusalén y se formó en el cristianismo bebiendo en las mismas fuentes de la nueva religión. Debieron de ser sus catequistas aquellos que el mismo Salvador había formado o los que escucharon a los Apóstoles.

Era ya presbítero modelo con Valente o con el Obispo Dulciano. Fue consagrado obispo, trigésimo de la sede de Jerusalén, en el 180, cuando era de avanzada edad, pero con el ánimo y dinamismo de un joven. En el año 195 asiste y preside el concilio de Cesarea para unificar con Roma el día de la celebración de la Pascua.

Permitió Dios que le visitara la calumnia. Tres de sus clérigos –también de la segunda o tercera generación de cristianos– no pudieron resistir el ejemplo de su vida, ni sus reprensiones, ni su éxito. Se conjuraron para acusarle, sin que sepamos el contenido, de un crimen atroz. ¡Parece fábula que esto pueda pasar entre cristianos!

Viene el perdón del santo a sus envidiosos difamadores y toma la decisión de abandonar el gobierno de la grey, viendo con humildad en el acontecimiento la mano de Dios. Secretamente se retira a un lugar desconocido en donde permanece ocho años.

Dios, que tiene toda la eternidad para premiar o castigar, algunas veces lo hace también en esta vida, como en el presente caso. Uno de los maldicientes hace penitencia y confiesa en público su infamia. Regresa Narciso de su autodestierro y permanece ya acompañando a sus fieles hasta bien pasados los cien años. En este último tramo de vida le ayuda Alejandro, obispo de Flaviada en la Capadocia, que le sucede.

El vicio capital de la envidia presenta un cuadro de tristeza permanente ante la contemplación de los bienes materiales o morales que otros poseen. En lo moral, es pecado, porque la esencia o núcleo de la caridad es amar y, cuando se ama, hay alegría con la contemplación de los bienes del amado. Cuando hay envidia no hay amor, solo se da egoísmo, desorden, pecado.

El envidioso vive acongojado –casi sin vida– por el bien que advierte en el otro y que él anhela tener. En ocasiones extremas puede llegar a convertirse en una anomalía psíquica peligrosa ya que lleva a la ceguera y desesperación cuyas consecuencias van de la maledicencia al crimen, pasando por la calumnia y la traición: el envidioso se considera incapaz de alcanzar las cualidades ajenas; la estimación que los demás disfrutan es considerada como un robo del cariño que él merece; en la eficacia del trabajo ajeno, acompañado de éxito y merecidos triunfos, el envidioso ve intriga y apaño.

Ayer y hoy hubo y hay envidiosos. A los prójimos toca sufrir pacientemente las consecuencias, sin olvidar que la envidia fue la causa humana que llevó al Señor al Calvario.

¡Gracias, san Narciso, porque me das ejemplo de paciencia ante la cruz!

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