Abdías, profeta (Antiguo Testamento)

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Santos: Crispín, Cado, obispos; Máximo, presbítero y mártir; Fausto, Feliciano, Exuperio, Severino, Barlaán, Bajo (Baldo, Baldomero), Dionisio, Agapito, Azas, mártires; Teodomiro, Totón, abades; Patroclo, solitario; Ermemburga, abadesa; Abdías, profeta.

El libro de Abdías es el más corto de los libros proféticos. Aparte de las discusiones entre exegetas, parece que se sitúa la vida y escrito de Abdías en el siglo V antes de Cristo. Esta profecía se desarrolla en dos planos: el castigo de Edom y el triunfo de Israel en el «Día de Yahvé» que, como se sabe, es el día apocalíptico de la justicia de Dios. Ni qué decir tiene que los edomitas son los enemigos de Israel que han aprovechado la ruina de Jerusalén y han invadido la Judea meridional. Contra su soberbia, despotismo y engreimiento dirá el Todopoderoso: «Aunque te encumbres como un águila, y pongas tu nido en las estrellas, de allí te haré bajar… te cubrirá la vergüenza y serás cercenado para siempre». Todo el libro es un grito apasionado de venganza que exalta la justicia terrible y el poder de Yahvé.

Con todas las matizaciones precisas y, sin sacar de su contexto histórico este breve escrito veterotestamentario que está suficientemente cumplido no ya solo por la acción bélica, conquista y sometimiento de los edomitas en el año 312 a. C. por parte de los nabateos, sino por toda la ulterior profundización «del día de Yahvé» que se sitúa al final de los tiempos, podría hacer mucho bien a determinadas personas individuales, colectividades y naciones la lectura reposada de los 21 versos que contiene la inspiración de Abdías puesta por escrito para tomar el pulso a sus responsabilidades propias. Porque a la postre, guste o no, será Dios mismo quien «mida» a cada cual en «su Día» e importa mucho no encontrarse «falto de peso».

Como reclamaba justicia divina el ultraje que sufría Israel –el pueblo de Dios– en el tiempo de esta profecía, hoy siguen postulando la misma justicia cantidad innumerable de ultrajes cuyos responsables habrán de responder en el «Día de Yahvé». ¿No estarán llegando a los oídos de Dios los gritos de los millones de famélicos que hay en el mundo? ¿Y los de las víctimas de quienes promueven las guerras? ¿Y las quejas de los ignorantes? ¿Desoirá Dios el quejido mudo de los no-nacidos porque se les privó aberrantemente de su primer derecho con el aborto? ¿Tendrá sordera Dios para las protestas de los que soportan leyes inicuas? ¿Se habrá tapado los oídos para no escuchar la indecible algarabía que forman los lamentos de los parados, de los sin-techo, de los que contemplan el despilfarro irresponsable de otros?

Yahvé sigue hoy viendo a los prepotentes, a los que explotan, a los que impulsan al destierro, a los que hacen trata de blancas, a los orgullosos y a los soberbios, a los que calumnian, a los que causan el desprecio, a los que insultan y maldicen, a los que humillan, a los que roban lo ajeno… y a los que se venden por dinero.

Todo «machacado» por la malicia del hermano vive en tierra suya, habita en su dominio, le pertenece. ¡Es su pueblo!

¡Gracias, Abdías, tú fuiste bueno y avisaste a tiempo!

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