Domingo de la 2ª semana de Navidad – Epifanía del Señor – 06/01/2013

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Comentario Pastoral
REVELACIÓN, BÚSQUEDA Y OSCURIDAD

El Evangelio de los Magos se nos presenta como una página de fuerte concentración teológica. Es una narración que presenta una antología de textos bíblicos y un texto importante de la catequesis primitiva, que potencia la llamada de los gentiles a la fe.

Los Magos vienen de Oriente. Como hizo en otro tiempo la reina de Saba, se dirigen hacia Jerusalén, ciudad santa, buscando un rey salvador. Los Magos personifican la eterna ansia del hombre que sólo en Dios puede encontrar la paz.

En la escena cobra relieve la estrella, guía luminosa de tantas especulaciones exegéticas y astronómicas. En la Biblia tiene una clara referencia mesiánica, porque la luz está siempre en el fondo de toda aparición mesiánica, como canta Isaías en su espléndido himno al Emmanuel: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz”. No en vano el Apocalipsis llama a Cristo “estrella de la mañana”.

El evangelista San Mateo subraya la grandísima alegría con que los Magos acogen la revelación mesiánica destinada a ellos. Después de haber entrado en la oscuridad del palacio del rey Herodes, los Magos se dirigen a la luminosa casa y humilde palacio del verdadero Rey, que es Cristo; y encuentran a la Madre del Mesías y a su hijo Jesús, ante el que se postran como gesto litúrgico de adoración cristiana y no como mero gesto de veneración oriental. Los Magos son desde entonces nuevos y verdaderos creyentes, y le presentan sus dones: el oro como rey,
la mirra como a uno que había de morir, el incienso como a Dios.

La Epifanía es la historia de una revelación a través de dos canales de comunicación: uno cósmico, como es la estrella, y otro sobrenatural y gratuito, la Palabra de Dios. Cristo es la verdadera luz, quien lo encuentra no vive en tinieblas.

La Epifanía es la historia de una búsqueda, que supone etapas oscuras y peregrinaciones, pero que al final encuentra la verdad. El cristiano vive siempre peregrinando hacia la verdad y el absoluto hasta que vea a Dios cara a cara. En la Epifanía la fe se hace camino hasta la realidad viviente de Dios.

La Epifanía es también la historia de una oscuridad. Es la oscuridad del pecado de Herodes, es la oscuridad de la indiferencia de Jerusalén, es la oscuridad de los sumos pontífices y letrados del país que no ven, creyendo que ven.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Isaías 60, 1-6 Sal 71, 1-2. 7-8. 10-11. 12-13
Efesios 3, 2-3a. 5-6 San Mateo 2, 1-12

Comprender la Palabra

La solemnidad de la Epifanía es la manifestación del Rey que es Jesús. Si el Señor no se manifiesta, su Encarnación no habría llegado a conocimiento de los hombres. Epifanía es la fiesta de la Luz y de la entrada de la Iglesia del mundo gentil.

El tema central del fragmento del libro de Isaías que se lee hoy como primera lectura, es un canto y un poema en honor de la ciudad santa de Jerusalén, luz de las naciones. Jerusalén vuelve de su humillación (fue destruida por Nabucodonosor en 587) y ha de emprender la ardua tarea de su reconstrucción completa. Dios tiene su proyecto y lo va a llevar a cabo, nada puede, una vez más, oponerse a sus planes, que distan de los planes humanos, como dista el cielo de la tierra.

El profeta-poeta quiere, una vez más, levantar el ánimo del pueblo de Dios reunido de nuevo en Jerusalén, a donde son convocados de los confines de la tierra, todos los pueblos a disfrutar de la salvación de Dios. El profeta se imagina la acción salvadora de Dios plasmada en esa gran peregrinación de los pueblos y de sus reyes dirigiéndose a Jerusalén, ciudad del gran Rey y Señor que es Dios. Jesús nos llamará, también a nosotros, a ser luz del mundo y sal de la tierra. Esta realidad ha sido anticipada por el profeta Isaías y sigue teniendo actualidad.

En la segunda lectura, tomada de la Carta de san Pablo a los Efesios, el apóstol les recuerda su propia llamada a la misión. La vocación de Pablo es proclamar el misterio que Dios le ha revelado, a saber, que también los gentiles son llamados a participar del Reino de Dios. El Evangelio no tiene fronteras, de ahí que los creyentes, que viven inmersos en el mundo, han de tomar en serio la urgente evangelización sin fronteras, comenzando por el propio entorno. Es necesario sentirnos todos, sin ninguna excepción, coherederos del mismo reino futuro, para construir juntos la etapa presente e histórica de este Reino de Dios en el mundo.

Después de aludir brevemente al nacimiento de Jesús, el evangelista Mateo nos ofrece una escena entrañable, pero a la vez compleja; unos sabios (magos) de oriente se dirigen hacia Judea, porque han visto una estrella que anuncia el nacimiento de un personaje importante. Estos sabios, después de episodios tensos, llegan a Belén, encuentran al Niño y lo adoran.

Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, y ofrece a todos el camino para llegar a Él. Los magos, sabios astrónomos, representan a toda la gentilidad llamada y convocada mediante los signos de la naturaleza y por la palabra de Dios a encontrar y reconocer en Jesús al único y universal Salvador. Los hombres buscan a Dios, sin ser conscientes de ello; y necesitan identificar al Dios creador, que se esconde en todos sus inventos, con el Dios Revelador que está a las puertas llamando. De ahí, que sean necesarios evangelizadores que sepan interpretar los siglos visibles de Dios Creador y Salvador. Los hombres necesitan llegar al centro de sus vidas y de sus búsquedas. Nosotros tenemos la misión de ser instrumentos que les dirijan hacia Jesús para encontrar lo que realmente necesitan.

Ángel Fontcuberta

 

mejorar la celebración


La unción prebautismal con el Óleo de los catecúmenos

La unción prebautismal con el Óleo de los catecúmenos es un gesto antiquísimo (ya figura en la obra de Hipólito en el año 215) y muy significativo; por ello no se puede suprimir (como está sucediendo en algunos sitios). Es verdad que el Ritual permite a las Conferencias Episcopales omitir esta unción prebautismal (o suplirla por una imposición de manos) e incluso prescindir de ella. La supresión de esta unción no compete al ministro, ni tampoco tan sólo al obispo (cfr. Ordo Baptismi Parvulorum, Praenotanda, 24,2).

La unción en el pecho (no en el cuello) es un signo muy expresivo para significar – sobre todo en el actual mundo secularizado- la lucha del bautizando contra el mal y las tentaciones que amenazan su fe. La imposición de manos es, ciertamente, menos expresiva de esta lucha.

Tanto la oración de unción (cfr. nº 215 del Ritual del Bautismo de Niños), como la oración de la bendición del Óleo, en la que el obispo, con toda la comunidad diocesana reza por todos los bautizados, son muy ricas de contenido y expresan de forma comprensible lo que la Iglesia pide para los futuros cristianos: “Oh Dios, fuerza y protección de tu pueblo, que has querido hacer de la unción un signo de fortaleza en el combate (..) concede a los catecúmenos que serán ungidos con este Óleo, crecer en la sabiduría de las cosas del cielo y coraje en su lucha contra el mal (…) que, sin miedo, emprendan el combate de la vida cristiana”. De manera parecida el ministro del Bautismo antes de ungir el pecho del catecúmeno dice: “Señor Dios todopoderoso (…) tú sabes que estos niños van a sentir las tentaciones del mundo seductor y van a tener que luchar contra los engaños del diablo…”. Y añade al ungir el pecho: “Que os fortalezca el poder de Cristo…”. Todo este rico simbolismo, -y el fruto de la oración de la Iglesia- desaparece si, de hecho, los bautizandos no son ungidos con el Óleo sobre el cual han recaído estas plegarias. Sería, pues, un despropósito empobrecedor e ilícito omitir esta unción prebautismal (o hacerla de manera “insignificante”).

Ángel Fontcuberta

 

Para la Semana

Lunes 7:
1Jn 3,22-4,6. Examinad si los espíritus son de Dios.

Sal 2. Te daré en herencia las naciones.

Mt 4,12-17.23-25. Está cerca el reino de los cielos.
Martes 8:
1Jn 4,7-10. Dios es amor.

Sal 71. Que todos los pueblos de la tierra se postren
ante ti, Señor.

Mc 6,34-44. Jesús se revela como profeta en la
multiplicación de los panes.
Miércoles 9:
1Jn 4,11-18. Si nos amamos unos a otros, Dios
permanece en nosotros.

Sal 71. Se postrarán ante tí, Señor, todos los reyes
de la tierra.

Mc 6,45-52. Lo vieron andar sobre el mar.
Jueves 4:
1Jn 4,19-5,4. Quien ama a Dios, ame también a sus
hermanos.

Sal 71. Se postrarán ante tí, Señor, todos los pueblos
de la tierra.

Lc 4,14-22a. Hoy se ha cumplido esta Escritura.
Viernes 10:
1Jn 5,5-13. El Espíritu, el agua y la sangre.

Sal 147. Glorifica al Señor, Jerusalén.

Lc 5,12-16. Enseguida la lepra se le quitó.
Sábado 11:
1Jn 5,14-21. Nos escucha en lo que le pedimos.

Sal 149. El Señor ama a su pueblo.

Jn 3,22-30. El amigo del esposo se alegra con la voz
del esposo.

 

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