Domingo de la 3ª semana de Tiempo Ordinario. – 22/01/2012

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Comentario Pastoral
EL EVANGELIO DE MARCOS

Hoy comienza a leerse el evangelio de Marcos, que es el correspondiente al ciclo litúrgico asignado para este año. Durante una treintena de domingos se proclamará lo más fundamental de este segundo evangelio, el más breve y menos sistemático, pero rico en vivacidad para los hechos esenciales, narrados por un testigo ocular cualificado. Con San Marcos, intérprete y discípulo de San Pedro, se pasa del Evangelio predicado oralmente por los apóstoles y memorizado por las primeras comunidades cristianas, al Evangelio escrito.

San Marcos escribe únicamente para presentar con realismo el misterio de la persona y de la obra de Jesús, reuniendo todo en torno a tres grandes títulos cristológicos: Hijo de Dios, Mesías, Hijo del hombre. Ningún evangelista subraya tan frecuentemente la humanidad exquisita y genuina de Jesús, el Hijo de Dios, el Mesías glorioso y humilde.

Los destinatarios de este evangelio, escrito antes del año 70, son claramente cristianos de cultura romana. En el texto existen latinismos y es evidente la preocupación por explicar los usos y costumbres judías y por precisar los lugares geográficos o traducir palabras arameas. Relatando un gran número de milagros de Jesús, San Marcos quiere demostrar a los romanos, gente de acción más que de pensamiento, que Jesús es el más fuerte, porque está dotado de la omnipotencia del Dios viviente y personal.

El comienzo del evangelio de hoy coincide con el inicio de la predicación de Jesús, sus primeras palabras son estas: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios, convertíos y creed la Buena Noticia”. En esta breve frase se advierten dos situaciones: una situación objetiva, referente al tiempo, que manifiesta que el Reino está presente; y otra subjetiva, que depende del hombre y de su libertad: la necesidad de la conversión. Con la venida de Jesús la historia universal ha entrado en su fase definitiva de plenitud. Para entrar en la salvación el hombre debe cambiar su mentalidad, su actitud moral; debe convertirse y así unirse personalmente al misterio de Cristo.

No hay conversión del corazón sin adhesión en la fe. Si es preciso, hay que dejar las redes o al padre, como nos narra San Marcos la vocación de los primeros discípulos. Nunca el propio trabajo, ni lo que es base del sustento diario, ni la sociedad que nos rodea, ni la propia familia debe ser obstáculo para el evangelio. El Reino de Dios es una aventura misteriosa, que obliga a abandonar lo que se tiene y exige una respuesta incondicional. El tiempo es breve, el momento es apremiante; la llamada, urgente y decisiva.

Andrés Pardo

Palabra de Dios:

Jonás 3, 1-5. 10 Sal 24, 4-5ab. 6-7bc. 8-9
san Pablo a los Corintios 7, 29-31 san Marcos 1, 14-20

Comprender la Palabra

Para el autor del libro de Jonás, el recuerdo de la “gran Ninive” era evocación de la ciudad pecadora por antonomasia (como lo fueron después Babilonia, Roma pagana y otras). La aventura de Jonás encarna el drama, tantas veces repetido, de la vocación profética a contracorriente. La conversión de “Ninive” es modelo de cómo la sincera penitencia de cualquier máximo pecador, ya al borde del abismo, atrae inmediatamente sobre sí el perdón infinito de la misericordia de Dios. El autor de esta breve dramatización, recoge uno de los temas también frecuente entre los profetas. Dios misericordioso y benigno tuvo piedad de su pueblo. El propio mensajero se encuentra desconcertado cuando observa que la ciudad no es destruida y no acaba de entender por qué. Aun no ha comprendido bien al Dios a quien sirve, que le envía y que le ha escogido para ser su pregonero. El pregonero ha cumplido bien anunciado el castigo; pero no alcanzó a comprender que detrás del anuncio del castigo estaba un Dios misericordioso dispuesto al perdón y a la indulgencia.

Prosigue la lectura de la primera Carta a los Corintios con una breve digresión del capítulo siete, que discurre todo él sobre las situaciones cristianas de matrimonio y virginidad. El apóstol dice, a su manera, que el que tiene sentido de eternidad estima los valores temporales, aun los más entrañables, en su auténtica dimensión relativa y pasajera. Así sabe gozar de ellos sin perder la libertad de espíritu. El creyente debe interpretar y comprender su vida sobre la tierra poniendo su corazón y su esperanza en la meta final, evitando que las dificultades ahoguen el anhelo de la corona final. Este equilibrio es el que Pablo quiere enseñar a sus fieles de Corinto y a los creyentes de hoy.

Desde hoy y a lo largo de todos los demás domingos siguientes del Tiempo Ordinario del presente Año litúrgico, se leerán por orden treinta fragmentos del evangelio según san Marcos. El texto que escuchamos hoy sirve de preludio a la Misión en Galilea, que el Hijo de Dios hecho hombre vino a realizar en el mundo: el anuncio de la “buena noticia” o evangelio. En su primera proclamación del Evangelio, Cristo pide conversión.

Dios cumple su proyecto a favor de la humanidad; Dios comienza a manifestarse y actuar como único soberano de la historia de los hombres; su predicación y su presencia en el mundo debe conducir a un cambio de rumbo en las vidas humanas, a una rectificación, a un dirigir la mirada en otra dirección totalmente nueva marcada por Jesús; abrirse al Evangelio es la última oferta y posibilidad que Dios hace a la humanidad y que es la mejor decisión que el hombre puede tomar en su vida.

Para que el anuncio evangélico sea creíble para los hombres y mujeres de nuestro tiempo debe ser presentado en sus dos perspectivas necesariamente complementarias: el compromiso en la temporalidad o en la etapa histórica del reino y una esperanza abierta y sin temor hacia el futuro. El compromiso temporal de los creyentes es una contribución al establecimiento del reino. Este compromiso apunta a lo que realmente es el Reino: un estado definitivo en el que la concordia, la igualdad, la comunión con Dios y la felicidad sin fin serán una realidad imperecedera. Es necesario dar signos convincentes y atrayentes del realismo de la esperanza cristiana, comenzando en el tiempo y en la historia.

Ángel Fontcuberta

 

sugerencias litúrgicas

La mención del nombre del Obispo en la Plegaria eucarística

 

La tercera edición del Misal modifica la normativa anterior que trataba del orden y lugar con que debe nombrarse a sí mismo el obispo que preside la Eucaristía fuera de su diócesis. Los obispos que celebran fuera de su Iglesia deben nombrar primero al Papa, después a sí mismos y finalmente al obispo de la diócesis donde celebra. He aquí el texto que se debe usar según la actual normativa: “con tu servidor el Papa N., conmigo indigno siervo tuyo, con mi hermano N., obispo de esta Iglesia de N., y con todos los demás obispos…” (en las otras Plegarias se debe adaptar este mismo orden). Por paralelismo, el presbítero que concelebra en una Misa, presidida por un obispo que no es el diocesano, en la Intercesión que le corresponde debe nombrar también al obispo que preside antes que al obispo del lugar, pues su presencia sacramental es más manifiesta a la asamblea celebrante. Pero esta es una apreciación personal que explícitamente no se contiene en el documento (cfr. IGMR, 149).




al ritmo de las celebraciones


LA PLEGARIA EUCARÍSTICA (1)

La Plegaria eucarística a pesar de que desde el año 1967 se proclama en lenguas vernáculas, y se ha enriquecido con nuevas fórmulas desde el año 1968, sigue siendo poco conocida. Aunque el Misal afirme que es “centro y culmen de toda la celebración” (IGMR, 78), todavía no es apreciada ni seguida como tendría que ser. La “consagración” si que es un momento destacado, pero la plegaria en su conjunto, no.

1. Historia

Partiendo del género literario de las bendiciones en el culto judío, se fueron formando de modo variado, tanto en oriente como en occidente, diversas anáforas eucarísticas.
En Roma se llegó a una cierta fijación bastante pronto: las citas de la plegaria contenidas en las catequesis de san Ambrosio, a fines del siglo IV, muestran que ya estaba básicamente determinado el texto de lo que luego será el “canon romano”, cuyo primer testimonio completo lo tenemos en el sacramentario Galasiano.
A lo largo de los siglos medievales se fueron introduciendo cambios significativos en el modo de proclamar la plegaria dentro de la eucaristía:

a) Su recitación en voz baja o casi en secreto. Durante los primeros siglos la plegaria era proclamada por el celebrante en voz alta, de tal modo que todos la podían escuchar y sintonizar con ella. Pero en los siglos IX-X ya encontramos rúbricas (del adjetivo ruber: rojo) que hablan de voz baja o en secreto. El canon en silencio, que también se había iniciado en oriente, probablemente se debió a un mayor sentido de misterio y de reverencia, pero a la vez indicaba una lejanía cada vez mayor del pueblo cristiano en su participación activa en la Eucaristía. Esta recitación en voz baja ha durado hasta nuestros días, exactamente hasta el año 1967 en que se decidió volver al uso primitivo.

b) Elevación del pan y del cáliz. A partir del siglo XIII, y comenzando por Francia, se empezó a realizar la elevación del pan, después de las palabras de la institución y más tarde se extendió el gesto al cáliz. Se producía un cambio en la sensibilidad teológica-espiritual de la Eucaristía: más que celebración o participación sacramental, se iba acentuando cada vez más la adoración, el culto a la presencia real de Cristo. Más tarde se añadieron también en este momento otros elementos como el toque de campanas, el incienso, las luces, las genuflexiones.

c) Escasa comprensión y participación. La progresiva falta de comprensión y participación en la Eucaristía por parte de la asamblea se vio reflejada en el mismo texto de la Plegaria eucarística: lo que al principio había sido expresión de la celebración comunitaria “que te ofrecemos”, se vio poco coherente con la realidad, y se cambió por otra expresión que ponía aún más de manifiesto la dualidad que existía entre los ministros y el pueblo: “que te ofrecemos y ellos mismos te ofrecen”.


Ángel Fontcuberta

Para la Semana

Lunes 23:
San Ildefonso, obispo.

2S 5,1-7.10. Tú serás el pastor de mi pueblo Israel.

Sal 88. Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán.

Mc 3,22-30. Satanás está perdido.
Martes 24:
San Francisco de Sales, obispo y
doctor. Memoria.

2S 6,12b-15.17-19. Iban llevando David y los israelitas
el arca del Señor entre vítores.

Sal 88. Le mantendré eternamente mi favor.

Mc 3,31-35. El que cumple la voluntad de Dios, ése
es mi hermano y mi hermana y mi madre.
Miércoles 25:
La Conversión de san Pablo. Fiesta

Hch 22,3-16. Levántate, recibe el bautismo que,
por la invocación del nombre de Jesús, lavará tus
pecados.
o bien:

Hch 9,1-22. Te dirán lo que tienes que hacer.

Sal 116. Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.

Mc 16,15-18. Id al mundo entero y proclamad el
Evangelio.
Jueves 26:
Santos Timoteo y Tito, discípulos de san Pablo, obispos de Efeso y Creta, respectivamente.

l Timoteo 1,1-8. Refrescando la memoria de la fe.
o bien:

Tt 1,1-5. Tito, verdadero hijo mío en la fe que compartimos.

Sal 95. Contad las maravillas del Señor a todas las
naciones.

Mc 4,21-25. El candil se trae para ponerlo en el
candelero. La medida que uséis la usarán con vosotros.
Viernes 27:
2S 11,1-4a.5-10a.13-17. Me has despreciado, quedándote
con la mujer de Urías.

Sal 50. Misericordia, Señor; hemos pecado.

Mc 4,26-34. Echa simiente, duerme, y la semilla va
creciendo sin que él sepa cómo.
Sábado 28:
Santo Tomás de Aquino, pb. y dr.
Memoria.

2S 12,1-7a.10-17. ¡He pecado contra el Señor!

Sal 50. Oh Dios, crea en mí un corazón puro.

Mc 4,35-41. ¿Quién es éste? ¡Hasta el mar y las aguas
le obedecen!

 

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