Domingo de la 6ª semana de Tiempo Ordinario. – 12/02/2012

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Comentario Pastoral
“SEÑOR, SI QUIERES, PUEDES LIMPIARME”

Es ésta la invocación, el grito de esperanza de un leproso marginado de la sociedad, emblema viviente del dolor del mundo, máscara desfigurada de la corrosión del mal físico. Por eso la curación instantánea de un leproso pone de relieve la humanidad profunda de Jesús ante la horrible lepra, enfermedad muy común en la antigüedad y aún presente en el mundo moderno, donde existen veinte millones de leprosos.

Para los antiguos hebreos el leproso era un condenado a la muerte y un excluido del consorcio humano, porque concebían la lepra como un castigo de Dios al pecador. Esta enfermedad era interpretada, más que en el plano médico, bajo un sentido religioso y cultural. El leproso era un hombre “inmundo”, incapaz de cumplir los actos de culto con la comunidad, y un “excomulgado”, que debía alejarse física y moralmente de cualquier contacto con los otros hombres. Los leprosos, muy desgraciados en su cuerpo, solamente podían lamentarse en la soledad, en la miseria y en el abandono.

Los rabinos comparaban la curación de la lepra con la resurrección de un muerto. Por eso Jesús, al hacer este milagro se declara implícitamente Mesías. Así es reconocido por el leproso desgraciado, que lleno de coraje y superando la segregación que imponía la Ley, se acerca al Maestro de Nazaret para implorar la curación y ser librado del infierno del sufrimiento físico y moral.

A la plegaria humilde del leproso, “si quieres, puedes limpiarme” y a su gesto de adoración y de fe, Jesús respondo usando sus mismas palabras: “quiero, queda limpio” tocando con la mano al “intocable” según la ley. En este milagro, como en todas sus obras, Jesús revela la gratitud y la universalidad del amor de Dios: donde los hombres brillan despreciando a los infelices, él manifiesta respeto y solidaridad; donde los hombres discriminan, él acoge; donde los hombres condenan, él absuelve.

Cristo está sistemáticamente presente en el campo del dolor, en esta zona fronteriza de la existencia humana. Su presencia es una lucha continua contra el mal y los límites, naturales o impuestos por los hombres. Por encima de las exigencias legalistas de los puritanos o de los egoísmos de los bien instalados, Jesús acude a donde está el dolor. Allí también deben hacerse presentes los cristianos. El que los médicos y enfermeras tengan su trabajo y responsabilidad concreta en el campo sanitario y asistencial, no exime a los cristianos de la práctica de las obras de misericordia, para testimoniar el amor y la compasión ante cualquier hombre que sufre.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Levítico 13,1-2.44-46 Sal 31, 1-2. 5. 11
san Pablo a los Corintios 10,31-11, 1 san Marcos 1,40-45

Comprender la Palabra

El autor del libro del Levítico trata de poner de manifiesto, ante todo, la santidad de Dios, y, en consecuencia, intenta determinar todos los elementos que ayudan a respetar esa santidad; y por otro lado, evitar aquellos elementos que pueden empañar esta santidad y, mejor, que puedan hacer impuro al hombre frente a Dios.

El texto de este domingo pertenece al contexto más amplio de las leyes de la impureza ritual. La pureza ritual es fundamental para poder participar en el culto que expresa la relación del pueblo con Dios, sellada con la Alianza: quien quiera vivir en contacto con Dios no puede estar contaminado. Como segunda lectura, continuamos leyendo el final de la parte de la primera carta de san Pablo a los Corintios que aborda los problemas concretos de la comunidad.

El apóstol afirma su actitud apostólica esencial: a imitación de Cristo, tener por primer principio de criterio y relación la Gloria de Dios y la salvación de todos los hombres, sin excluir ni a judíos ni a griegos. En torno a las disgresiones que habían surgido en la comunidad sobre la posibilidad de comer o no carne de animales sacrificados a los ídolos, Pablo, sin dejar de resolver su duda, se esfuerza por orientar la intención moral de estos creyentes hacia motivos más cristianos: el respeto a la conciencia de los que nos rodean y el interés sincero por su salvación; en fin, la Gloria de Dios.

En el Evangelio, después de la jornada inicial de enseñanza, curación y oración en Cafarnaúm, Marcos dice que Jesús salió a evangelizar otros pueblos de la comarca para volver luego a Cafarnaúm. Misión que el evangelista resume en un hecho concreto: la purificación de un leproso. San Marcos, en su pedagogía intuitiva, ve representada en esta escena la actitud de quien busca la salvación en Cristo y el amor eficaz del Mesías para el hombre que busca y pide su salvación.

Considera tres momentos sucesivos: 1) un leproso acude a Jesús; 2) Jesús purifica al leproso; 3) el ex-leproso proclama la obra de Jesús.

El evangelista san Marcos, ya desde las primeras líneas de su Evangelio va acostumbrando a sus lectores a una dialéctica intencionada. Jesús se impone a sí mismo y exige a los demás un estilo de sencillez y reserva (el popularmente llamado “secreto mesiánico”). Pero su actividad hace desbordar el entusiasmo de los sencillos. La clave de esta dialéctica nos la dará en la Cruz.

La Misión de Cristo tiene como objetivo “salvar” al hombre. Rescatarlo de toda esclavitud, a partir de su misma miseria. Para la mentalidad de entonces, la lepra era el signo más impresionante de la miseria personal. Jesús se estremece de compasión ante un leproso. En el gesto de curarlo, que nos refiere al texto de hoy, Marcos vio y quiso que viéramos una representación expresiva de toda la Misión salvadora de Cristo a favor de la humanidad. Los milagros de Jesús anticipan, como primicia y arras, la fuerza liberadora total de la Cruz. El Maestro le manda cumplir el rito de presentarse al sacerdote, conforme al Levítico, y le prohibe divulgar el hecho, para no comprometer el desarrollo ordenado de su plan de autorevelación como Mesías. Pero el exleproso no puede callar. Se complica la evangelización de Galilea: el pueblo se entusiasma por Jesús, pero pronto surgirán enemigos.

Ángel Fontcuberta

 

al ritmo de las celebraciones


La Cuaresma (1)

Cuaresma proviene del latín “quadragesima dies”, cuadragésimo día antes de la Pascua, es un tiempo preparatorio para poder ascender “al monte santo de la Pascua” (Ceremonial de Obispos, 249). Comienza el miércoles de Ceniza y concluye el Jueves Santo antes de la Misa vespertina de la Cena del Señor, con la que se inaugura el Triduo Pascual.

La Cuaresma es un auténtico sacramental puesto para que toda la comunidad cristiana reviva y renueve cada año el paso de la muerte a la vida, de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios (cf. Rm 8,21), que un día se realizó en el bautismo (cf. Rm 6,3-11; Col 2,12).

La Cuaresma comienza a organizarse a partir del siglo IV. El germen original parece que fue el ayuno pascual de dos días, viernes y sábado antes del Domingo de Resurrección, tiempo que, poco a poco, terminó por abarcar la semana entera. Ya en el siglo IV se extiende a dos semanas más, excluyendo los domingos, y después hasta seis semanas o cuarenta días. En Roma, la Cuaresma ya aparece constituída entre los años 350 y 380.

El símbolo bíblico del número cuarenta: los cuarenta días del Diluvio antes de la Alianza con Noé; de Moisés y sus cuarenta días en el monte; de los cuarenta años del pueblo de Israel por el desierto; de Elías caminando cuarenta días hacia el monte para encontrarse con Dios; y, sobre todo, los cuarenta días de Jesús en el desierto antes de comenzar su misión mesiánica, darán sentido a este período como tiempo de prueba, de purificación y de preparación a la Pascua.

Al acentuarse en los siglos VI-VII el ayuno como característica cuaresmal y como los domingos no se ayunaba, se adelantó su inicio al miércoles anterior al primer domingo, que luego se denominó de “ceniza”, para que a la Pascua le precedieran cuarenta días de ayuno efectivo.

En sus inicios el tiempo cuaresmal tenía como días litúrgicos, únicamente, los miércoles y los viernes. Posteriormente, en tiempos del Papa San León (440-461) se añadieron los lunes, y, después, los martes y los sábados. Por último, en el siglo VIII, en el pontificado de Gregorio II (715-731), se completará la semana con una celebración también los jueves.

El Concilio Vaticano II acentuará el carácter bautismal y penitencial de la Cuaresma “puesto que el tiempo cuaresmal prepara a los fieles, entregados más intensamente a oír la Palabra de Dios y a la oración, para que celebren el misterio pascual, sobre todo el recuerdo o la preparación del bautismo y mediante la penitencia” (SC 109). Actualmente “la liturgia cuaresmal prepara para la celebración del misterio pascual tanto a los catecúmenos haciéndolos pasar por los diversos grados de la Iniciación Cristiana, como a los fieles que recuerdan el Bautismo y hacen penitencia” (Normas Universales sobre el Año litúrgico y sobre el Calendario, 27).

 


Ángel Fontcuberta

Para la Semana

Lunes 13:

Santiago 1, 1 11. Al ponerse a prueba vuestra fe, os dará constancia y seréis perfectos e integros,

Marcos 8,11 13. ¿Por qué esta generación reclama un signo?

Martes 14:
Santos Cirilo (+869), monje y Metodio (+885), obispo, hermanos, patronos de Europa, infatigables predicadores del Evangelio, publicaron los textos litúrgicos en eslavo.

Hechos 13,46 49. Sabed que nos dedicamos a los gentiles.

Lucas 10,1 9. La mies es abundante y los obreros pocos.

Miércoles 15:

Santiago 1, 19 -27. Llevad a la práctica la palabra y no os limitéis a escucharla.

Marcos 8,22-26. El ciego estaba curado y vela todo con claridad.

Jueves 16:

Santiago 2,1- 9. ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres? Vosotros, en cambio, habéis afrentado a los pobres.

Marcos 8,27-33. Tú eres el Mesías. El Hijo del hombre tiene que padecer mucho.
Viernes 17:
Los siete Santos Fundadores de la Orden de los Siervos de la Virgen María (s. XIV), monjes, predicadores, devotos de la Virgen María.

Santiago 2,14-24 26. Lo mismo que un cuerpo sin espíritu es un cadáver, también la fe sin obras.

Marcos 8,34-9, 1, El que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.
Sábado 18:

Santiago 3, 1-10. La lengua, ningún hombre es capaz de domarla.

Marcos 9,2-13. Se transfiguró delante de ellos

 

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