Bernardita o Bernardette Soubirous, virgen (1844-1879)

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Santos: Simeón, obispo de Jerusalén; Flaviano, Eladio, obispos; Claudio, Alejandro, Cucias, Lucio, Rótulo, Clásico, Máximo, Prepedigna, Silvano, Secundino, Frúctulo, mártires; Constancia, Atica, Artemia, confesores; Bernardita o Bernardette Soubirous, virgen; Juan Pedro Néel, sacerdote mártir de China, de las Misiones Exteriores de París.

Vulgar, pobre siempre. En la formidable etapa fuerte de su vida merecedora de este comentario, más pobre aún; es cuando su padre, molinero, fue a menos en su oficio, pasando del molino de los Boly al de Laborde y luego al de Arcizac. Pasaron hambre de verdad y la familia necesitó ocupar como casa la vieja mazmorra que da a un patio, a la vez estercolero.

Era una sola habitación para todo. Bernardette era la mayor de los hermanos y asmática. Chica normal, no muy dotada para el estudio, incapaz de aprender al ritmo de las demás niñas que se preparaban para la primera comunión en la parroquia del pueblo, y que por fin pudo celebrar el día 3 de junio, fiesta del Corpus Christi. No sabe leer ni escribir, ni siquiera habla el francés correctamente y tiene que expresarse en el dialecto regional. No hay en ella sombra de iluminada, no es maniática ni novelera. Tiene buen humor y alegría llena de sinceridad.

La habían bautizado el 9 de enero de 1844 y habría nacido pocos días antes.

El 11 de febrero de 1858 sucedió el primer acontecimiento importante, primero de una cadena que transformaría a las gentes del pueblo de Lourdes y llegaría a afectar a la misma fisonomía del lugar. Al margen de todo lo que cabía esperar, Bernardette vio a la Virgen María. Aquel día iba con su hermana Toneta y la amiga Juana Abadie de doce años al campo de Massabielle. Acaban de sonar las campanas del medio día anunciando el Ángelus, poniendo a los paisanos a rezar. Notó un raro y repentino viento que mueve unas ramas presagiando tormenta; se acerca a la gruta donde se movían más unas matas y, levantando los ojos, ve a una joven toda vestida de blanco, tocada con manto azul y con un rosario que le cuelga del brazo derecho. Se ha dado cuenta de que la saluda con un suave movimiento de la cabeza, como invitación a aproximarse. El vestido le baja hasta los pies, dejando ver al desnudo solo una punta. No hay palabras y sí rosario. Ella está rodeada de luz.

Es la primera de una serie. Bernarda no sabe de quién se trata; sí que le ha pedido penitencia, le ha hecho descubrir una fuente con agua milagrosa, quiere que le levanten una capilla y que se organice una procesión.

La última aparición será el 16 de julio que hace en el orden la decimoctava.

Las dificultades vinieron por todas partes. Sus padres, los que se las dan de listos y los listillos, el alcalde y los incrédulos le negaron el crédito; algunos se meten a adivinos y afirman que aquello solo es un montaje para salvar el pan de la familia y sacarla de mal año. El procurador imperial, el comisario de policía, el párroco, la prensa, los visitantes, todos quieren saber. Bernardette no miente; se limita a repetir una y otra vez –sin contradicciones ni dudas– lo que ha visto. Y las curaciones milagrosas, inexplicables, repentinas no admiten discusión; están ahí. Todo fue un espinoso asunto que trae y lleva a la niña con defensores incondicionales y fanáticos detractores. La aparición le ha dicho en patois el día de la Anunciación: «Yo soy la Inmaculada Concepción»; quizá nunca había oído esa definición Bernardette, por eso le era dificultoso repetirlo, no sabía lo que significaba, y tuvieron que enseñarle la pronunciación correcta. Muy poco tiempo hacía que el papa había declarado solemnemente el dogma.

El obispo tomó cartas en el asunto, montó un proceso y terminó autorizando el culto a la Virgen en Lourdes. Mientras dura la investigación, Bernarda vive como pensionista en el hospicio. Terminado el proceso le llega el consejo de asumir la vida religiosa y pedir el ingreso en la congregación de las hermanas de la Caridad. Salió para Nevers, donde vive en la comunidad, con silencio impuesto, siendo una religiosa más y llevando la vida como suelen vivir las religiosas: obediente, puntual, pobre y trabajadora, sin distinción.

«No te prometo hacerte feliz en la tierra», le dijo la Virgen en la aparición del 18 de febrero, día que eligieron muchos para señalar la fiesta de Bernardita. Y así fue. Sufrió en el cuerpo, con ahogos; algo no funcionaba bien en los pulmones. Sufrió en el alma; difícil de entender, pero la madre maestra de novicias la trató siempre con despego y hasta con positiva aversión, proporcionándole humillaciones, incomprensiones sin cuento; siempre le demostró una positiva desconfianza que hería la delicada sensibilidad de Bernardette. Dios también le dio su prueba; como se ofreció voluntariamente para sufrir, se le aceptó la ofrenda; vinieron la desolación y el abandono, una purificación misteriosa que hacía heroica su inmolación.

Cayó gravemente enferma. Solo pudo ver a su hermana Toneta, a su confesor de Lourdes en la época de las apariciones y a nadie más. Empeoró el 13 de abril. El 16 repetía continuamente «ruega por mí, pobre pecadora, pobre pecadora». Y murió. Tenía treinta y cinco años y doce de vida religiosa.

La canonizó en 1933 el papa Pío XI, el 8 de diciembre.

Su cuerpo reposa en Nevers. Y tiene bajo las arcadas de Lourdes su altar.

¿No fue Jesús quien dio gracias a Dios porque había «revelado los secretos del Reino a la gente sencilla»? Sí. Sabía lo que decía.

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