El hijo pródigo

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La parábola que leemos en el Evangelio de hoy nos recuerda que la misericordia divina es mucho mayor de lo que podemos imaginar. La experimenta el hijo que regresa a casa después de haber dilapidado su fortuna y su vida, y no la comprende el hermano mayor que ha permanecido junto a su padre. Porque el amor de Dios siempre es mayor y se nos muestra de una manera nueva. Pensamos que lo hemos comprendido y, de repente, nos sorprende en su absoluta novedad. Balzac decía que el amor es una palabra que aunque la repitamos mil veces siempre tiene un sentido nuevo.

La Iglesia siempre ha anunciado el amor de Dios, pero en los tiempos modernos algunos aspectos que han quedado recogidos en la liturgia y la enseñanza de la Iglesia, como la del Sagrado Corazón de Jesús o la Divina Misericordia, nos recuerdan su urgencia. También el magisterio de Juan Pablo II y de Benedicto XVI es insistente en recordar al hombre que Dios le ama. Saber que Dios nos ama incondicionalmente es la respuesta que hemos de experimentar en nuestro corazón. En ese amor está el sentido de toda nuestra vida.

Entre el hijo que desprecia a su padre y el que permanece junto a él aunque indiferente a su amor, hay una multitud de posibilidades. Pero la respuesta que Dios da a todos siempre es la misma: “todo lo mío es tuyo”. Son palabras dirigidas al hermano mayor, pero que también refieren lo que vive el menor, pues su padre le ha dispuesto el mejor de los banquetes y le ha devuelto la dignidad que había perdido con su vida desordenada.

Dios nos lo quiere dar todo. El hombre moderno, y quizás nosotros, sospecha de esa generosidad y prefiere vivir al margen de Él. Lo hace alejándose totalmente, como si Dios no existiera, o bien refugiándose en una religiosidad que le preserva al mismo tiempo de los problemas del mundo y de la cercanía con el Señor. El hijo pequeño se deja abrazar por su padre y ahí queda totalmente recuperado. La Cuaresma no sirve para dejarnos abrazar por Dios. El peor pecado es eludir ese encuentro bien sea porque nos consideramos indignos de él y desesperamos bien porque nos parece que Dios debería tratarnos de igual a igual y preferimos una palmadita en la espalda, que parece la actitud del hermano cumplidor.

Dios ha dispuesto nuestro corazón para que sienta nostalgia de Él cuando nos alejamos. La experimenta el joven que acaba viviendo entre los cerdos y reacciona ante ella recordando que tiene un Padre. Pero esa posibilidad también se le da a su hermano. Cuando se indigna ante la fiesta que se ha organizado en el hogar podría reconocer ahí que le falta algo: el amor a su padre. Es lo que su padre intenta hacerle comprender. Sin el amor de Dios no somos nada y la vida, por llena que esté de cosas (sean estas honorables o no), no alcanza su plenitud.

El salmonos recuerda hoy la inmensidad de la misericordia divina: “No nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas”. En Jesucristo, el Hijo, se nos da a nosotros la dignidad de hijos de Dios. El Padre nos lo da todo y está a la espera de que nosotros nos volvamos hacia Él y nos dejemos amar. Como muestra la parábola en cuanto nos ve corre hacia nosotros y nos besa.

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