Misericordia, Dios mío, por tu bondad

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Os 6,1-6; Sal 50; Lc 18,9-14

Y porque somos pecadores podemos pedir misericordia al Señor, él, lleno de ternura y compasión. Y ¿qué hace el Señor?, pide que también nosotros estemos cuajados de misericordia. No de cumplimientos, de holocaustos y sacrificios, sino de un corazón quebrantado y humillado ante él. ¿Por qué? Porque nuestra carne no ha sido amorosa, sino corazón endurecido, ajeno a toda ternura y misericordia. No hemos escuchado la tierna voz del Señor con nosotros. No hemos sido santos como nuestro Dios es santo. Porque lo nuestro no ha sido el amor. Cometimos delito, pues nuestra vida, nuestra acción, nuestro pensamiento, no se cimentaron en el amor, sino en el interés y en el odio. Por eso, gritamos con el hermoso salmo penitencial: misericordia, Dios mío, misericordia.

¿Cómo viviremos en plenitud esa carne de amorosidad que somos, pero que tantas y tantas veces ultrajamos, abandonamos, sojuzgamos con libertad voluntaria? Si al menos no nos diéramos cuenta. Pero, sí, sabemos muy bien cómo va nuestra vida. Tenemos dónde mirar para compararnos. Con facilidad vemos que no somos santos, aunque el Señor nos llama a la santidad. Mas ¿cómo podríamos atender a este ruego? La celebración eucarística nos da la clave: que los santos, como hoy san Patricio, intercedan por nosotros. Que sus méritos, obtenidos también ellos en Cristo, reconduzcan nuestra vida y nuestras obras. Pues en Cristo caben los méritos. En su gracia, como campo bien, podemos crecer. Con su agua brotará verdura de nosotros. Brotes de amor que fructificarán en vida eterna. Así, nuestras obras serán de amor y viviremos la plenitud de nuestro ser a imagen y semejanza. Todo ello lo obtenemos como donación del Dios Trino con la sangre de Cristo derramada en la cruz por nosotros. De este modo, en la celebración del sacramento de la muerte de tu Hijo, pedimos al Padre que nos conceda cumplir en la vida lo que en él tenemos ya realizado.

La parábola del evangelio de Lucas que hoy se nos da a leer, es de una hermosura resplandeciente. Ahí está el quid de nuestro ser ante Dios. Cumplimiento satisfecho de sí y de sus limosnas y diezmos, comparación de sí con ladrones, injustos, adúlteros, o como ese publicado que se esconde allá atrás. Un vivir inmerso de hoz y coz en la moralina; en haberse adueñado de ella para, al mirarme en el espejo, decir arrobado: mecachis, qué guapo soy. Miradme bien y sed como yo. Mi dios es el mero cumplimiento; cumplimiento inmisericorde en el que no cabe ni por asomo la ternura, solo la mirada complacida a mí mismo y el rechazo global y orgulloso del otro, que no es como yo. Como tantas otras veces, Jesús, ese genial componedor de parábolas, nos hace ver con claridad quiénes somos y dónde estamos; quien ha hecho suyo el seréis como dioses y se mira reflejado, con opulenta complacencia, en el espejo de sí mismo que es su dios. Por otro lado, el publicano. La parábola consigue con dos trazos que nuestra simpatía arrolladora vaya con él, injusto, pecador, ladrón, que solo sabe atolondrado golpearse el pecho, y en un susurro exhalado como gemido, dice a su Señor: ¡Oh Dios!, ten misericordia de este pecador.

Las cosas han quedado tan claras que no necesitan de nuestra adivinanza. Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque de esto se trata, de nuestra justificación ante Dios, de saber cómo su justicia, en la cruz de Cristo, se hace misericordia y ternura para nosotros.

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