Acechemos al justo, que echa en cara nuestro pecado

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Sab 2,1ª.12-22; Sal 33; Ju 7,1-2.10.25-30

Reprenden nuestra educación errada, nos consideran de mala ley, se apartan de nuestras sendas como si fueran impuras. Los que discurren de esta manera, se engañan, porque les ciega su maldad. Si hay alguien a quien el pecador no puede resistir es al justo, porque es espejo en el que ve reflejada su maldad. Y él, que no tenía conciencia ninguna de pecado, porque vive en el seréis como dioses, encuentra en el justo un motivo de nerviosismo, pues le pone en entredicho sus haceres. Ni siquiera es necesario que el justo le eche en cara su pecado, basta con que esté ahí, ante él, y su hacer se revela como pecado, mas esto no lo soporta de ninguna manera. La presencia del justo le hace comprender el juicio de su hacer. No, no, que el justo haga lo que yo hago, si no, me las veré con él, aunque para ello deba arrancarle la vida. ¿Dice que soy pecador?, pues bien, que peque conmigo, que actúe como yo actúo. No soporto que me mire. No soporto su presencia. pues una y otra, su estar ahí, su mirada, las veo como condenación. ¡Fuera con él!

Pero el justo grita, y el Señor le atiende; no está cerca de los malhechores, sino de los atribulados. Grita, y el Señor le libra de sus angustias. El pecador, ahora, no podrá hacerse con él. Aunque atente contra su vida. Él cuidará de todos sus huesos Aún en la muerte, ninguno se le romperá, porque el Señor está junto a él, y el justo jamás pierde la confianza en el auxilio del Señor. Aunque le arranquen la lengua y las uñas de los dedos. Aunque lo claven en la cruz.

Jesús se andaba por Galilea, sabiendo que subiría a Jerusalén, porque era allá en donde tendría el lugar del cumplimiento de la promesa. Trataban de matarlo, es cierto, pero él no escapó inteligentemente, podría decirse, haciendo el camino inverso para dar mayores vueltas por Galilea. Y Jesús subió a Jerusalén. No abiertamente, sino a escondidas. ¿Cómo?, ¿se esconde el Señor de lo que es su misión?, ¿tiemblan de miedo sus carnes ante lo que se le viene encima? ¿No estará intentando escapar de los peligros que le acechan? Pues no, no es así, sino que mide sus tiempos: no ha llegado todavía su hora. Sin embargo, en el mientrastanto, sube al templo una vez más y a voz en grito enseña cómo a él creen conocerle y creen saber de dónde viene; han hecho pesquisas policiales sobre él y todo lo tienen presente: es Jesús, el carpintero de Nazaret que desde Galilea sube a Jerusalén para emborronar las cosas. Lo que no tienen en cuenta es que no viene como vocero de sí mismo y de sus ideas, sino que ha sido enviado por quien es veraz, dice Jesús con fórmula bien clara, porque solo el Señor Dios es veraz. Y, sin embargo, vosotros no lo conocéis, afirma Jesús, pero yo sí lo conozco. Las palabras de Jesús gritadas en el tempo ante todo el que le quiere oír rectifican el conocimiento policial de sus enemigos, porque, dice, procede de Dios, y es el mismo Dios, su Padre, quien le ha enviado.

Cada vez deja Jesús más clara su procedencia y el motivo del envío. Procede de la ternura y de la misericordia de Dios. Es de ese lugar de amor de donde viene. Y es desde ahí desde donde ha sido enviado. Su hora está llegando.

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