Benito Menni Figini, fundador (1841-1914)

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Santos: Fidel de Sigmaringa, presbítero y mártir; Roberto, Benito Menni Figini, fundadores; María Eufrasia Pelletier, fundadora; Sabas, Alejandro, Eusebio, Neón, Leoncio, Longinos, mártires; Melito, Gregorio, Honorio, obispos; Egberto, presbítero; Diosdado, abad; Bova y Dova, abadesas; Daniel, anacoreta; Wilfrido, arzobispo; Francisco Colmenario, beato.

Milanés que vivió 74 años fecundos empleados en fundar la Orden de las Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús y en restaurar por encargo especial del papa Pío IX la Orden de San Juan de Dios, que había nacido en España y casi terminó donde nació por la desamortización de Mendizábal.

Benito había nacido en Milán en 1841, el 11 de marzo, lo bautizaron el mismo día, llamándolo Ángel-Hércules; murió en Francia –concretamente en Dinan– el 24 de abril de 1914. Era el quinto hijo de los quince que tuvo el matrimonio formado por Luis Menni y Luisa Figini. Dejó el buen trabajo que tenía en un banco para ingresar en los Hermanos de San Juan de Dios cuando tenía diecinueve años. La mayor parte de su vida la pasó en España y, mientras abría hospitales que habían pertenecido a la Orden prácticamente extinguida en el siglo pasado y levantaba comunidades de su Orden, le sobró tiempo para fundar en España, en 1881, la Orden de las Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús, en Ciempozuelos (Madrid) donde reposan sus restos. Esa es la razón de por qué la mayor parte de su tiempo y actividad apostólica transcurrió en España. Fue Prior general por nombramiento directo del papa, recorrió también Portugal, México y Francia.

La fundación comenzó con la colaboración de la viuda María Josefa Recio Martín y la soltera María Angustias Giménez Vera –conocidas en Granada en 1878– que llevaban tiempo queriendo entregar su vida a una institución religiosa que atendiera a enfermas, a ser posible mentales. En la dirección espiritual ellas le pedían, mientras que Benito dilataba la solución. Cuando él intentaba suscribir conciertos para que los Hermanos se pudieran ocupar de los enfermos, los gestores le piden que también se hagan cargo de las mujeres. Ellas fueron la solución. Comenzaron preparando ropas y haciendo comidas para la labor de los varones; pero eso no era suficiente. Daba tanta pena ver la lastimosísima situación de las enfermas que no podían tener los cuidados mínimos y se sabía de tantas que deplorablemente eran puestas fuera de su propia casa por imposibilidad familiar… Decidió fundar. Fue en 1881.

Comenzaron con una enferma a la que le besaron los pies; luego vinieron muchas, muchísimas más. Realizan su labor de atención según los medios de que disponen y de la cultura del país donde están, pero sus enfermas están limpias, alegres, las que pueden rezan, y algunas hasta trabajan o hacen manualidades esperando un mejor momento para la reintegración familiar y social. Según los casos, a unas las tratan de por vida y a otras, de manera solo temporal. Hay casos en que buscan la cooperación de las familias y en otros la suplen porque no se puede hacer más. Es todo un puntal ejemplo de pastoral sanitaria con las enfermas que padecen deficiencias psíquicas.

Con el paso del tiempo, en poco más de un siglo, la labor está extendida por cuatro continentes y están presentes en veinticuatro países, sin excluir los de mayor conflictividad; como muestra será suficiente nombrar a Guinea, Congo, Vietnam, Liberia, Mozambique, Filipinas, Camerún… aunque hay bastantes más.

En la fecha de su canonización forman la familia sobrenatural más de cien casas abiertas funcionando con su carisma hospitalario y más de mil doscientas hermanas dedicadas a hacer presente a la Iglesia con la atención a los enfermos –especialmente mentales– que la familia de sangre y la sociedad no están preparadas a atender, bien por imposibilidad, bien por su escasa o nula rentabilidad. Es un testimonio claro de caridad por la atención a los enfermos más débiles y marginados.

Lo canonizó el papa Juan Pablo II el 21 de noviembre de 1999, en la basílica de San Pedro.

Sí, todavía a las puertas del tercer milenio –cuando se miman por postulados ecológicos las especies en peligro de extinción como los osos polares, las ballenas, los buitres, burros, lobos, lagartos y camaleones– hace falta que la Iglesia proponga solemnemente ejemplos de caridad heroica y actividad apostólica para estimular a los fieles en la marcha del único camino –la caridad– que Él dejó, y para recuerdo de que el hombre, cualquiera que sea su condición, conserva el altísimo valor de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, siendo el único ser de la creación sensible que Dios ha amado por sí mismo.

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