El negocio profético

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Seguimos en la primera lectura con el profeta Amós. Ahora nos encontramos con una posible reacción ante quien habla de parte de Dios. En este caso no se trata de la reacción de quienes se saben apartados de los caminos del Señor, ni siquiera de los poderosos de este mundo que pueden confundir su voluntad con la de Dios. Se trata de Amasías, sacerdote de “Casa-de-Dios” (Betel).Parece que este lugar estaba dedicado a adorar a un becerro. Se trata por tanto de un sacerdote apóstata. Este hombre en vez de confrontarse espiritualmente con Amós lo que hace es denunciarlo de forma calumniosa. Así convierte la predicación de Amós en un crimen de lesa majestad y, de esa forma le conmina a abandonar el país.

Aquí parecen entremezclarse varias cosas. Si Amasías le dice que vaya a Judá y que coma allá su pan, parece que le esté diciendo que no quiere que compita con ellos. Si le prohíbe predicar en Betel es también porque considera que cada profeta ha de ejercer su oficio en un determinado territorio sin pisar a otros. Por el contexto da la impresión de que existía un falso profetismo que era como una carrera que podía ejercerse con cierta esperanza de lucro. Obviamente quines estaban al servicio del rey se dedicaban a halagarle los oídos y en ningún momento le anunciaban desgracias. Una situación semejante la vivió Jeremías, que, contra su gusto, decía lo que la corte no quería saber. Amasías se comporta como el miembro de una familia mafiosa que le está diciendo a otra que no puede trabajar en ese territorio.

Pero Amós responde de una manera grande. Él no es profeta ni hijo de profeta. No está anunciando oráculos porque espere con ello ganarse la vida. Al igual que el rey David él fue llamado por el Señor para una misión inesperada. Lo suyo era la vida del campo, con el cuidado de sus bueyes y de su higuera. Para él profetizar no es un negocio.

Nos encontramos, pues, con dos tipos de profetas. ¿Cómo discernirlos en la vida real? Podemos señalar varios criterios, aunque no son absolutos. Uno es que quien anuncie la palabra de Dios debe hacerlo más allá de todo interés. Aparece como alguien que no pone el anuncio a su servicio sino que es arrastrado por él. Tampoco habla por conveniencia buscando la aceptación o el aplauso, sino que desea ser comunicador fiel de lo que Dios dice. Muchas veces realiza esa función contra sus propios intereses y le sería más cómodo permanecer al margen.

Por otra parte el anuncio debe iluminar la vida concreta, haciéndola más clara. En el caso de Amós lo que busca es convencer al pueblo y a sus gobernantes sobre su pecado. Ciertamente no es fácil escuchar a quien nos recrimina el comportamiento, pero en la serenidad podemos discernir si lo que nos dice es verdad. El profeta lo que hace es despertar el interés para que se vuelva la mirada a Dios.

El tercer criterio que encontramos es que el profeta lleva a contrastar la propia vida con Dios. En el horizonte de sus palabras está el Señor e invita a medirnos con Él. No se trata de una simple denuncia, sino de volvernos hacia el Señor, en quien se encuentra la verdad.

Un cuarto criterio es que sus enseñanzas concuerdan y explican mejor la tradición que hemos recibido y en la que nos hemos formado. El ejemplo de Amós es claro por cuanto lo que hace es actualizar el contenido de la Alianza que Dios había sellado con su pueblo.

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